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8 6 08 EN PORTADA José Tomas El mito y el hombre POR ANTONIO GARCÍA BARBEITO FOTOS: IGNACIO GIL odos los caminos llevaban a Las Ventas. La tonsura urbana que se levanta en el descampado donde han de ir a confirmar su torería los diestros, era el kilómetro cero y la última estación. Ni había otro lugar de citas ni había otro nombre que el de él. ¿Y quiénes son los otros dos? preguntaba la gente: ...Pues... no sé Ha sido la única vez que he visto que una tarde quepa en una plaza de toros: todo estaba allí. Y algo seguro en todos: o se forma la locura o le matamos la paloma de la chistera. La tarde se llamaba Madrid. Y se llamaba reencuentro, y se llamaba ganas de ver de los ciegos, y ganas de andar de los tullidos, y también se llamaba envidia, y también se llamaba sangre, y también se llamaba gañafón de pitón que acaba con la historia. La tarde, cárdena de nubes y dudosa de chaparrones, aconsejaba ir vestido de primavera pero con el paraguas o el impermeable a mano, por si acaso. Por previsión y por no confiar del todo en un sol que en junio se supone hegemónico pero que a lo mejor se raja en el tercio de la tormenta. Precaución. Hubo, no obstante, quien, quizá para no tentar al tiempo, se fue en camisa; y quien, seguro de que llovería, se vistió de agua. Eso era visible por fuera... y se suponía por dentro, que el ánimo aficionado también eligió para ir el jueves a Las Ventas dos vestidos que los había vestidos de Tomás sin condiciones y los había vestidos de dispuesto para saltar de espontáneo a señalarle el truco al mago. Había, pues, dos maneras de entender el tiempo y dos maneras de entender a Tomás. En quienes confiaron en que la tarde no se estropearía, camisas; en los desconfiados, paraguas. Así estaban los tendidos. Y en un lado de las ideas, el ole haciéndose; en el otro, la censura que ya se trae hecha para servirla entre silbidos de revés. Era para haber vestido a la plaza con los colores de los entregados y de los incrédulos, y nos hubiera quedado un aforo dividido, mucho más marcado que el del sol y la sombra. La tarde, que todo su azul lo tenía en el uniforme de la Policía y en los impecables trajes de los escoltas del Rey, arriba era gris, un gris que a veces tiraba a celeste y otras amagaba con irse a negro. Venía Tomás del cuarto de los espejos donde su imagen se multiplica en cien ángulos, de torear toritos de aire con la lentitud de una ola cansada, de sentirse, de aprenderse, de mirarse, de ver- T Venía del cuarto de los espejos se antes de que lo vean. Rodeado de espejos como si se rodeara de ojos, de todos los ojos, los que están con él y los que lo miran como se pincha un muñeco de brujería. Venía Tomás del túnel de los espejos, esos espejos donde se han quedado las crónicas de tantos sueños toreros, que hay faenas inmortales que duermen para siempre en los pliegues de agua de un espejo de hotel y se apulgararon como las esquinas donde el azo- Hizo el paseíllo como quien no quiere molestar la arena, un pasito leve, corto, pasito de niño tímido que va a tomar la primera comunión. Menudo y sin alardes gue del tiempo melló la imagen. Venía, azul pavo y oro, dispuesto a ser gallo que dejara en las veletas el quiquiriquí superior de su nuevo amanecer. Hizo el paseíllo como quien no quiere molestar la arena, un pasito leve, corto, pasito de niño tímido que va a tomar la primera comunión. Menudo y sin alardes, cuasi queriéndose quedar invisible para todos, como no queriendo salir de sus íntimos espejos. En la calle, famosos y cámaras, micrófonos y palabras. Él, ni una declaración, ni una frase que vaya con él, subalterna, al callejón. Arriba, el reloj y el cielo; asomados al callejón, el Rey y su hija la Infanta Doña Elena. Esperando turno en el 8, un