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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Curiosamente basta echar un vistazo a las hemerotecas para comprobar que hasta ahora no ha llegado a la Casa Blanca ni un solo candidato presidencial apoyado por Ted Kennedy. En 1988 apoyó al perdedor Michael Dukakis. En 1992 él era partidario de un tal Paul Tsongas antes que de Bill Clinton. En 2000 respaldó a Al Gore y en el año 2004 a John Kerry, quienes al menos ganaron las nominaciones, aunque de ahí no pasaron. ¿Transmite Ted Kennedy, junto con su apoyo, cierta dosis de su mala suerte familiar y personal? A las ya citadas adversidades de su vida hay que sumar un aparatoso accidente de aviación en 1964, del que salió con tres vértebras rotas, el pulmón tocado y un dolor crónico que condicionó para siempre su actividad política. Por ejemplo, no puede resistir hacer largas caminatas. Tal vez su frágil condición física pueda atenuar su extraño comportamiento durante la noche de Chappaquiddick, cuando nadie se explica que no consiguiera rescatar a la joven que viajaba en el coche a su lado. O, como sospechan algunos, que ni siquiera lo intentara. Por más que Ted Kennedy invocara entonces la oscura maldición familiar, pocas veces en la historia alguien ha hecho tantos méritos para labrarse su mala suerte. Aunque el coche de Kennedy se saliera accidentalmente de un puente, nadie ha aclarado aún por qué no pidió ayuda a las casas próximas en lugar de a unos amigos suyos que se encontraban lejos de allí, por qué tardó casi veinticuatro horas en ir a la policía y por qué pagó una fortuna a los padres de Mary Jo Kopechne para que no solicitaran una autopsia de su cadáver. Con semejante historia a la espalda, no parece excesiva mala suerte ser condenado a dos meses de cárcel (que le fueron suspendidos) y a la retirada del carnet de conducir durante un año por imprudencia y denegación de auxilio. Cuando un juez por fin ordenó exhumar el cuerpo de Kopechne, todo el poder de los Kennedy se empleó en lograr que la investigación fuera secreta y en que Ted no llegara a ser imputado. Aún así han trascendi- Accidente de avión do datos que, como poco, confirman las sospechas de que el joven senador hizo algo con aquella chica dentro de aquel coche que le interesaba mucho ocultar. Desde este punto de vista, Ted Kennedy no habría sido tanto víctima de la mala suerte como de sus propios errores, algo que quizás vale también para otros miembros de su familia. El patriarca Joseph Kennedy no hizo ascos a medios expeditivos e incluso ilícitos para consolidar su fortuna. A su gran ambición se atribuye que tomara la decisión de lobotomizar a su hija mentalmente disminuida, Rosemary, justo cuando ella cumplió la edad en que su comportamiento podía comprometer el honor de la familia. El detonante pudo ser cierto incontrolable interés de Rosemary por el sexo opuesto, otro rasgo muy de los Kennedy. La joven quedó reducida a un estado casi vegetal y su propia madre, Rose, no supo por qué hasta casi veinte años después. ¿Y si los Kennedy fuesen a fin de cuentas una saga más sobrevalorada que maldita, más responsable de su desgracia que de las esperanzas depositadas en ellos? De haber vivido el presidente Kennedy, ¿habría acabado haciendo frente a un impeachment como el de Bill Clinton por el caso Lewinsky, o desmereciendo por algo peor? ¿O realmente tenían madera de príncipes, de fogosos pura sangre que sólo necesitaban una oportunidad de acabar de ser jóvenes para hacer algo grande? Si Ted Kennedy acumuló de joven considerables errores y trastadas- -fue expulsado de Harvard en 1955 porque le pillaron copiando en un examen de español- -de mayor se ha ido convirtiendo poco a poco en un gigante. Se le considera uno de los mejores y más completos servidores públicos que ha tenido EE. UU. donde no todo es ser presidente. Su ejecutoria como senador es impresionante. Precoz defensor de una política migratoria más abierta, es hoy un tenaz defensor del matrimonio homosexual y del aborto, aunque al aborto se oponía en un principio, influido por sus raíces católicas. Votó contra la guerra de Irak desde el principio y está a la vanguardia del activismo por el cambio climático. No hace tanto se le veía compartiendo mesa con los duques de Palma en el Museo de Bellas Artes de Boston, en la gala de inauguración de una doble exposición de obras del Greco a Velázquez y de Antonio López. Ted Kennedy bromeó con la infanta Cristina y con el gusto de ambos por la navegación. A sus 76 años parecía tener toda la vida por delante. ¿Príncipes o canallas? Hasta ahora no ha llegado a la Casa Blanca ni un solo candidato apoyado por Ted. Ni Dukakis, ni Tsongas, ni Al Gore. ¿Trasmite cierta mala suerte familiar y personal? Por su ejecutoria como senador, muchos le consideran uno de los mejores y más completos servidores públicos que han tenido los Estados Unidos Edward (Ted) Kennedy, a quien se le ha diagnosticado un tumor cerebral