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25 5 08 CLAVES DE ACTUALIDAD La mala suerte del Kennedy más triste Por más que Ted Kennedy haya invocado la oscura maldición que persigue a su familia, pocas veces alguien ha hecho tantos méritos para labrar su infortunio y sus graves errores TEXTO: ANNA GRAU. NUEVA YORK. FOTO: AP Senador Ted P ronto se van a cumplir cuarenta años del incidente de Chappaquiddick, donde encontró la muerte Mary Jo Kopechne, una atractiva joven que había trabajado en la campaña presidencial de Robert Kennedy. Su hermano pequeño Edward (Ted) conducía el coche que cayó al agua y se convirtió en la tumba de Kopechne y de sus propias aspiraciones a una eventual presidencia de Estados Unidos. Una maldición persigue a mi familia declaró entonces el benjamín del clan Kennedy. Así lo sentía toda América. Que a los Kennedy les persigue el infortunio es algo que no discute nadie en Estados Unidos. De ahí que durante estos días reaflore tanta tristeza en el ánimo de los estadounidenses al conocer la noticia de que el benjamín de los nueve hijos de Joseph y Rose Kennedy, el último patriarca que le quedaba a la familia, el veterano senador Ted Kennedy, sufre un tumor cerebral maligno. Ted no tenía ni treinta años cuando su hermano se convirtió en presidente. Su juventud le obligó a esperar dos años para hacerse con el escaño que John dejaba libre en el Senado. Para que nadie se lo quitara, los Kennedy maniobraron y se lo dieron a un buen amigo de la familia, que actuó sólo como guardián del escaño, alguien que no tendría inconveniente en retirarse en 1962 y dar pie a una elección especial a favor de Ted. ¿Nepotismo? Quizás sí, un poco. Pero no estaban haciendo nada ilegal, y a los Kennedy siempre se les ha perdonado lo que no se perdonaría a nadie. Por lo demás Ted, dejando aparte el empujoncito inicial, ha empalmado reelección tras reelección durante casi cincuenta años de carrera política. Los cumpliría el año que viene. En 1972 pudo haber cumplido otra cosa. Tras la dramática muerte de Bob Kennedy en 1968, en plena campaña presidencial, muchos ojos se volvieron hacia Ted como la última gran esperanza de su familia y de su país. Que esa y no otra es la clave para la enorme indulgencia que en Estados Unidos merece esta dinastía: nadie como ellos ha encarnado la ilusión del buen gobierno, el mito de la buena América vibrante y atractiva, mesiánica y chic. El Camelot liberal. El día del atentado de Dallas que acabó con la vida de John Kennedy, la gente caía de rodillas por la calle y se echaba a llorar desconsolada. Una aflicción que nunca llegó a extinguirse. Aunque algunos tratan de convertirlo en combustible para la campaña de Barack Obama (por ejemplo, subrayando la coincidencia de que el ayudante que escribía los discursos a Kennedy ha redactado a su vez sus memorias con la ayuda de un ayudante de Obama) lo cierto es que mucha gente aún cree que el día que mataron al presidente Kennedy todo se perdió. Que para Estados Unidos fue el equivalente de lo que fue para España el año 1898, el de la catastrófica pérdida de Cuba y del fin de viejas visiones de grandeza. El feo accidente de Chappaquiddick obligó a Ted Kennedy a autodescartarse de la carrera presidencial de 1972. En 1980 se vio con ánimos de volverlo a intentar, aprovechando que Jimmy Carter se encontraba en horas bajas. Al final Carter no estaba tan acabado ni lo de Chappaquiddick tan olvidado. Ted se replegó al Senado, desde donde se ha convertido en el máximo icono demócrata y liberal vivo, alguien casi con voto de calidad en la nominación de su partido. Este año, por cierto, ha puesto su voto de calidad al servicio de Barack Obama.