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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE José Luis Rodríguez Zapatero, en la presentación de su Gobierno el pasado mes de abril FRANCISCO SECO Año 1982. Felipe González posa junto a su joven primer gobierno, con una media de edad de 42,4 años mayores han acabado incorporando a sus estrategias electorales un principio básico: demostrar que, a pesar de la edad, se encuentran en buena forma y con un excelente estado de salud. Así lo ha hecho recientemente John McCain, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, que si gana las elecciones se convertirá en el político que llega a la Casa Blanca con la edad más avanzada. Ante las críticas que ya empezaban a verterse desde las filas demócratas, McCain ha hecho públicos todos sus historiales médicos para demostrar que está en condiciones de llegar a la presidencia. Puede resultar paradójico que los candidatos mayores tengan que dedicar a veces más esfuerzo a justificar su edad que a explotar una cualidad que podría considerarse como un punto fuerte para su elección: la experiencia que dan los años. Pero es que la experiencia, aun siendo un factor valorado positivamente por los ciudadanos, tiene también sus contrapartidas. Cuanto más larga es la carrera política de un candidato, más oportunidades hay de que los rivales puedan encontrar en su pasado posibles contradicciones, decisiones erróneas o asuntos controvertidos o escandalosos que aprovechar como parte de una campaña negativa o de ataque, tanto en el plano político ABC como personal. Y es una tónica en las campañas actuales que los partidos analicen minuciosamente la historia del candidato rival para encontrar este tipo de cuestiones y sacarlas a la luz para atacarle, para lo que se crean a veces equipos especializados para realizar este rastreo. En esta misma línea, se podría añadir también que un político con una larga trayectoria pública ha tenido más ocasión para Resulta curioso que el discurso oficial prefiera destacar la juventud sobre la madurez, cuando ambas cualidades pueden conjugarse a la perfección perfilar un ideario, unos principios o unas convicciones básicas conocidas por los ciudadanos y que son sobre las que se ha construido su imagen. Y en una época en la que los sondeos condicionan enormemente las propuestas electorales, ajustándolas al máximo a lo que quiere oír la mayor parte de la población, esto puede plantear problemas para los asesores electorales, siempre pendientes de limitar al máximo las cuestiones más controvertidas o los posicionamientos demasiado claros sobre asuntos que pueden ser polémicos. Indudablemente, un político que ha defendido durante toda su vida unos principios claros y reconocidos sobre determinados temas es muy difícil que pueda justificar un cambio radical de postura en esos asuntos, algo que no ocurre con los políticos más jóvenes o con menor trayectoria pública, que pueden perfilar su ideario a tenor de lo que digan las encuestas de una forma más fácil y sin que nadie les acuse de posibles contradicciones, amoldándose así a lo que más votos pueda reportarles. A la vista de todo lo expuesto, quizá tengamos que acostumbrarnos, parafraseando el título de la última película de los hermanos Cohen, a que ésta no es política para viejos, porque a pesar de destacadas excepciones, parece haberse impuesto en esta actividad la conveniencia de ser joven y atractivo para poder concurrir a unas elecciones o aspirar a un puesto público. Quizá en este terreno esté ocurriendo como en el resto de órdenes de la sociedad actual, en la que el culto a la juventud y a la belleza se imponen con una fuerza a veces demasiado absorbente. Uno de los últimos barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) mostraba, por ejemplo, que en nuestro país el 62,6 de los españoles reconoce que la sociedad se porta mal o regular con los mayores. Este sector de la población se encuentra sometido al silencio que se impone en ocasiones con aquellos asuntos que o no interesan o son molestos. Y la vejez y, sobre todo, la enfermedad o la dependencia a la que muchas veces va asociada, no son asuntos de los que se quiera hablar. La Fundación Empresa y Sociedad así lo ha reflejado en un informe que presentó en febrero, en el que se comprobaba la escasa presencia de noticias sobre personas mayores en los medios de comunicación. Ésta parece ser la tónica, y no sólo en nuestro país, sino en general en casi todas las democracias occidentales, donde las personas mayores se ven abocadas a ocupar un segundo plano, como está ocurriendo cada vez con más frecuencia en el terreno de la política.