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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Casta Álvarez empuña la pica con bayoneta de la que nunca se despegaba y adoquines a los enemigos desde la almena. Luego se había desplazado a la puerta del Portillo, donde auxilió a María Agustín que había recibido un fatídico balazo en el cuello que la dejaría manca para siempre, tan moza que era, y eso que todavía no se había fabricado su larga lanza, que entonces ya estuvo en todas las fortificaciones defendiéndolas y repartiendo el rancho que pagaba el gremio de sederos y se cocinaba en los fogones del hospital. Mientras se pudo distribuir, mientras fue posible, pues, para desdicha de todos, se terminaron las vituallas y cundió el hambre, la hambruna, para ser exactos, en la que se comió perro y gato. Y el 2 de julio, el día de la gesta de Agustina de Aragón fue la primera en felicitarla y, el 4, cuando la artillería enemiga derruyó el hospital y se quemó todo, estuvo al lado de la madre Rafols evacuando a los enfermos a otro lugar, en una penosa labor que duró varios días de ímprobo trabajo. Cierto que celebró, como el que más, que la francesada levantara el primer sitio y comió, qué comer, se dio un atracón cuando fue posible y cantó jotas y bailó de alegría, como todos los que sobrevivieron al embate de los invasores, a más de agradecer la victoria española a la Virgen del Pilar. En los meses que transcurrieron entre los dos sitios, la señora Casta no dejó un solo día de presentarse en la puerta de Sancho con su bayoneta a la espalda por COLECCIÓN DE LUIS SORANDO ver lo que hubiere y ella misma participó en la destrucción del puente de barcas que los enemigos habían levantado sobre el Ebro para cruzar el río. Y ya volvió a sus mandados, a ayudar a la madre Rafols en el hospital y, Cuando en Zaragoza no cabía un muerto más y las autoridades decidieron pedir la capitulación, una de las personas que se opuso a aquel negocio fue la señora Casta Gritó varias veces lo de vencer o morir, sin que le escuchara nadie, pues que hombres y mujeres estaban más que agotados y sólo deseaban que acabara aquel horror cuando los gabachos volvieron por el mismo lugar que se habían ido, a hacer lo mismo que habían hecho, es decir, a sitiar Zaragoza, con su temible artillería reforzada y nuevas tácticas de guerra, ella, como mucha otra gente no rebló y, animosa, anduvo de acá para allá, viendo cómo los enemigos destrozaban los bastiones, conquistaban las puertas y penetraban en la ciudad para asentarse en los puntos estratégicos. Ella, desalojando los cadáveres de las camas y suelos del hospital, sobre todo a los muertos de la calentura pútrida, que eran muchos más que los de bala o metralla, sin temor a contagiarse. Cuando en Zaragoza no cabía un muerto más, no había qué comer y pronto no habría gente para morir, y las autoridades decidieron solicitar la capitulación porque resistir no llevaba ya a ninguna parte en razón de que no había defensores ni qué defender, pues la ciudad era ruina, una de las personas que se opuso a aquel negocio fue la señora Casta y, seguramente, la primera que habló de rendición. Y en la torre de la puerta de Sancho, viendo pasar la comitiva de la capitulación: varios próceres andando, desarmados y con las manos vacías, sólo con la bendición verbal del capitán general Palafox, que hay que decir que se estaba muriendo en una cama, contagiado de la peste, rodeados de un piquete de soldados franceses, ella increpó desde la altura a aquella diputación y gritó varias veces lo de vencer o morir, sin que le escuchara nadie de la guarnición, pues que hombres y mujeres estaban más que agotados y deseaban que se terminara aquel horror, aunque viniera otro peor incluso, pues que ya se conocía cómo eran los enemigos tan dados a violar mujeres, a matar gentes por un quítame allá esas pajas y tan amantes del saqueo, aunque instalaran una guillotina en la plaza del Mercado y pasaran a todos los habitantes por ella. Así las cosas, de nada valió que los angustiados vecinos intentaran convencer a Casta Álvarez de que todo estaba perdido, que era vano, que llamaba cobardes a los embajadores que iban a firmar la capitulación que no era otra cosa, según ella, que una rendición- -cuando hay diferencia- que gritaba como una posesa, hasta que el comandante del puesto la mandó a su casa y le prohibió acercarse por allá. Cuando los franceses se instalaron en la ciudad, algunos quisieron conocer a aquella una mujer que llevaba una bayoneta clavada en un largo palo, pero la interesada no se dejó ver, pese a que su fama había llegado a los campamentos franceses.