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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE EPA cuanto más coquetas las flores en el alféizar y más sensibilidad musical, más certidumbre de crimen, ofrece tan pobre consuelo como pensar que los ricos también lloran o que la afición a la ópera le predestina a uno a carcelero de Auschwitz. Los austríacos, como tantos, se rascan la cabeza tras alguna explicación que frecuentemente sólo son vías de huída explica en Viena la jefa de psiquiatría de la clínica que fundó Sigmund Freud. Lo contrario a lo que entendemos como humano nos obliga a creer en una enfermedad y poder olvidarse pronto de ello. Exorcizamos el problema porque no podemos creer en la maldad asegura Thiel, aun a coste de negar la responsabilidad. La propia Amstetten apenas recuerda su intrahistoria más negra... y común a gran parte de Centroeuropa. Esta misma clínica volcada en salvar a los Fritzl formó parte del programa de eutanasia del Ministerio de Salud Pública del Tercer Reich. Entre estas asépticas paredes fueron asesinados un sinnúmero de pacientes, 346 fueron esterilizados y 800 despachados a otros centros de ejecución. El doctor Emil Gelny, llegado de Viena para reducir el número de bocas innecesarias asesinó personalmente a 39 ancianos y pacientes, antes de fugarse a Bagdad. Entre tanto, dice la televisión, toda Austria, si no el mundo entero, se pregunta quién era este Josef Fritzl como si en ello pudieran hallar una clave. Siempre creemos saberlo todo y, cuando no, nos escandalizamos y exigimos respuestas médicas, sociales o políticas. 8.760 días de mirar a otro lado y no querer saber qué sucede en la casa vecina, pe- No podemos creer en la maldad Elisabeth Fritzl, en el centro en segunda fila, en una fotografía junto a compañeros y profesores de su escuela, cuando tenía 15 años ro ¿cuántas veces, tras una corazonada sobre un vecino raro o una casa inquietante, no pasamos de largo y nos olvidamos? nos cuenta el párroco de St Stephan, vecino de los Fritzl: La tristeza, la ira, quizás el odio, nos acompañan estos días, reparamos en que en nuestra ciudad pasaban cosas que no comprendemos La historia de Fritzl es cenagosa. Nadie parece saber de su familia de origen. En la pequeña ciudad hay un memorial a los fallecidos en la II Guerra Mundial, y allí figura un Franz Fritzl, que debió de ser su padre, que nunca volvió del frente. Josef tendría entonces 9 o 10 años. En la siderúrgica Voest de Linz y en la empresa de material de construcción Zehetner se le tenía por normal y trabajador Pero ya entonces había tenido un juicio por violación. Dirigió un mesón y un camping en el lago Mond, donde tuvo algún roce con clientes o con la policía, que lo tuvo por sospechoso de un par de incendios. Y hoy posee seis propiedades inmobilia- ABC Cuando al alcalde Amstetten, Hans- Heinz Lenze, se le pregunta cómo pudo ocurrir algo así en su pequeña ciudad, replica: ¿Y por qué ocurrió el 11- S en Nueva York? rias valoradas en 2,2 millones. En el pueblo era coqueto, jocoso y se tomaba alguna cerveza con los vecinos. Su cuñada dice que viajó en una ocasión a Viena para hacerse un trasplante de pelo. Pero de puertas adentro era un déspota inflexible e insensible dice Anton Graf, que fue su inquilino, uno más de entre el centenar que tuvo en su casa, Alfred Dubanovsky confirma que era muy estricto y que sólo en una ocasión le vio bajar al sótano con alguien, que le fue presentado como un fontanero. Viajó a Tailandia con un amigo (Pasa a la página siguiente)