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18 5 08 VIAJES Dos danzantes dogón, con sus características máscaras País Dogón TEXTO Y FOTOS: FRANCISCO LÓPEZ SEIVANE El secreto de Mali Son una reliquia antropológica, una de las culturas más remotas y fascinantes de África. Un lugar donde la magia forma parte de la vida cotidiana, lejano, pero abierto y hospitalario con el viajero ntes de llegar al fascinante País Dogón, hay que realizar un largo viaje desde Bamako, la capital de Mali, donde muere el ferrocarril de Dakar. A partir de ahí, son las aguas del Níger las que arrastran y marcan la linde meridional del A Sahara. Mali, tres veces mayor que España, no es más que desierto y río, dos mundos encontrados; y entre medias, el Sahel, la región semiárida que se interpone entre la arena y la sabana. La carretera que lleva de Bamako a Mopti siguiendo el río es una cinta de asfalto que se abre ca- mino entre el verde esplendoroso de la sabana. No recuerdo haber cubierto ni una sola curva en cientos de kilómetros. En África aún sigue muy vivo el espíritu tribal, por eso en la aldea de Segoukoro hay que rendir cortesía al jefe del poblado si se quiere visitarla. Tras intercambiar con él unas frases en el salón escuela donde aprenden el Corán los hijos de sus cuatro esposas, merece la pena acercarse a la orilla del Níger a contemplar la vieja mezquita que se asoma a las aguas con descascarillada dignidad. Al lado, media docena de zabarceras a la sombra de una acacia tratan de vender su modesta mercancía a los aldeanos: unos peces salados, cuatro tomates, cuatro bananas y cientos de moscas. Poca cosa, pero mientras llega algún cliente, todo son voces y fiesta entre el torbellino de colores de sus vestidos y turbantes. La alegría de los pobres en este continente siempre me ha resultado desconcertante, entre incomprensible y conmovedora. Mopti, la Venecia Negra, como