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18 5 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Heroínas de la Guerra de Independencia La condesa de Bureta Brava mujer y ciento por ciento patriota, la condesa de Bureta resistió, peleó y aguantó en el sitio de Zaragoza y nunca quiso aceptar la capitulación. Como que dicen que dejó de hablar a su esposo cuando éste le razonó que lo prudente era desistir. Gran señora, igual hacía bajar viejos muebles de su casa para construir barricadas que auxiliaba a los heridos y los conducía al hospital n viéndolas, se hubiera podido decir que lo que más preocupaba a las mujeres que veían trajinar a doña Consolación Azlor y Villavicencio, condesa viuda de Bureta, era que se manchara los preciosos trajes que llevaba, ya fuera de sangre, ya fuera de negro polvo en aquella locura que se había desatado muros adentro de la ciudad de Zaragoza, sitiada por los franceses de días ha. Y, pese a que siempre la habían admirado por su elegancia y dulce rostro, era que, ocurriera la desgracia que fuere- -que para desdicha de todos, no había otra cosa- no le quitaban el ojo de encima, lamentando lo del traje. Ignoraban, por supuesto, que la dama se había aviado con el más viejo de su ropero, con el que tenía un desgarro en un costado y llevaba una mancha imposible de quitar; pero es que siempre se habían quedado embobadas ante su indumentaria, ante aquellos vestidos livianos, de amplio escote, que ellas nunca podrían llevar en razón de que eran mujeres del pueblo y de escasos recursos. Y eso que, ya estuvieran en una fortificación llevando el botijo a los soldados o haciendo correr una bota de aguardiente o repartiendo el rancho o levantando cadáveres para depositarlos en carros y llevarlos a enterrar en los fosales de las iglesias o espantadas ante tal desastre o tal otro, cuando se detenían para descansar un poco o levantaban la mirada, veían a la condesa ir y venir, mandar y ordenar como si fuera un general, la veían sí, pero en lo que más se fijaban era en su hermoso vestido ensangrentado. Mismamente como la saya y la camisa de cualquiera de ellas sobre todo en aquel desdichado día 27 de junio de 1808 en el que había explosionado el edificio del Seminario, no a causa de las bombas francesas, no, ¡a causa de la desidia de un español! Pues que las autoridades habían decidido trasladar la pólvora que se guardaba en el dicho lugar- -por no tenerla toda junta- -y fue que se produjo una enorme tragedia en la que to- E da una manzana de casas voló por los aires con sus moradores dentro y llevándose además a los que transitaban por allí. No por azar ni menos por un cúmulo de casualidades, no, fue por el descuido de un trabajador- -tal se contaba por allá- -que estaba sacando barriles llenos de explosivo del lugar y subiéndolos en carros para trasladarlos a donde fuere, y el sujeto- -mejor no mentar su nombre- -llevaba un cigarro encendido en la boca, un puro de los llamados cucaracheros- -nada tiene que ver que fuera malo o fina labor de la isla de Cuba- y fue que el tonelico tenía una rendija y que al tipo se le cayó la ceniza y fue a entrar por la grieta provocando una terrible explosión, y fue que por la deflagración explosionaron todos los toneles que ya había cargado en el carro y todos los que había en otros carros- -más o menos 20.000 libras de pólvora- causando derrumbes de casas en una milla en derredor y muertes a mansalva, entre ellas la del insensato sujeto, lo que fue mejor para él pues que las gentes lo hubieran ahorcado de algún balcón que quedara en pie, sin esperar a que recibiera los sacramentos, tanto descalabro había causado su necedad. La señora condesa de Bureta acudió de las primeras, al oír la explosión, con sus carros y, Dios ampare a todos, se puso a recoger heridos para llevarlos al hospital y dejarlos en manos de la madre Rafols para que los médicos intentaran salvarlos. Así fue y tornó a lo menos veinte veces, antes de que se hiciera de noche y, en su casa, hubo de tirar su vestido empapado de sangre, como previe- Ángeles de Irisarri, escritora Veían a la condesa ir y venir, mandar y ordenar como si fuera un general, la veían sí, pero en lo que más se fijaban era en su hermoso vestido ensangrentado Al escuchar los gritos de la francesada, optó por levantar dos barricadas en la calle de la Torre Nueva, para detener al ejército imperial o morir en el empeño ron las mujeres que, obedeciendo sus órdenes, se dedicaron a buscar heridos, separar los graves de los menos graves, levantarlos del suelo, depositarlos en los carros, en el que guiaba la dama o en los que conducían sus lacayos, y esperarla con más heridos para repetir la operación. Cuando a primeros de agosto, los enemigos bombardearon el hospital hasta derruirlo y andaban por los Cosos, la actividad de la señora condesa se puso bajo el mando de la madre Rafols y ayudó, la primera, en el desalojo de la santa casa, sin tomarse un respiro, esta vez con otro vestido negro de polvo, lo que también fue advertido por las mujeres que la vieron volver a su casa renqueando de cansancio. Y fue que no descansó, porque, como ella misma escuchaba los gritos de la francesada a 500 ó 600 varas de su palacio, optó por levantar dos barricadas en la calle de la Torre Nueva, esquina con la plaza del Mercado, donde vivía, para detener al ejército imperial o morir en el empeño- -tan patriota era- otro tanto que hacían los vecinos por otros puntos de la ciudad. Y eso que puso a sus criados- -que estaban tan agotados como ella- -a bajar muebles viejos y la leña de las chimeneas, dejando sólo para los fogones, y hasta libros llevó, tal aseveraron las malas lenguas, de la magnífica biblioteca de su difunto marido, don Juan Crisóstomo, Dios lo tenga con Él. En el periodo entre los dos sitios, doña Consolación, aliviada como el resto de los zaragozanos y alegre por demás, repartió los muy buenos dineros que le envió a su nombre un general inglés que se presentó en Zaragoza, a poco de que los enemigos levantaran sus campamentos, queriendo contemplar la ruina y la desolación de la ciudad para contarla al mundo y tratar de establecer una alianza entre españoles y británicos para vencer a las águilas francesas. Y tuvo mucho trabajo pues, amén de socorrer a viudas y huérfanos hasta que se le terminaron los caudales, decidió hacer lo que llevaba en su cabeza y sobre todo en su corazón, de tiempo atrás: ca-