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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE el rock, el arte pop, los hippies... Algunos de sus iconos probaron y aun se convirtieron en propagandistas del LSD: Kerouac, Ginsberg, Kesey, (autor de Alguien voló sobre el nido del cuco) Marcuse, Watts, los Beatles y los Stones como muchos grupos y cantantes; pero, sobre todos ellos, el psicólogo y profesor de Harvard Timothy Leary, del que Hofmann tenía un juico si no adverso, sí contradictorio: Se las daba de profeta y gran sacerdote del LSD, porque estaba convencido de que tendría una función psicoterapéutica fundamental. Pero también política, contra el sistema. Para Leary bastaba con tomarlo y de inmediato se tendría la iluminación. De eso modo acababa sugiriendo a los jóvenes un consumo indiscriminado. Me opuse a él- -se defendía Hofmann- -porque aún no tienen un yo estable y fuerte, y pueden sufrir daños psicóticos Y es que el científico creía peligrosa una liberalización total de las sustancias alucinógenas. Si toman LSD personas que no poseen un equilibrio y una orientación, puede que tenga efectos devastadores. Yo nunca lo he aconsejado Por fin, aparece Jünger a los postres, al que Hofmann conoció gracias a Armin Mohler. acuñador del término Revolución conservadora. Ocurría en 1947, bastante tiempo antes de que se popularizara el LSD. La primera experiencia no fue muy satisfactoria, por cuestión de dosis. Y Jünger se quedó en el umbral estético. Tuvimos sensaciones maravillosas, pero sin descender a las profundidades. La siguiente vez, le suministré el triple. Fue otra cosa, y él corrigió su juicio. Dijo que el LSD era a los estupefacientes tradicionales lo que la física moderna a la física clásica... En fin, los dos éramos emboscados, tanto en el sentido real como en el figurado. Preferíamos el bosque a la ciudad, nos retiramos de la vida urbana a vivir en medio de la naturaleza. Pero también en un sentido metafórico nos hicimos selváticos, nos convertimos en rebeldes, en anarcas, como a él le gustaba decir Hofmann sonríe y los dos se disipan. Buen viaje. No es más que un gato comparado con el tigre ERNST JÜNGER Fragmento de Acercamientos. Drogas y ebriedad (Tusquets) Albert Hofmann, descubridor del LSD, participó en un congreso sobre esta sustancia en Basilea el pasado enero. En otoño de 1989, acompañó a su amigo Ernst Jünger cuando éste recibió el doctorado honoris causa en la UPV de Bilbao Decía a Albert Hofmann: No es más que un gato doméstico comparado con el tigre real, la mescalina, o como mucho, un leopardo Estas palabras las dije tras regresar de un viaje con ácido que habíamos emprendido mucho tiempo antes de que esta droga adquiriera fama y mala reputación. Era palmario que había mostrado más bien las patitas de terciopelo que las garras y que había ronroneado antes que rugido. La dosis había sido demasiado débil; había tomado como una representación lo que no era sino una serenata del foyer: De ahí que quisiéramos repetir la singladura con cargamento suficiente... Debía ser primavera, en los prados de Bottmingen ya florecían las anémonas, pero el invierno aún no se había alejado, pues Anita, la mujer de Albert, se había ido a la montaña a esquiar con los niños. Disponíamos, por consiguiente, de todo el reino para nosotros... El anfitrión, como simposiarca, dosificó con un cuentagotas trazas de un líquido incoloro, que se diluyó inmediatamente. También los antiguos diluían fuertemente el vino con agua para que el banquete se prolongase por más tiempo. Sus jarras de mezcla se ornaban con coronas de vid y de laurel y, sobre todo, con escenas míticas que resultaban familiares a todos los comensales. Sobre nuestra jarra sólo figuraba inscrita una escala graduada. Cada uno recibió un pequeño caliz, apenas más grande que un vaso de licor, lleno de líquido procedente de la probeta. Brindamos y nos auguramos recíprocamente buen viaje. La estancia estaba convenientemente caldeada; nos acomodamos en el sillón. En la calle, muy cerca del alféizar, pasaban coches y camiones. El ruido era al principio molesto, pero luego se dispersó. Me pareció como si, hasta el momento no hubiera percibido más que sombras de la luz; ahora todo se volvía esencial. Aun cerrando los ojos no dejaba de brillar. Entonces empecé a sentir calor y paz, y también silencio, tan solo interrumpido por una respiración profunda y voluptuosa. Ahora olvido mis negocios. Mis preocupaciones. Mi trabajo. Ernst Jünger Mi familia. Salgo incluso fuera de mí mismo. Dejamos todo esto detrás de nosotros. También los átomos- -ya nada importa. Nos habíamos descalzado; era una excursión para la cual no eran menester ni botas, ni ruedas ni alas. El anfitrión encendió una varita de incienso. El humo se alzó, formó un hilo de seda cuyo gris se metamorfoseó en el más sutil de los azules. Al principio se elevó verticalmente en el aire casi inmóvil. Pero a continuación comenzó a temblar, a girar y a ondular, en un juego de figuras ingrávidas. Parecia mostrar cuál era el sentido de la danza y de su ofrenda. Aquí materia y movimiento, vestimenta y cuerpo casi se rozaban. Ser y apariencia se solapaban casi sin resquicio y, por consiguiente, también visión y fenómeno. ¿Se veían los ojos fascinados por el objeto, o eran ellos los que lo hechizaban a él? No se podía discernir; por lo demás, era insignificante. Especular sobre ello era pura fantasmagoría. Una rueda, un primer movimiento de danza, puede haber precedido, acaso, a todo. Lo que al principio se ha separado, se reúne en amplias simetrías: arriba y abajo, valle y onda, lingam y yoni, padre y madre, poder y espíritu. Por artísticamente que se entrelacen y por peligrosas que sean las figuras, sus guías son la reminiscencia y la nostalgia por restablecer la unidad primigenia.