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8 6 08 EN PORTADA José Tomás El mito y el hombre (Viene de la página anterior) que sabía que el día que volviera a aparecer por la escena, sería distinto, si él era capaz de no menoscabar la invisibilidad del mito, si era capaz de mantenerse adorado en el fanal de un soneto o ante la mariposa de esperanza de aficionados que guardaban memoria de una tarde, unos cuernos, una faja de seda verde que puede convertirse en sudario en cualquier momento. El mito ha vuelto. Trae con él, dentro, al hombre, a su creador. Silencio, prudencia, ni una palabra, ni un gesto común, ni micrófonos ni cámaras, ni páginas de revistas, ni declaraciones rimbombantes, ni dejarse ver y tocar como si fuera carne mortal. Hay que mantener vivo el mito. Y el mito, sin aparecer, amontona millones en cada firma que nadie ve, revienta los aforos y enciende los tendidos, revuelve la afición y hace viajar a España allí donde él señala. Arrastra. En Madrid había una síntesis de España. Habían venido de todas partes, como iban a los sitios de apariciones los creyentes. Tomás es la imagen de la nueva aparición, y, como ocurrió con otros, hay quien es capaz de pagar por verlo andar. Sabía el mito que la gente estaba esperándole. Y, sobre todo, sabía que unos lo esperaban con alas de paloma y otros con garras de león. Pero todos lo esperaban. Para pedirle que obrara un milagro o para pedir su crucifixión, pero allí estaban todos. Esperando. Tarde de esperas, como le esperará siempre. Silencio. El viento le vino contrario. Y el cielo. Parecía que manos dispuestas a romper su credo habían traído desde la mentira la lona de la carpa de un circo de provincias para sacrificar en la pista al hombre que mete la cabeza en la boca del león. Levantó el ala de franela y en la muleta de sus estatuarios juraron bandera tomasista todas las embestidas del toro. Aquí hay que tragar. No salió el hombre que mete la cabeza en la boca del león, salió el torero único, vestido de mito, a jugarse las carnes de verdad, a ofrecer un paisaje de venas a la puñalada previsible de un toro. ¿Que si eso es arrimarse? Los pies juntos en la arena, y para aliñar faena, cuatro quites sin quitarse. Ya todo fue mito. Ni aspavientos ni gritos. Todo despacio, medido, aparentemente frío. Como los mitos. Un mito no puede parecerse a los mortales ni en la forma de comer. Distinto, en todo. Y sin que se televise: que vayan por ahí las voces contando la faena, que quede en la memoria y la leyenda vaya de unos a otros como las historias de los lienzos de cordel. El mito en todo, incluso al volverse tras el permiso al presidente, que lo hizo girando al lado contrario de donde estaba el Rey, como el estudiado desdén a la Monarquía de quien amontona una república de misterios millonarios. Brindis a la plaza, para convertir el aforo en la espiral precipitada del agua que, ruidosa, se enreda en el remolino de la poza. La locura ya estaba escribiéndose, por él y por quienes, sin saberlo, ayudan a escribirla. Pero si es cierto que en el ruedo estaba el mito, ante el toro estaba el hombre, el torero. Y al torero lo vimos meterse entre las pitas de sus toros como quien corta rosas. Cites de frente, citando más con las venas que con la muleta, una muleta que tenía que torear dos toros a la vez, que el viento iba por delante de la embestida del toro, y Tomás bajó las manos como si firmara autógrafos en la arena. Series de seis, siete muletazos, lecciones con las que un toro aprende anatomía y, si decide, se cuelga en sus perchas el esqueleto del más pintado. Un mito, sí, pero todo fue verdad: vieron los ciegos y volvieron a caminar los tullidos, y bastó el gestual exorcismo de su toreo para que los demonios salieran huyendo por la boca de Las Ventas. Se apareció. Yo lo vi. Y era él, el hombre; y quedó él, el mito. Valió la pena el retiro. Le ha salido la obra perfecta. Es el dueño de los ruedos, del toreo. Tiene un Cossío en cada mano. Y se la juega. Y gana. Y sigue dividiendo. Unos lo ven y otros no quieren verlo. Y las crónicas susurran: Tomás... y aprended todos de él... Juraron bandera tomasista Todos lo esperaban. Para pedirle que obrara un milagro o para pedir su crucifixión, pero allí estaban todos. Esperando. Tarde de esperas, como le esperará siempre. Silencio Un mito no puede parecerse a los mortales ni en la forma de comer. Distinto, en todo. Y sin que se televise: que vayan por ahí contando la faena, que quede en la leyenda Ante el toro estaba el hombre El diestro se prepara para la faena. Sabe el maestro que unos le esperan con alas de paloma y otros con garras de león