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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE se oponía a algo tan ilustrado como la asignatura de Educación para la Ciudadanía. La contradicción lógica, que excede las tensiones soportables para el lenguaje, se encuentra en la reivindicación de conservadurismo y cambio. En ese momento, el Clotaldo de La vida es sueño exclamaría escandalizado: ¿Qué confuso laberinto es éste, donde no halla la razón el hilo? Un desarreglo similar refleja la frase con que Tony Blair se definió a sí mismo cuando estaba a punto de abandonar el cargo. Timothy Garton Ash le preguntó en una entrevista cuál era la esencia del blairismo y el aún primer ministro contestó: El intervencionismo liberal ¿Otra trampa de Humpty Dumpty? En un intento de aclararla, el historiador británico aseguró que se trataba de una concepción progresista del mundo que parte de la realidad de la interdependencia en una era de globalización y actúa con arreglo a unos valores determinados Una explicación impenetrable por cuanto no aclara lo más necesario: los valores con arreglo a los cuales actúa ese intervencionismo liberal La desvirtuación de la izquierda, convertida en conservadora y defensiva de un modo u otro, tampoco deja a la derecha bien parada. En los dos siglos transcurridos desde la Revolución francesa, los conservadores sólo han impulsado los cambios, sólo han sido revolucionarios en un momento muy concreto de la historia: en la Europa de entreguerras desconcertada por la masacre de la Primera Guerra Mundial y acobardada por el triunfo de la revolución soviética. Junto a la derecha conservadora, surgen en esos años movimientos y partidos que Payne caracteriza como derecha radical, autoritaria, antiliberal y antimarxista. En algunos casos, aparecen de forma simultánea a los movimientos fascistas, con los que comparten tantos rasgos que, con frecuencia, se nutren entre sí o se alían. En ocasiones, esa derecha radical que deseaba destruir todo el sistema político del liberalismo vigente y de arriba abajo acaba eclipsada por el auge de movimientos fascistas mucho más poderosos. No es casual que también en aquella época se invocara de manera recurrente ese engendro lógico de la revolución conservadora especialmente en Alemania, coincidencia inquietante por demás: La konservative Revolution es una tradición política que recorre todo el campo ideológico de la derecha alemana, al menos desde 1921 a 1934 y más adelante, hasta el año 40 asegura Jean Pierre Faye, que también recoge esta fra- Revolución conservadora se de Hitler: Soy el revolucionario más conservador del mundo Ahora, como entonces, esa derecha no es defensiva, sino ofensiva; no aboga por la permanencia, sino por el cambio; no refunfuña ante las iniciativas ajenas, sino que toma las propias y obliga a los revolucionarios izquierdistas de antaño a ir a rebufo. En su libro Una nación conservadora John Micklethwait y Adrian Wooldrige, director y corresponsal en Washington de la revista The Economist respectivamente, ilustran esa nueva ideología conservadora con la sucinta descripción de una joven pareja de militantes del Partido Republicano estadounidense: Para Dustin y Maura, el conservadurismo es un credo progresista. No tiene nada que ver con gente mayor aferrada a sus cosas, sino con gente joven que intenta cambiarlas Lo que hasta hace poco constituía una oposición (conservador progre- Hoy nos hablan de un conservadurismo progresista de conservadores ansiosos de cambio y de viejos revolucionarios que recelan de todo lo que huela a cambio Cuando a Blair le preguntaron cuál era la esencia del blairismo contestó el intervencionismo liberal sin aclarar los valores en que se fundaba esa fórmula sista) se convierte ahora en una equivalencia. El vocabulario actúa sobre nuestra percepción como lo describió Wittgenstein: Pronunciar una palabra es como tocar una tecla en el piano de la imaginación Y cuando alguien dice conservador la imaginación nos dibuja un terrateniente, un banquero con un puro en la boca, un militar hierático, una aristócrata enjoyada, un hombre de orden, una beata de misa diaria. Estereotipos, sin duda, pero con su trasfondo de verdad, que no logramos ver en la estampa de dos jovencitos rebeldes. Del mismo modo, si pensamos en cómo el término conservador se emplea para referirse a la izquierda, la imaginación vuelve a carecer de referente, pues tampoco este vocablo nos sugiere un minero británico o un joven francés resistiéndose a ser explotado. El lenguaje público dominante nos habla de intervencionismo liberal nos remite a jóvenes inquietos defensores de un conservadurismo progresista está poblado de conservadores ansiosos de cambio y de viejos revolucionarios que recelan de todo lo que huela a reforma o tenga trazas de cambio. Lo nuevo se vuelve omnipresente en una política frente a la cual se alza la sospecha de la mistificación permanente: neoconservador, neoliberal, Nuevo Laborismo, Nueva Izquierda.