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25 5 08 EN PORTADA Guardia Civil Esposas coraje POR VIRGINIA RÓDENAS E Pues el amor es fuerte como la muerte (Cantar de los Cantares) Cuando el que renuncia es él Ana María, 42 años, es maestra en Camarma de Esteruelas (Madrid) y su marido, de 40, guardia civil empleado en Seguridad Ciudadana. Llevan juntos 19 años y tienen dos hijos. Él ha renunciado a cualquier ascenso o mayor formación en su trabajo, que adora porque su prioridad es la familia y cualquier aspiración lleva consigo traslado e inestabilidad. Uno de los dos podía perfeccionarse y me ha tocado a mí. Soy afortunada dice la profesora, consciente de que el suyo es un caso excepcional. Con el sueldo de un guardia no vive una familia. He conocido esposas de compañeros que trabajaban por horas como empleadas de hogar, la mejor posibilidad cuando hay hijos y no se sabe con antelación el horario de tu marido Se impone, explica, la modernización del Cuerpo, que valore más a sus magníficos profesionales, no ponga tantas trabas por edad y les permita desarrollarse sin que eso implique la disgregación de la familia. Y que no haya tantos tratos de favor y abusos. Y eso que las cosas han cambiado mucho: cuando empezó y vivíamos en el cuartel, hasta en su día libre tenía que decir a dónde iba s usted la mujer de Juan Manuel Piñuel? La viuda del último guardia asesinado por la ETA ha declarado que, cuando a las cinco menos veinte de la madrugada oyó la pregunta al otro lado del teléfono, dio un bote en la cama y el corazón se le puso en un puño. Para Manoli Orantos fueron las tripas que se le vinieron a la boca el síntoma del dolor irreprimible tras escuchar que alguien desde la puerta de su casa de Badajoz, donde esperaba con sus dos hijitos de 2 y 3 años el inminente reencuentro con el padre y esposo destinado en el País Vasco, gritó: ¿Sabéis que han matado a Avelino? Llanto y más llanto, y en el alma de Rosa María Alcaraz, huérfana de sus pequeñas gemelas Myrian y Esther, de tres años, sepultadas en 1987 entre los escombros de la casa cuartel de Zaragoza, la pena más negra anidó para siempre. Y lo hizo como mina el frío que no cesa. ¿Qué puede haber más terrible que asistir al asesinato de dos hijos? Aún, después de enterrar a sus niñas, Rosa María, esposa del guardia Juan José Barrera, miembro del Servicio de Desactivación de Explosivos (SEDEX) siguió esperándolo cada día, en turnos interminables e inciertos. Y así durante años, hasta hace tres, mientras aprendía a entretener el miedo de madrugada planchando o limpiando la casa. Respeté- -dice a D 7- -lo que mi marido sentía por su profesión, porque yo nunca le he dicho no hagas esto o no hagas lo otro. Tenía claro que nunca pisaría el País Vasco si lo trasladaban allí y que jamás volvería a vivir en una casa cuartel, lo mismo que sabía que teníamos que seguir adelante, el uno por el otro, porque esa era su vida. Al poco me quedé embarazada de una niña y ya había otro motivo para luchar, con mucha pena, con muchos recuerdos... Y a los dos años tuve otra hija. Entonces se convirtieron en mi obsesión. Desde que me levantaba hasta que me acostaba la única razón que me movía era que a ellas nunca les pasara nada malo. Y así he vivido O malvivido en cuarteles- -en el de Zaragoza, para meterse con aquellas dos criaturas hubo de poner el suelo nuevo que el otro ni se podía fregar acabar con las cucarachas, frenar la humedad y tapar con toallas los huecos por los que se colaba el frío con las ventanas cerradas- -y malpagados Trabajando por las noches, cuando las gemelas estaban dormidas, cosiendo bolsas de deporte hasta las tantas. Con un sueldo que no paga el trabajo de estos hombres, ni el de mi Paisaje del horror tras la explosión de Vic. A la izquierda, Amparo con su marido y su hijo Javi ABC Manoli, viuda de los años de plomo marido ni el de muchos otros, que tanto se merecen esas medallas que les dan cuando están muertos y que habría que darles cuando viven. Como deberían mirar un poco más por ellos, y tenerlos un poco mejor, que es mucho el sacrificio que hacen y no lo valoran nada, Porque ni hemos tenido apoyo de ningún Gobierno, ni de la sociedad, ni de los mandos de la Guardia Civil Somos una sociedad ingrata, le digo. Y ellos están ahí dejándose la piel en una lucha con lo peor del ser humano. Son hombres valientes ¿Algún día llegará el reconocimiento? pregunto. No lo sé ¿Y qué tiene que ocurrir para se produzca? ¡Qué más tiene que pasar para que se den cuenta de las condiciones en las que vive la Guardia Civil! ¿El todo por la patria tiene un límite? Sí ¿Y qué CASIMIRO MORENO les da a ustedes la patria? No lo sé ¿Se arrepiente de haberse casado con un guardia civil? No, nunca. No cambiaría mi vida junto a mi marido por ninguna otra Luego Rosa María cuenta que lo único que quiere es justicia, que no se negocie con ETA, que se la derrote, que los terroristas dejen de estar en las instituciones, y que los asesinos no tengan ningún privilegio como tampoco los han tenido las víctimas. Cuando he visto que detenían a la cúpula de ETA me he quedado con la cara de la mujer, la novia del hijo de Josu Ternera, uno de los asesinos de la casa cuartel. Ya ve, libre. Por eso pido que cumplan íntegramente las penas. Esto no es política: es lo único que querría cualquier persona a la que le hubieran matado un hijo. Mire, las heridas del cuerpo se curan pero las del alma no, eso lo llevas ahí mientras los Gobiernos impiden que se cierren e incluso hacen que se reabran. Promesas y nada. Todos los políticos son iguales. Esto no se va acabar nunca... (silencio) Y, por favor, -pide- -hágale llegar un abrazo muy fuerte a la viuda del último guardia (sollozos) Como la madre huérfana, tampoco lamenta haberse casado con un guardia civil la viuda de Avelino Palma, el cabo extremeño de 30 años, al que un aguerrido gudari le descerrajó un tiro en la nuca mientras controlaba el desarrollo de una vuelta ciclista en Salvatierra (Álava) Fue en octubre de 1980, en esos ignominiosos años de plomo cuando los féretros se sacaban por la puerta de atrás de las iglesias y con apremio se daba tierra a los cuerpos acribillados. Junto a Palma cayeron el cabo primero José Vázquez y el guardia Ángel Prado. Fueron sólo tres cadáveres a sumar en aquel maldito 1980 en que ETA liquidó 89 vidas. O mu- Orantos, la viuda