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29 6 08 EN PORTADA González Un ex presidente estorba POR JOSEFINA MARTÍNEZ DEL ÁLAMO FOTOS: CHEMA BARROSO No tan diferentes Ignacio Camacho, en un magnífico artículo, ponía de relieve la similitud entre el final de la presidencia de Felipe González y la de José María Aznar. Pero hay también coincidencias llamativas en su post presidencia Los dos se interesan hoy por las grandes corrientes del pensamiento, o de la economía. Los dos van más allá de aquí y ahora. Los dos tienen claro que, con su experiencia, podrían resolver bastantes problemas actuales; pero se están cuidando mucho de opinar públicamente. Los dos practican ese continuo ir y venir de conferencias y asesoramientos por el mundo; ahora ningún ex presidente se refugia ya en su Colombey- les- deux- Eglises. Y los dos conservan el agradecimiento por los apoyos antes recibidos... Aunque supongo que ninguno aceptaría de muy buen grado las coincidencias, precisamente entre ellos. Sin embargo, Aznar a estas alturas de su historia, se ríe con ganas. Felipe usa la sonrisa más cáustica o irónica- -y sólo con la boca- para rematar sus frases. Y otro hecho frívolo y curioso: el contraste actual sobre el largo de su cabello; uno ha ido a más, y el otro a menos. l salón de la sede de Gobelas es impresionante, enorme, luminoso y funcional. Paredes revestidas de maderas y tejidos claros, amplios sofás, grandes cuadros... y, sobre las mesas, unos hermosos fragmentos de las famosas piedras que desde los noventa Felipe González transforma en joyas y esculturas. Quizás, como terapia contra la vorágine del poder, o de su ausencia. Tengo una hora de espera para relajarme y recapitular. Hace veintisiete años, le pedí a Felipe González una entrevista para ABC. En enero de 1981, lo vi una tarde en el Congreso. Entonces, era todavía el candidato de izquierdas por el que apostaban todos. Llevaba un gabán largo y oscuro; la melena asomando por detrás de las orejas... Un aire muy a lo orilla izquierda del Sena. Estaba apoyado, casi como en la copla, en el quicio de una puerta. Y estaba solo. Total y absolutamente solo, a pesar de todas sus promesas de futuro. Me quedé mirándolo de lejos unos largos 10 minutos. Durante ese tiempo, nadie se acercó a preguntarle, a comentar, a saludarlo... Cuando por fin le hablé, accedió a la entrevista; a falta de concertar la fecha. Pero el 23- F alteró sus planes y la entrevista quedó casi eternamente en suspenso. Veintisiete años después, viste chaquetas de alta gama, o una bonita sobrecamisa de ante. Lleva el pelo convenientemente cortado y ahora encanecido natural; lo que le proporciona un sello de experiencia y sabiduría. Ahora tiene más aspecto de orilla derecha, y ha perdido aquel aire alegre y confiado. Su mirada es más dura, o más firme, o más inquisitiva. La sonrisa, algo afilada. Y desde luego, imagino que desde 1982, nunca habrá vuelto a estar solo. ¡Por fin! Sr. González: veintisiete años, seis meses y ocho días. Hemos batido un record. -Y sonríe... -Le voy a pedir un favor: Si pudiera darme las respuestas no muy largas... porque tenemos poco tiempo. -Lo intentaré. Prometo que lo intentaré. Pero resultó una declaración de buenas intenciones. Las entrevistas le cansan, me advirtieron. Sin embargo hay temas que le apasiona tratar. Y los desarrolla a conciencia, minuciosamente, con profusión de datos y el lenguaje técnico de un profesor especializado. Y entonces pierde la medida de los minutos. -Usted ha aceptado presidir el comité de sabios de la Unión Europea cuando antes no aceptó otras propuestas. ¿Por qué antes no y ahora sí? E -Sí... Hubo un primer intento cuando estaba saliendo Butros Gali; pero les dije entonces: No cumplo la condición básica: los secretarios de Naciones Unidas tienen que renunciar a pensar por su cuenta Y se rieron. Y después, cuando los periodistas me preguntaron hace más de diez años por qué no aceptaba presidir la Comisión Europea, les contesté: Porque el cielo está muy bajo en Bruselas, y a mí me agobia mucho La auténtica razón es que cuando salí del gobierno, decidí que nunca más ostentaría ninguna representación institucional. Lo dije suavito, para no tenerme que arrepentir. -Pero ahora, es como si volviera a la vida política activa. -Pues no. Es sólo un trabajo de año y medio. Además, yo siempre he tenido una actividad muy intensa volcada en la globalización, o en los sistemas energéticos, en América Latina, en el Magreb... Desde el 96, he circulado por todo el mundo y durante todo el tiempo. Y sé que la mayor parte del esfuerzo conduce a la melancolía. No añade mucho valor, ni se toma en cuenta. Pero a mí, personalmente, me satisface y me realiza. Por eso no me supuso ninguna angustia salir de la responsabilidad política institucional... -Sin embargo, leí que usted atraviesa períodos de exaltación y otros de pesimismo... -No es cierto. Verá, la cualidad en la que más creo en términos de liderazgo es la fortaleza emocional, que permite que uno no se hunda con el fracaso, ni se exalte demasiado con el éxito. Es la que realmente define el fondo de un carácter. Si una persona sólo se mueve por el éxito o el fracaso, se convierte en un peligro. -Es difícil que no afecten los éxitos o los fracasos. -Sí... pero si uno se entrena lo consigue. Y si es capaz de distanciarse de los fastos del poder, y no creérselos, no tiene por qué enloquecer... -Pues yo tengo la sensación de que ahora ha cambiado su ánimo. Antes, a veces, usted parecía crispado, irritado... Y últimamente, se le ve más relajado, menos tenso; como si hubiera superado algo... -No lo sé. No soy capaz de observarme desde fuera... Lo que más me ha costado es acostumbrarme a que mi cerebro no recicle automáticamente en forma de respuesta, la información que recibe. Todavía por la mañana, cuando estoy tomando el café con la tostadita de aceite, y tengo la radio puesta y estoy leyendo la prensa, me entra la información y mi cabeza inmediatamente recicla la respuesta... Llevo tantos años en la sala de máquinas, que mi cerebro Yo no tuve ningún síndrome de abstinencia del espacio público. Mi único síndrome de abstinencia fue el de Doñana. Lo echaba de menos... Cuando perdí, tuve un sentimiento de liberación. Por fin yo mandaba en mi agenda y mi agenda no mandaba en mí. No me costó desprenderme del poder