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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE FARC Malos tiempos para el terror La muerte de Tirofijo no anuncia, por ahora, un cambio de rumbo en el ejército guerrillero más rico de la historia, pero el escenario ha cambiado y los nuevos jefes no las tienen todas consigo TEXTO: ALFONSO CUÉLLAR EDITOR JEFE DE LA REVISTA SEMANA FOTOS: ÁLVARO YBARRA ZAVALA n los primeros años de la década de 1990, un grupo de políticos de izquierda subió a las montañas de Colombia para hablar con el Secretariado de las FARC. Varios de estos dirigentes, como miembros del Partido Comunista, habían mantenido contacto durante años con la guerrilla como parte de la combinación de todas las formas de lucha. Pero el objetivo de esta visita no era cantar la Internacional ni dar ánimo a los insurgentes. Todo lo contrario. Venían a hablar sobre el nuevo mundo que emergía después de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. Buscaban, según lo comentó muchos años después uno de los asistentes que hoy es un dirigente na- E cional, persuadir a las FARC de que reconsideraran la confrontación armada. De explicarles que el marxismo- leninismo había fracasado en la misma cuna donde nació. La respuesta del Secretariado es ilustrativa: dijeron que con mayor razón seguían su lucha, que iban a ser el último bastión del comunismo en el mundo. El pasado 26 de marzo, Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo comandante en jefe, líder supremo de las FARC, se fue de este mundo convencido hasta el final de que la la historia me absolverá A diferencia de Fidel Castro, Marulanda se quedó con las ganas de entrar triunfante a la capital. Y aunque algunos han querido mostrar su muerte natural como una derrota del Estado colombiano, su legado habla de un revolucio- nario que nunca pudo cumplir el objetivo primordial de cualquier revolucionario: tomar el poder. Marulanda pasó de mandar sobre unos pocos hombres armados que reclamaban una mejor repartición de tierras, a comandar el ejército guerrillero más rico de la historia; con el narcotráfico y el uso indiscriminado del secuestro- -ricos, pobres, ancianos, niños- -las FARC alcanzaron a tener ingresos anuales de varios millones de dólares a principios de esta década. Y ni con esos recursos pudieron imponer su ley en todo el territorio colombiano. Se ha especulado mucho sobre si con la muerte del guerrillero más viejo del planeta se avecina un cambio de rumbo en las FARC. Como si la intransigencia y la rigidez política fuera sólo el dominio de ese campesino. Jan Egeland, quien hasta hace poco era el subsecretario de las Naciones Unidas para asuntos humanitarios y que conoce Colombia muy bien, no lo ve tan fácil. En su libro de memorias publicado este año, Egeland incluye una reveladora historia sobre las FARC, según la describió él mismo al programa de radio y televisión Democracy Now Durante el proceso de paz que impulsó el gobierno del presidente Andrés Pastrana (1998- 2002) Egeland fue el enviado especial del secretario general de la ONU. Como parte de su rol de facilitador, Egeland acompañó a seis cabecillas de las FARC (entre ellos Raúl Reyes, muerto el pasado 1 de marzo) a una gira por Europa en 2000. El objetivo era mostrar a estos hombres- -curtidos en la selva y en las montañas de Colombia- -la realidad tozuda de que la Guerra Fría había terminado. Que los socialistas de hoy luchan por los derechos del proletariado en el parlamento y no con las armas. Según Egeland, regresaron, creo, más o menos convertidos Pero cuando se reunieron con sus camaradas los jefes guerrilleros fueron obligados a poner toda la ropa y todo lo que trajeron de Europa en el suelo. Y acto seguido, le prendieron fuego. Temían que hubieran chips de seguimiento electrónico. Y para evitar que sus mismos hombres quedaron confundidos por lo que escucharon durante su paseo por el Viejo Continente, fueron obligados, cuenta Egeland, a retractarse de las declaraciones conciliatorios que habían hecho en Escandinavia. Para los que han estudiado a las FARC, esa anécdota es un fiel reflejo de dos pilares de pensamiento de sus jefes: una desconfianza extrema- -hasta con sus camaradas- -y su predilección por imitar al ex canciller soviético Andrei Gromyko y decirle nyet a todo. Ceder en cualquier asunto, por trivial que parezca, es una señal de debilidad. El nuevo Secretariado de siete miembros encabezado por alias Alfonso Cano haría saltar de alegría a los ancianos del Politburó soviético de las décadas de 1970 y 1980. En parte, porque cinco de ellos, incluyendo a Cano, son marxistas- leninistas de primer orden. Casi estalinistas. Como los jerarcas detrás de la Cortina de (Pasa a la página siguiente) Tras la caída del Muro un grupo de políticos de izquierda instó a las FARC a abandonar. La respuesta fue ilustrativa: con mayor razón seguían su lucha, pues iban a ser el último bastión del comunismo en el mundo Desconfianza extrema Combatientes del Bloque Móvil Arturo Ruiz, de patrulla en la selva