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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE M. FRANCISCO REINA Cultura Cannes 1968 y crítico de cine, asiduo desde hace décadas al Festival de Cannes que entre las curiosidades de aquel Mayo del 68 ahora ya mítico, se produjo una de las anomalías o excepciones de aquel festival inaugurado en septiembre de 1946. Instituido, salvo en las primeras ediciones, en mayo, como alternativa al Festival de Cine de Venecia, sólo dos veces se había suspendido su celebración, una en el 48 y otra en el 50, por falta de fondos, pero resulta de todas la más excepcional esta del 68, que llegó a inaugurarse el 10 de mayo; comenzaron los incidentes tres días después con irrupciones de estudiantes en el hall donde se proyectaban las películas para leer manifiestos en favor de la libertad, que dieron con la clausura de aquella veintiuna edición el 18 de mayo, cuatro días antes de la fecha fijada para la clausura oficial, en la que numerosos directores como JeanLuc Godard, Francois Truffaut, Louis Malle o Roman Polanski, así como integrantes destacados del mundo intelectual europeo, sobre todo franceses, tomaron este mismo hall del festival que antes habían ocupado los estudiantes, y solicitaron su suspensión en solidaridad con ellos y los obreros detenidos durante las manifestaciones en todo el país, sobre todo en París. A estos sucesos hay que añadir el descontento que había producido el cese inesperado, parece que por subterráneas pero evidentes razones políticas- -mal común todavía en nuestros días- de Henri Langlois, director de la Cinemateca Francesa, por el ministro de cultura André Malraux, un intelectual y escritor supuestamente progresista, aunque el tiempo ha demostrado que su peripecia vital tenía más de ficción que de cierta. M e cuenta Ramiro Cristóbal, periodista, escritor Ante la negativa de los organizadores de suspenderlo, Louis Malle, Roman Polanski y Mónica Vitti dimitieron como miembros del jurado, así como el griego Milos Forman, Alain Resnais y nuestro maño universal Carlos Saura- -según cuenta Ramiro Cristóbal con la misma dosis de solidaridad que de pesar, ya que la película que presentaba, Peppermint Frappé le había costado no pocos disgustos de censura y problemas para estrenarla dentro y fuera de España- -retiraron sus películas de concurso. Terenci Moix llegó a escribir sobre esta circunstancia que François Truffaut, Jean- Luc Godard y otros cineastas llegaron a colgarse sobre la pantalla en que se proyectaban las películas para impedir sus proyecciones hasta que finalmente el Festival se canceló. Estos acontecimientos provocaron la creación de una convocatoria paralela al Festival oficial que declaraba su oposición a todo tipo de censura o presión política, ideado por Pierre- Henri Deleau, que se denominó La Quincena de los Realizadores y comenzó a celebrarse a partir del año siguiente, abriendo la puerta a nuevas voces. El festival de Cannes de este año, con presencia de actores españoles como Javier Bardem o Penélope Cruz, que se celebrará del 14 al 25 de este mayo, recordará aquellas singularidades. También el Festival Cinema Jove de Valencia ha ideado un ciclo para su XXIII edición, que se celebrará entre el 21 y el 28 de junio, bajo el juego de palabras Can (nes) celled y proyectará aquellas películas que se presentaron en la Sección Oficial de Cannes de mayo de 1968 pero que los acontecimientos sociales obligaron a suspender. De esta forma, el ciclo dedicado a Mayo del 68 recupera las películas Joanna de Michael Sarne, la ya citada Peppermint Frappé de Carlos Saura, Petulia de Richard Lester, The Girl on the motorcycle de Jack Cardiff, o The Firemen s Ball de Milos Forman, entre otras. Rafael Maluenda, director de Cinema Jove, aseguró que no es un ciclo sobre la nostalgia inmediata que provoca el Mayo del 68, es un aniversario para la reflexión sobre la influencia en el cine y en los cineastas Al margen de las decepciones de algunos de los iconos del 68, ahora convertidos en imágenes de camiseta sin contenido, o personajes enrocados en su personalismo desfasado y decadente, muchas de las libertades civiles, laborales, sexuales y afectivas que hoy disfrutamos se las debemos a aquel mayo en el que se Prohibía prohibir Yo además me ratifico en la solidaridad del gremio del cine y de los cómicos, al que pido humildemente pertenecer, frente a tanto memo de sal gruesa, hijo de la estéril estirpe de Caín, de los supuestos intelectuales. LORENZO BERNALDO DE QUIRÓS Economía Aquellos felices sesenta os movimientos estudiantiles de 1968 destilan un aroma romántico: el de una utopía antiautoritaria contra la sociedad mercantil, contra el culto al consumo, contra el despilfarro capitalista... Esa era la retórica de la rebelión protagonizada por los niños ricos de los sesenta, la primera generación de la postguerra, individuos liberados, como diría el viejo Marx, de la tiranía de la necesidad y que disfrutaban los beneficios de la opulencia. Raymond Aron los retrató de manera magistral en La Revolution Introuvable Su deseo de ruptura no se encarnó en programa alguno, sino en un deseo estético e irracional de quebrar el orden existente en pos de la nada como simboliza ese lema para bobos: Seamos realistas, pidamos lo imposible El libro de un mediocre filósofo alemán, emigrado a California, El Hombre Unidimensional de Herbert Marcuse fue la Biblia de los revoltosos en todo el planeta. En el 68, los países desarrollados se acercaban sin saberlo al ocaso de la Era de Keynes el período que trascurre entre 1945 y 1973. Todavía eran los tiempos en los cuales los keynesianos, armados con sus imponentes modelos econométricos, pensaban que los gobiernos podían regular a su voluntad los ciclos económicos con un sabio uso de las políticas fiscales y monetarias, planificar el crecimiento, lograr el pleno empleo y eliminar así la supuesta inestabilidad crónica del viejo y superado capitalismo liberal. Ese sueño se vendría abajo cinco años después cuando la brutal subida de los precios del petróleo decretada por la OPEP hizo aparecer un fenómeno inimaginable y conceptualmente imposible para el keynesianismo reinante: la estanflación. En 1968, Friedman publicaba su histórico L trabajo en el que demostraba la imposibilidad de reducir el paro con más inflación. En el ámbito de la economía política, la moda era la denominada antieconomía título de un libro célebre entonces y ahora olvidado de Jacques Attali; el elegante neomarxismo de Paul Sweezy; el enrevesado marxismo neoricardiano del italo- británico Piero Sraffa y el institucionalismo de John Kenneth Galbraith, un ingenioso sociólogo al que siempre se consideró economista sin serlo y a quien se le solía atribuir un Nobel que jamás logró. Estos autores se convirtieron en objeto de culto para las sofisticadas minorías progres que buscaban alternativas al odiado capitalismo pero no querían acudir a los naftalínicos ladrillos suministrados por los economistas soviéticos y el marxismo convencional. Ese período es el del apogeo del estatismo en los países industrializados y en los en vías de desarrollo y el del cenit de un pensamiento contrario al libre mercado. Sus defensores apenas tenían audiencia y sólo la obtuvieron cuando estalló la crisis. Los conflictos estudiantiles, raciales y las movilizaciones contra la guerra de Vietnam desgarraban EE. UU. el mismo país en el que, poco antes, Lyndon B. Johnson había lanzado la Guerra contra la Pobreza e impulsado una masiva expansión del gasto público y de las regulaciones, y en el que, algo más tarde, Nixon iba a proclamar hoy, todos somos keynesianos Europa Occidental, superada la heroica fase liberal de su reconstrucción posbélica, se embarcaba en una dinámica de extensión del Estado del Bienestar y de intervencionismo corporativista que ha lastrado su potencial de crecimiento hasta el día de hoy. El peso del resto del mundo en la economía global era insignificante. Japón era lo que hoy se conoce por un país emergente. La economía China sufría las nefastas secuelas de la Revolución Cultural y la India estaba asfixiada por las políticas estatistas de Indira Ghandi y casi todo el Tercer Mundo apostaba por modelos económicos de corte socialista. A los tigres asiáticos aun no les habían salido los dientes. La mayoría de los economistas occidentales apostaba por una convergencia entre los modelos capitalista y comunista, por un consenso social- estatista y Paul Samuelson certificaba que la URSS superaría el PIB per cápita de EE. UU. en unos años. Pocos consideraban insostenibles las economías planificadas y, casi todos, las creían capaces de competir con las capitalistas e incluso superarlas en términos de eficiencia porque, moralmente, su superioridad era indudable Visto hoy parece que cumplían a rajatabla otro de los eslóganes de la época: No pises la hierba, fúmatela ¡Qué tiempos...