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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Pedro Queipo, presidente de la Asociación Barciaecus, muestra una de las piezas de su colección Sus hijos siguieron la tradición y hoy están entre los mejores bateadores de España. Antes de nada conviene aclarar que hay dos formas de bateo- -nos cuenta Ismael Sanfiz- el de río y el de competición, que no se hace en los cauces sino en unos recipientes preparados para ello. A mí, personalmente, me gusta más el de río. Eso de salir con la fresca por la mañana y perderte por los montes con tus aperos: el bateo o sartén que es con lo que se batea; el pico y la pala para remover el lecho del río, el cubo y una barra de acero por si hay que romper alguna roca. Sus ojos verdes se iluminan como pepitas cuando rememora sus andanzas. Esto es un poco como lo de ir a pescar, pero en lugar de peces, los trofeos son pequeñas partículas auríferas. No se encuentran grandes cosas, pero siempre sacas algo, sobre todo si conoces el río. Este deporte, como todo, tiene su arte y sus secretos. En sus búsquedas nunca ha olido el fétido aliento del cuélebre, esa serpiente alada tan presente en las leyendas asturianas, ni ha recibido la inesperada visita de las xanas. En algunos relatos sobre estas divinidades acuáticas se habla de que se aparecen a los viajeros con su imponente belleza y con animales de oro. Yo nunca vi cuélebres ni xanas, no creo en esas cosas, pero sí he visto nutrias, jabalíes y miles de truchas por los cauces. Esta tierra conserva una fauna muy variada. ¿Y cuál ha sido la pieza más grande de oro que vio salir del río? Una que no saqué yo, sino uno de mis sobrinos. Había estado todo el día por ahí bateando y recuerdo que hice una pequeña poza. El caso es que ese día tenía que ir a arreglar un asunto y tuve que dejar solo al chaval. Y fue algo prodigioso, porque en el primer cubo que metió en la poza sacó una pepita de casi 28 gramos, que creemos que es la mayor que ha salido de aquí en el último siglo. Los Sanfiz nos dicen, pues también están con nosotros Luis- -hermano de Ismael- -y su hijo Hugo, que los ríos que tienen fama de llevar oro son el Navelgas y el Bárcena, que más abajo dan cuerpo al Esva. Los tres buscadores, aunque predican su fascinación por el río, han competido en la modalidad deportiva del bateo con buenos resultados. Hugo, de tan sólo trece años, ha ganado premios de todos los colores en diversos campeonatos. Llevo bateando por el río desde los tres años. Y la verdad es que en competición he ganado muchas medallas y trofeos. Quizá el que me hizo más ilusión fue el segundo puesto que conseguí en la categoría alevín en los Campeonatos de Europa que se celebraron aquí en 2005. Este año, por supuesto, competiré en el Mundial. La organización de este campeonato corre a cargo de la Asociación Barciaecus de Navelgas, que preside Pedro Queipo. A mí también me metió la afición del bateo en el cuerpo Enrique Sanfiz, y estoy al frente de la Asociación Barciaecus desde su comienzo, hace unos diez años. En todo este tiempo hemos ido subiendo muchos peldaños que culminan ahora con la celebración del Campeonato del Mundo. La Federación Internacional aglutina a 22 federa (Pasa a la página siguiente) Planeta amarillo Sin embargo, el verdadero impulsor del actual rebrote de la búsqueda de oro fue Enrique Sanfiz, antiguo empleado de Aurífera Asturias que se entregó a este arte más como una afición que como una forma de ganarse la vida. La pepita más grande encontrada en el último siglo en Navelgas fue una de casi 28 gramos. Pero esto no da para vivir. Es sólo una afición dice el bateador Ismael Sanfiz Una fiebre que dura siglos La primigenia fascinación del hombre por el oro es aún un enigma por descifrar. Unos dicen que quizá se deba a lo inmutable de su carácter (aunque reacciona con diversos componentes químicos) otros, a su escasez; pero lo cierto es que desde tiempos prehistóricos ha quedado constancia de nuestra pasión por este metal. Del Neolítico es la primera pieza de oro que se conserva y todavía hoy es uno de los grandes dioses del mundo de las finanzas. Aunque no sea oro todo lo que reluce, su brillo siempre ha estado ahí para jerarquizar, enriquecer o hechizar. Incluso cuando se utiliza su nombre en vano realza todo lo que toca: al futbolista del año le conceden el Balón de Oro, los mejores deportistas de los Juegos Olímpicos ganan la medalla de oro... Tal es su embrujo, y las fortunas que propicia, que muchos históricos personajes dedicaron la vida a su búsqueda, desde los alquimistas a los exploradores. Es célebre la leyenda de El Dorado y su repercusión en los magines de los colonizadores españoles en América. La expedición de Francisco de Orellana, que se sobrevuela en la última película de Indiana Jones, fue un ejemplo de temeridad, aunque la locura colectiva por el preciado mineral se produjo muchos años después en Norteamérica. El 24 de enero de 1848, en Sutter s Mill, un rancho del general John Sutter situado en el valle de Coloma (California) el capataz James Marshall y su cuadrilla encontraron varias pepitas de oro mientras construían un molino. El general Sutter intentó mantener la noticia en secreto, ya que temía que su explotación agrícola se viera alterada por el descubrimiento. Entonces no sabía hasta qué punto eso iba a suceder, ya que los rumores del hallazgo volaron de valle en valle y el 15 de marzo de ese mismo año el periódico The Californian publicó la noticia. El periodista que la firmaba, Samuel Brannan, no dudó en poner una tienda de suministros para proveer a los buscadores de oro que llegaran hasta el lugar. Según cuentan algunas crónicas de aquellos días febriles, el propio Brannan corrió por las calles de San Francisco con un frasco lleno de oro y gritando: ¡Oro, oro! ¡Oro en el río Americano! En dos años, San Francisco pasó de mil a veinticinco mil habitantes. Pero sólo unos pocos elegidos acabaron haciendo fortuna.