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22 6 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Heroínas de la Guerra de Independencia María Agustín Huérfana, hija de jornalero, María era una de aquellas mujeres sencillas- -sonrientes y bien aviadas- -que iban a la fuente de la puerta del Portillo de Zaragoza a zurcir, a hacer calceta y a chismorrear. En estas llegó un soldado a anunciar que se habían quedado sin balas frente al francés. Y allá que fue ella con dos capachas llenas de munición bajo una lluvia de disparos... n Zaragoza, mismamente como en cualquier ciudad del mundo, iban las mujeres muy de mañana a buscar agua, con sus cántaros en la cabeza, a la fuente de la puerta del Portillo. Las mozas contentas, sonrientes y bien aviadas, porque las cortejaban los mozos y, según sostenían las casadas, muchos matrimonios de allí habían salido. Por la tarde, las vecinas volvían a la fuente con una silla bajo el brazo y, sentándose, se ponían a hacer calceta o a zurcir un roto o a remendar alguna prenda. Mantenían animadas conversaciones, aunque, es menester decirlo, las más de las veces se pasaban el rato chismorreando: que si el marido, el hijo, la nuera o la suegra de la Tal o la Cual; que si la tendera o el usurero; o que se había muerto el Tal o la Cual y, unas veces encomendaban sus almas al Señor y, otras, alegaban que bien muertos estaban y ni un recuerdo salía de sus bocas, por razones de vecindad, porque el difunto había sido un mal vecino. La más agraciada de aquellas mujeres era, sin duda, María Agustín, hija de un jornalero fallecido hacia tiempo y, desdichadamente, huérfana, pues que su madre había muerto poco ha. Por sus bellos ojos, su esbelto cuello, su fina piel y su proporcionado cuerpo, pese a que era menuda. Y para remediarle la soledad y asegurarle el porvenir, aquellas comadres estaban empeñadas en buscarle novio y casarla bien. Pero sucedía, Dios de los Cielos, que se fijaban en un soldado de los que defendían la muralla o el foso del Portillo y aún no le habían preguntado su nombre ni su oficio, para dirimir si era buen o mal partido para María que, ay, el joven ya había muerto a causa de una granada francesa o de un disparo, porque los enemigos cada vez se acercaban más a la ciudad. A la vista de lo impropio del momento, fue la propia moza la que rogó a aquellas metomentodo que dejaran el negocio de casarla hasta que llegaran mejores tiempos, a que los enemigos fueran venci- E dos, arrojados de las Españas y, aún alegó, que había cosas más importantes que hacer: cartucheras, por ejemplo, lo que un menestral les había pedido que hicieran ajustando a tanto la pieza; y a eso se puso. Cogió el cuero ya troquelado, liza y una aguja saquera y, visto y no visto, al finalizar la jornada entregó a aquel suministrador del ejército sesenta piezas; más que ninguna otra, ganando más jornal de consecuente y, con lo cual, las vecinas comprendieron que llevaba razón, máxime porque podría ganarse la vida muy bien si se ponía a coser fino, y dejaron el asunto. Pero no sólo dejaron lo del casorio por lo dicho, sino porque los franceses atacaron. A ver, que bajaron de los montecillos de alrededor de la ciudad por la orilla derecha del Ebro, se desplegaron por la llana y acometieron con su artillería contra todas las puertas de Zaragoza, cortando las comunicaciones con el exterior salvo por el Arrabal. El vigía de la Torre Nueva que venía observando el movimiento de los enemigos, desde que avistara con su catalejo al primer francés, asonó las campanas a rebato. En los cuarteles se llamó a generala y los soldados y los paisanos reclutados se encaminaron a sus puestos. Ante el peligro, las monjas y los frailes abandonaron sus conventos ubicados extramuros o adosados a la muralla, llenaron sus baúles con lo bueno que tenían, los cargaron en carros, arrearon las mulas y se refugiaron en otros monasterios situados más a cobijo. En el Portillo, las mujeres dejaron de hacer cartucheras y se pu- Ángeles de Irisarri, escritora. Autora de La Artillera Llegó al monasterio, entregó los cestos de munición al prior y tornó al Portillo a la carrera, pero, maldita sea, que el convento resistió, pero ella resultó herida en el cuello La tacharon de inconsciente y quisieron que la viera un médico, pero era tozuda como buena aragonesa y empecinada, y se escapó otra vez con una capacha de cartuchos sieron a hacer cartuchos; lo que les encargó el menestral. Y, por supuesto, anduvieron entre el foso, las almenas y la fuente, llevando agua fresca a los defensores, que falta hacía porque era día de mucho calor, pues el verano había venido temprano. Y, cuando comenzó a haber heridos, se los llevaron al Hospital de Nuestra Señora de Gracia a que los médicos los curaran y, cuando comenzó a haber muertos los dejaron en manos de la Hermandad de la Sangre de Cristo para que los cofrades los llevaran a enterrar al cementerio de la iglesia de San Pablo, los curas les rezaran responso y descansaran en paz. Pero hicieron más, porque, habiéndose agotado la munición de los cañones y a punto de ser conquistado el baluarte que habían cavado hondo los españoles, dado que por el vano de la puerta eran vistos los penachos de, a lo menos, 200 dragones listos para entrar en la ciudad a bayoneta calada, pese a que los fusileros los acribillaban desde la muralla, las mujeres de la fuente del Portillo intervinieron entones, haciéndoles frente con lo que disponían, arrojándoles piedras, adoquines, ladrillos y hasta cántaros vacíos, lo que tenían, en fin. El caso es que, ante semejante ofensiva, la francesada se replegó y que en la fuente del Portillo corrió el vino para celebrar la victoria, otro tanto que por otras puertas de la ciudad, donde, también a fecha 15 de junio de 1808, los bravos aragoneses habían rechazado a los invasores, y en todo el recinto se dieron gracias a Dios y a Nuestra Señora del Pilar. Y fue que hubo grande alegría y hasta se entonaron jotas al son de bandurrias y se bailaron pasacalles. Pero antes de los jolgorios fue que, en lo más crudo de la batalla que tenía lugar entre la puerta del Carmen y la del Portillo, en el terreno llamado las Eras del Sepulcro- -caballería enemiga contra caballería amiga, infantería enemiga contra infantería amiga- mientras las mujeres del Portillo cebaban los fusiles de los militares o les llevaban un trago de aguardiente o un chusco de