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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Investigador trabajando con el parásito cultivado in vitro se cuenta hoy en día son cuatro. El diagnóstico precoz y el tratamiento con fármacos. El control del contacto mosquito- hombre (tratar de alejarse de zonas de alto riesgo, repelentes o mosquiteras para dormir) El control del mosquito (fumigación, a pesar de los problemas surgidos por el empleo de DDT) Y, por último, la profilaxis y la prevención, especial- mente importante para viajeros o personas que no viven en zonas endémicas. Más allá de estos instrumentos, para hacer frente a la enfermedad lo más urgente es una vacuna eficaz y de bajo coste que se pueda incluir en el calendario de las que se administran a los recién nacidos. Las investigaciones para lograrla comenzaron hace cuatro décadas en el Walter Reed Army Institute de Estados Unidos y en 1995 los laboratorios Glaxo Smith Kline compraron la patente de la vacuna en fase experimental conocida como RTS, S. Todo cuanto acontece en el centro de Manhiça es fundamental para culminar en pocos años con su registro y comercialización. Según los resultados de los últimos estudios, hechos públicos hace pocos meses, la vacuna reduce las nuevas infecciones por Plasmodium falciparum en un 65 por ciento durante un periodo de seguimiento de tres meses en niños menores de un año. En tanto que en niños mayores la eficacia contra la malaria clínica en un seguimiento de cuatro años es del 30,5 por ciento. Hemos comprobado que cuanto antes se administre mejor es el resultado comenta Jahit Sacarlal. En 2009 se pondrá en marcha la denominada fase III de la vacuna RTS, S con un estudio a gran escala que se llevará a cabo en siete países de África (Tanzania, Gabón, Kenia, Ghana, Malawi, Burkina Faso y Mozambique) Si to- do sale como el prudente optimismo de los investigadores apunta, en relativamente poco tiempo- -incluso en el año 2011, según opina Sacarlal- -se podría alcanzar la fase IV su comercializa, ción. Mientras todo ello no se haga efectivo, los avances que sitúan al CISM como ariete en la lucha contra la malaria a menudo de poco sirven frente a la cruda realidad en forma de falta de recursos o hábitos en exceso relajados. En el poblado de Taninga, 35 kilómetros al norte de Manhiça, este corresponsal comprobó cómo es poco habitual que las casas dispongan de mosquiteras. En algunos casos, cuando sí la hay, los vecinos no las usan estos días, amparados en el perfil bajo que presenta la enfermedad al encontrarnos en invierno y no ser todavía época de lluvias. Les hacía gracia que un periodista blanco estuviera haciendo este reportaje en junio. Pero el falciparum sigue ahí. Y las hembras de Anofeles. Y también los millones de africanos que seguirán siendo enterrados como hijos de la malaria. Misioneros de la ciencia El CISM recuerda a una misión añeja, de las que a veces recupera el cine para el gran público pero que siguen existiendo tal cual en algunos países de África. Sus trabajadores, algunos deambulando casi en silencio, luciendo sus batas blancas, se asemejan a cartujos. Son verdaderos misioneros de la ciencia que rezan a base de estudios, investigaciones y avances. Se escuchan los pájaros desde lo alto de las palmeras y los jardines son sobrios- -como todo el conjunto- pero cuidados con esmero. Sólo alguna cámara de vigilancia imposible de camuflar nos recuerda que, aunque estemos a más de 10.000 kilómetros de España, los estándares han de mantenerse. En la sala de investigadores se escuchan las teclas de los ordenadores. En el laboratorio, el chasquido de las láminas de cristal con las muestras de sangre al deslizarse bajo la lente de los microscopios. La quietud la rompe de manera casi gloriosa un grupo de trabajadores que se reúne para entonar cánticos religiosos después de comer bajo la construcción circular de madera y techumbre de paja que también sirve de punto de encuentro y pausa para el café. Lástima que estas páginas no puedan recoger ese sonido. En la calle que separa el CISM del hospital los niños corretean descalzos o perdiendo sus chanclas detrás de coches fabricados con latas o empujando ruedas viejas de bicicletas sin la cubierta que golpean el asfalto cuesta abajo. Un grupo de madres apura las últimas horas de su embarazo en improvisada tertulia tendidas en el suelo a las puertas de un pequeño pabellón donde las mantienen concentradas. Han llegado de fuera para dar a luz y se quejan de que ellas mismas son su única compañía a falta de familiares. Unas han dejado en casa varios niños. Otras se estrenan con la infancia recién perdida. Manhiça es un pueblo demasiado normal, con tráfico sólo en la carretera que lo corta por el medio y que asciende desde Maputo hacia el norte de Mozambique. Demasiado normal si no fuera por la malaria y otras enfermedades como el sida, la tuberculosis, la diarrea o las neumonías que mantienen al CISM en constante ebullición y evolución.