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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE La condesa de Bureta, con aquel atuendo liviano que causaba admiración en las gentes del pueblo COLECCIÓN DE LUIS SORANDO sarse, volver a casarse, pues había pasado el luto y su corazón latía, a momentos, desesperado. Había tenido que posponer este deseo a causa de no haber recibido la preceptiva licencia del señor rey para contraer matrimonio- -necesaria pues los contrayentes eran nobles- y luego por el asedio. Y eso que, por la mañana distribuía el dinero del inglés o se personaba en el hospital a ayudar a la madre Rafols con los enfermos, por la tarde se cosía un traje para su próxima boda y por la noche, ay, por la noche, festejaba con su amado, con don Pedro María Ric, heredero del barón de Valdeolivos en una de las rejas de las ventanas de su casa. Así las cosas, tomados de las manos, brillantes las miradas y ardientes los corazones, los enamorados platicaban de su próximo enlace, decían de solicitarle la licencia al capitán general Palafox, primo de doña Consolación y primera autoridad del reino de Aragón, pues que el rey Fernando VII, cuya vida guarde Dios, continuaba prisionero en la Francia, y fijaban fecha para el feliz acontecimiento: el 1 de octubre próximo pues, como el resto de los zaragozanos, no dudaban de que los franceses volverían con más pertrechos y más armas a vengar la afrenta recibida, y eso, que querían unirse en matrimonio para vivir su destino juntos. Y tal hicieron el dicho día, en la iglesia de San Carlos, a las seis de la madrugada, con el padrino, la madrina, el sacerdote y los dos hijos de la condesa, en sencilla ceremonia, sin invitados, sin banquete de bodas, en secreto, vaya su merced a saber por qué, en el mayor de los secretos, pues no descubrieron su estado hasta pasado un mes, lo que contentó a los murmuradores que algo se malicia- Con cientos de muertos sin enterrar por las calles y, apesarada porque se preguntaba a qué mundo venía su hijo, abortó y, cuando se recuperó, se dedicó a sus caridades Se mantuvo terca, como buena aragonesa y, cuando los franceses ocuparon la ciudad no estuvo en el tedéum para agradecer a Nuestra Señora el fin de la guerra ban por aquella alegría que ambos irradiaban por los ojos. Para la Navidad la dama, que nunca dejó de ser llamada condesa de Bureta, pese a que pasó a ser baronesa de Valdeolivos, estaba encinta y pasándolo mal, devolviendo lo que comía y lo que no comía, peor que si fuera primeriza, o acaso era que ya no recordaba sus anteriores embarazos porque lo malo, a Dios gracias, se olvida. O acaso fuera por el disgusto que le había producido el regreso de los franceses por los mismos caminos por donde se fueron con más soldados y mejores pertrechos o por el ruido de las bombas, pues que los enemigos pronto se emplearon a fondo y, es más, trajeron una nueva táctica de sitio, pues que, establecidos los campamentos, comenzaron a cavar galerías en zigzag, a levantar parapetos para acercar la artillería por aquellos corredores y a disparar como si fueran demonios. A matar a hombres mujeres y niños, a provocar dolor, pena que se sumaba al viejo dolor pues que rara era la familia que no había perdido a varios o a alguno de sus miembros en el sitio anterior y, en este asedio, a causa de la peste que se llevaba más muertos que la guerra. Así las cosas, con centenares de muertos sin enterrar por las calles y, apesarada porque se preguntaba quizá a qué mundo iba a venir su nuevo hijo, la condesa abortó y, cuando se recuperó, se dedicó a sus caridades. Pero, cuando, mediado febrero de 1809, su propio marido le explicó y hasta le razonó que no se podía continuar de aquel modo en razón de que no había qué comer y había más muertos que vivos, y le comentó el acuerdo a que habían llegado las autoridades con la bendición de Palafox- -que se debatía entre la vida y la muerte a causa de la calentura pútrida, otro tanto que Agustina de Aragón- -para capitular, ella que, a más de brava era ciento por ciento patriota y había hecho suyo lo de vencer o morir no dio el significado cierto a la palabra capitulación y clamó que aquello era una rendición, y las malas lenguas aseguraron que dejó de hablar a su esposo. Se mantuvo terca, como buena aragonesa y, cuando los franceses ocuparon la ciudad no estuvo presente en el tedéum que se celebró en el Pilar para agradecer a Nuestra Señora el fin de la guerra. Si abrió las puertas de su casa al mariscal Lannes, cuando le anunció su visita, fue por educación y lo recibió en su salón, al amor del fuego de la chimenea, bajo el retrato de su majestad Fernando VII, cuando el rey de España era el rey José Napoleón I, el Bonaparte, en fin.