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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE En Princeton se graduó con una tesis en la que aseguró que los negros bien educados no pueden integrarse en el entorno que los educa... ¿Fue solo un pecado de juventud? Barack encontró en ella lo que hasta entonces le faltaba: calor comunitario y familiar de chica acostumbrada a cenar cada noche con su hermano y sus padres abre la mano, ella cierra el puño. ¿Tan diferentes son? Dejando aparte las abismales diferencias de temperamento (él es universalmente considerado como encantador, ella como una borde) es cierto que ambos encarnan maneras muy distintas de ser afroamericano en EE. UU. Él es hijo de una blanca de Kansas y de un negro de Kenia educado en Hawai. Pero eso, que sin duda es ser técnicamente afroamericano, no es lo que en Estados Unidos de verdad se entiende por afroamericano. Para ser eso hay que descender de negros americanos cuya conexión con África se pierda en los confines del tiempo. Es decir, de la esclavitud y de la miseria. Ella da mucho más el tipo, así sea ancestralmente. Se crió en el seno de una familia humilde en el sur de Chicago. Su padre enfermó de esclerosis múltiple en plena juventud, pero siguió trabajando en la compañía municipal de agua para poder mandar a sus dos hijos, Craig y Michelle, a una buena universidad. Michelle estudió en Princeton y en Harvard. En la primera, por cierto, se ganó unos cuantos enemigos criticando el método con que enseñaban francés. Cuando Craig llamó a su madre para quejarse de la impopularidad resultante, la madre le aconsejó: Tú haz como que no la conoces En Princeton Michelle estudió Sociología y Estudios Africanos. Se graduó con una tesis que entonces era una provocación y ahora es una bomba: en ella aseguraba que los negros bien educados, es decir, que reciben educación blanca, no tienen ninguna posibilidad real de integrarse plenamente en el entorno que los educa. Los Obama intentaron embargar el texto de esa tesis hasta el día de las elecciones. Las críticas les obligaron a dar marcha atrás. ¿Fue este intento de ocultación una admisión tácita de que aquello fue un pecado de juventud, o sigue pensando Michelle lo mismo? Los que así lo creen subrayan su alineación con la teología incendiaria de Jeremiah Wright, quien para la opinión pública ha quedado como un insensato in- De familia humilde Barack y Michelle Obama, acompañados de sus dos hijas, Malia- -arriba a la derecha- -y Sasha, descienden la escalerilla del avión en un viaje de campaña electoral AP cendiario, pero quien puede ser también el calculado interlocutor de esa negritud emergente que se pregunta hasta qué punto está dispuesta, para seguir emergiendo, a seguir blanqueándose ¿Cómo se come todo esto en campaña? ¿Qué efecto puede tener en la carrera presidencial? Si se configura el perfil público de Michelle como el lado salvaje de Barack, ¿puede suponer un lastre, una nota falsa en su triunfal himno a la alegría y a la superación de toda división racial? Al césar lo que es del césar: hasta ahora Barack Obama se ha beneficiado, y mucho, del efecto Michelle para ganar credibilidad afroamericana él, que es más ciudadano del mundo que otra cosa, criado en Indonesia y con parientes en Kenia. Cuando llevó a su esposa a conocerlos, ella se sintió como en la Luna. Comprendí que aunque nos llamemos afroamericanos, nuestro mundo es América concluyó. ¿Y no será que, si los opuestos se atraen, los complementarios se adoran? Barack pudo sentirse fascinado por Michelle cuando la conoció en el bufete de abogados Sidley Austin de Chicago no sólo porque mide un metro ochenta y se viste con esa elegancia sobrenatural que en América sólo tienen los negros, sino porque percibió en ella todo lo que a él le faltaba. Desde el sólido calor comunitario hasta el calor familiar de chica acostumbrada a cenar cada noche de su vida con su hermano y sus padres, algo fascinante para un chico criado a caballo de dos divorcios. O son actores consumados o son un matrimonio feliz, con gran complicidad intelectual y física. No se aprecia en ellos rivalidad interna como en el tándem Clinton; Hillary pertenece a la última generación torturada entre el feminismo y el amor, Michelle ya no ha tenido problemas ni empacho en conciliar su impresionante inteligencia y currículum con el entusiasmo por su marido. Al que de vez en cuando desmitifica un poco contando que es incapaz de echar la ropa sucia en la cesta o de prepararse correctamente el desayuno. Los que la critican por poner en peligro el carisma de su marido quizás no entienden que en política no hay asunto (ni enemigo) pequeño. Se decía de James Joyce que cuando salió de Irlanda para no volver jamás se llevó a la que sería su mujer, Nora Barnacle, para que fuera su Irlanda portátil de por vida. Michelle puede ser la América portátil de Barack Obama, aquello que más profundamente le ata a la tierra de la que quiere ser presidente. Con sus blancos, sus negros y sus grises.