Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Felipe González, durante un momento de la entrevista en su despacho de Gobelas responde como si tuviera que tomar la decisión. Pero como no debo ser impertinente, aguanto la reacción. Esa es la única tensión que he vivido desde que salí del poder, y que todavía vivo: la de no ofrecer decisiones que ya le corresponden a otro. Y la de no ser impertinente llamando por teléfono para decir: Tenéis que hacer esto... ¿Y le llaman por teléfono para preguntarle lo que haría? -Por fortuna, no mucho. ¿No deberían todos servirse de las experiencias anteriores? -Probablemente. Pero eso es casi una petición de principios. Parece que lo razonable sería utilizar la experiencia acumulada, aunque fuera a beneficio de inventario. Pero no es lo habitual en el mundo. El comportamiento habitual suele ser un poquito más adanista. Cuando uno gana y llega al poder cree que la historia empieza con Adán y Eva... Yo me inventé todo Hay un antes y un después. Esto es inexorable y funciona así. Después, cuando los momentos empiezan a ser difíciles y la complejidad se asienta en el poder, entonces resulta más fácil hacerlo. Yo, por ejemplo, hablaba con Suárez puntualmente. Adolfo Suárez se venía a la Moncloa y charlábamos durante dos o tres horas. Teníamos esa facilidad de comunicación. Pero cuando yo salí del gobierno, eso desapareció. Es más, yo llamé a Moncloa una o dos veces, por pura solidaridad, en esos momentos que son dramáticos; y a la tercera vez, como no recibí respuesta a mi llamada, dejé de llamar. Y nunca fui requerido para consultarme en nada; absolutamente en nada. -Y ahora, ¿el Sr. Zapatero le llama a usted? Sería quizás más previsible, ¿no? -Bueno. Hemos pasado por varias etapas. Primera etapa de llegada al gobierno del presidente Zapatero: había mucha gente en la opinión pública que decía: Obviamente, está haciendo cosas, consultándolas... no fue así. Hubo una segunda etapa en que la gente se inquietaba: Si no consulta, que consulte Bueno. Hemos pasado por todas las etapas, y lo digo serenamente. Yo quizá he llamado un par de veces a Zapatero en este tiempo; por ejemplo, para informarle de los primeros pasos sobre la Estrategia Europea 2020. Por un respeto institucional. Y alguna vez me ha llamado Zapatero porque le ha parecido conveniente. Pero eso es todo. ¿Le molesta que no contaran con usted? -No; fíjese, yo esta mañana pasé por Moncloa- -voy muy poco, no crea- y se me había olvidado incluso por dónde se entra. Aunque estuve allí viviendo 14 años... Así que, como verá, no tuve ningún síndrome de abstinencia del espacio público. Mi único síndrome de abstinencia fue el de Doñana. Lo echaba de menos... Y me permitían ir; pero no acepté para no confundir lo público y lo privado. Alguna vez he dicho que los ex presidentes son como jarrones chinos muy grandes en apartamentos pequeñitos. Y como se les supone un valor, no siempre demostrable, nadie se atreve a echarlos a la basura; pero estorban donde quiera que se pongan. Y uno tiene que cuidar esa condición de ex presidente que estorba donde lo pongan... Pero yo no lo pasé mal... Me impacientaban las decisiones que se tomaban entonces, y ahora. Me impacientaba con el gobierno de Aznar. Me impacientaba con el go- bierno de Zapatero... Pero lo llevo muy bien. -No me refiero sólo, Sr. González, al hecho de salir de la Moncloa, de perder el poder... sino a esa coincidencia entre el final de Adolfo Suárez, de usted y de Aznar... Ninguno de los tres salió en loor de multitudes. -No. ¿Es un problema de los españoles, de la prensa o de los presidentes? -Depende. Cada situación puede responder a circunstancias distintas. En mi caso hubo dos elementos que se combinaron. Yo llevaba catorce años seguidos ejerciendo el poder... ¡Hasta yo estaba cansado de mí mismo! así que podía entender que la gente estuviera también cansada de mí. Y el otro factor era que se dieron algunos casos de corrupción, que para mí fueron muy, muy duros de aceptar; y que produjeron un efecto en la opinión pública que aceleró aquel hartazgo de la gente... Hubo una combinación de factores humanos y materiales para intentar sacarme del gobierno... Pues bueno, todo ello produjo ese desgaste del final. Y a pesar del desgaste, yo perdí las elecciones por trescientos mil votos. -Lo que usted calificó de dulce derrota. -Sí. Lo dije de buena fe... Pero mi amigo Sanguinetti me llamó: Te veo muy contento... pero has perdido Supongo que estaba contento porque aquel momento me produjo también un sentimiento de liberación. Por fin yo mandaba en mi agenda y la agenda no mandaba en mí. Hay algo que nadie va a creer: Pero yo he tenido mucha vocación política y poca vocación de poder. Por tanto desprenderme del poder, no ha supuesto para mí un coste psicológico. -Ni se sintió maltratado, ni dolido. -Sí. Pero lo llevaba bien. Tenía muchos más sentimientos de gratitud por la gente, que de dolor por el desapego. Eso lo hablé muchas veces con Adolfo Suárez cuando salió su fase de amargura propia. Incluso le cité una anécdota de La historia de los griegos de Indro Montanelli: el caso de Arístides, un dirigente griego reformista que, cuando dio más poderes a la Asamblea, la primera decisión de esa misma Asamblea fue expulsarlo de la ciudad y condenarlo al ostracismo. ¿Qué le satisface más de su etapa como presidente? -Que los españoles se reconciliaran con su pasaporte. ¿Y los fracasos? ¿En qué piensa que fracasó? -Casi nunca hago revisión de los fracasos. Pero, quizás, que me lle (Pasa a la página siguiente)