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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE María Agustín, camino de la fuente de la puerta del Portillo de Zaragoza pan y, antes de que la emprendieran a pedradas contra los dragones del emperador Napoleón, llegó arrastrándose al portón un soldado, muy malherido, diciendo, con un hilo de voz, que en el convento de los Trinitarios, donde se ofrecía heroica resistencia a las tropas napoleónicas, se habían quedado sin cartuchos y nada más pudo decir el desdichado pues cayó muerto. Y entonces fue que la dicha María Agustín, valiente o insensata donde no haya otra, cogió dos capachas llenas de munición y echó a correr, atravesó la puerta, tomó camino a la siniestra y, seguramente llevada por los ángeles que velaban de día y de noche en la capilla de la Virgen del Pilar- -tal se comentó después en Zaragoza cuando se conoció la gesta de la moza- la joven María que aventajaba a las liebres en correr y parecía volar, salio indemne de una lluvia de disparos cruzados, llegó al monasterio, entregó los cestos al prior y, desobedeciéndole tornó al Portillo a la carrera, pero, maldita sea, que, aunque el convento resistió el embate enemigo, ella, ay, resultó herida en el cuello. De inmediato fue atendida por las solícitas mujeres que habían cosido con ella en torno a la fuente. La tacharon de inconsciente, le regañaron como si fueran sus madres, le vendaron la herida y la quisieron llevar a su casa para que la viera un médico, pero María, que era asaz tozuda como buena aragonesa, y empecinada hasta la sinrazón, pese a lo que le decían las buenas vecinas: Que una COLECCIÓN DE LUIS SORANDO cosa era que te hiriera o te matara una bala y otra, muy otra, era ir a buscar la bala, la muerte u otra herida, en consecuente, no quiso escucharlas. Y ya podían alegar esto o aquesto, ya podían agarrarla de los brazos que se les escurrió como una anguila y se escapó esta vez con una capacha Dispuso el galeno que le prepararan un cocimiento de melisa y valeriana para calmar los nervios, pues como loca no dejaba de decir que la dejaran ir a la batalla Le advirtió el médico que se quedaría manca, que se le había quedado el brazo seco yerto para ser exactos, y que nunca lo separaría del cuerpo más de un palmo de cartuchos en una mano y en la otra un cantarico de aguardiente, para hacer lo mismo: ir, entregar, tornar y regresar a la carrera sin otros contratiempos, pues, lo dicho, debían de haberla amparado los ángeles de Nuestra Señora, pero fue que, en llegando, la moza casi se desmayó, pues que de su herida vertía abundante sangre, pese a que, a primera vista, a nadie le había parecido grave. Por tal razón y sabedoras de que el hospital estaba a rebosar, en virtud que corría la voz de que los muertos españoles se contaban a cientos y a más cientos los heridos, decidieron llevarla a su casa, llamar a un médico y que él hiciera lo que era menester hacer. Lo primero que dispuso el galeno fue mandar que le prepararan un cocimiento bien cargado de melisa y valeriana para que a la joven se le calmaran los nervios, pues más parecía haber enloquecido en razón de que no cesaba de decir que la dejaran ir a la batalla, pero el remedio hizo efecto, más cuando María supo de labios de sus cuidadoras que los aragoneses habían vencido a los demonios enemigos. Y a pesar de que en Zaragoza había muertos y heridos a mansalva, hombres, mujeres y niños, españoles y franceses, entre ellos María Agustín, a la moza le sucedió que, aunque derrochaba salud, no se recuperó como hubiera sido previsible y deseable. Pues que, según avisó el doctor, tras limpiarle, desinfectarle con agua alcanforada en aceite de linaza y coserle la herida- -que, vaya, le dejó un buen costurón por las prisas que llevaba quizá- -la bala le había destrozado el nervio que permite el movimiento del brazo y advirtió que se quedaría manca, que se le había quedado el brazo seco yerto, para ser exactos, y que nunca lo separaría del cuerpo más de un palmo y, tras recibir sus honorarios fuese, azacanado, a atender a otra persona, pues era que los médicos ante tanta demanda podían dedicar muy poco tiempo a cada enfermo o herido. Pese a la chapuza del costurón- -que llevaría hasta su muerte y habría de disimular poniéndose un pañuelo al cuello, pues se le quedó con bultos y renegrido- que no era grato de ver, el galeno le curó la fiebre, la mucha fiebre que padeció y con el tiempo le desaparecieron los moretones que llevaba en el pecho y en la espalda. Aunque disminuida, María se reincorporó con buen ánimo y el mismo valor a las mil batallas que se dieron en Zaragoza contra los franceses y recibió varias condecoraciones por su valentía y arrojo, mismamente como otras mujeres de la ciudad.