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27 4 08 1968. EL AÑO EN QUE NOS VOLVIMOS LOCOS Mira Agustín García Calvo con la intensidad del rapsoda y del actor que acaso le gustaría ser No al Futuro García Calvo (Viene de la página anterior) nes del antiguo régimen, y no sólo se conlleva bien con ellas sino que lleva también a sostenerlas, las promueve el propio Dinero, las convierte en empresas bien integradas. Lejos de haber enemistad parece como si unas formas de entretener, de engañar, por los medios de las viejas religiones complementaran debidamente a la forma dominante de engañar que es la de de vender Futuro, que es la del Dinero. Nada puede esperarse de esa proliferación. Todas son lo mismo. P. ¿Qué le atrae de lo que dicen los físicos desmandados que escriben en la red, usted que ha calificado a la ciencia como uno de esos dioses temibles? R. -Llevo un año muy dedicado a eso. He leído más de mil entradas en la red, gracias a mi amigo el matemático Luis Caramés, que me ha proporcionado esos materiales impresos. Se ve más en estas entradas ocasionales que en los libros: que queda algo también en los físicos que no les deja estarse tranquilos con conclusiones y con visiones acerca de qué es la Realidad de la que la física pretende ser la principal forma de tratar. Es propio de la ciencia en sí servir al Poder. Es propio de la ciencia por tanto engañar, porque sin fe y sin mentira el Poder no se sostiene. Esto se puede decir de la ciencia como en otros tiempos se podía decir o se puede seguir diciendo de la filosofía o de la filología. Lo que pasa es que la ciencia, igual que las otras instituciones del Poder, nunca está del todo bien hecha, bien cerrada, y se escapan cosas como esas que encontramos en esos que llamo físicos desmandados que ayudan a poner en vivo el problema por debajo de cualesquiera soluciones, y eso es lo mejor que se puede decir de la ciencia, lo mejor que se puede decir de cualquier forma de pensamiento. Perderse en la marumba P. -Si uno googlea Agustín García Calvo aparecen más de dos millones de documentos, no sé si todos relacionados con usted, pero sí muchos. ¿Cree que en la red radica alguna posibilidad de alterar el estado de las cosas? R. -Tengo que tomarme con un cierto humor eso de lo que me llegan noticias. Desde luego la esperanza no se puede poner en la red, que se está convirtiendo en un maremágnum, y ahí lo mismo que la acción de las publicaciones, de los libros en general, lo poco bueno, despierto, revelador, está en principio condenado a perderse en la marumba. Eso es lo corriente. Pero no quiero despreciar nada. De vez en cuando me llegan noticias de gente que se ha enterado de algo, que puede que le haya herido de verdad- ¡vaya usted a saber! a través de la red. Hay que tomarlo así, con cierto buen humor, que forma parte del tipo de sistema que nos toca, y a lo mejor lo que tiene de amenaza de caos pueda valer más que lo que tiene de servicio a la opresión. P. ¿Sigue siendo el teatro una de sus pasiones más permanentes, donde todavía quisiera encontrarse a gusto? La alegría está en que mi persona real, como falsa que es, está siempre mal hecha: yo de veras no soy nadie, y por ahí puede que se me escape cantar algo verdadero R. -Sí, lo que sería teatro, que para mí consiste sobre todo en un juego con el tiempo que es un juego entre dos tiempos: el tiempo de lo que se está representando, de la representación, el tiempo de la aventura, de los sucesos, de las pasiones, y el propio tiempo en que la obra de teatro, el drama, está viviendo, la hora y media aproximadamente que suele durar. En otros tipos de producciones no hay tal cosa, no la hay en una novela, en que el tiempo de la representación no cuenta. En el teatro debería contar si hubiera teatro: es muy interesante porque va en el camino de que el teatro cumpla esta función, que también le reconozco a eso que con un nombre tan prostituido se llama poesía en general, que es a descubrir las mentiras de la realidad, lo que hay de falso en nuestras vidas y en la mayoría de las cosas. P. ¿Es el AVE la confirmación de sus deseos o es un tren demasiado veloz para el pensamiento y la reconquista del tiempo? R. -Que el ideal para el progreso del ferrocarril haya venido a ser la velocidad, es decir, el llegar cuanto antes, es muy triste. Porque ese dominio del fin, de la llegada, se traga lo que podía haber de vida corriente en el trayecto del viaje del ferrocarril. Eso es triste. A mí no me hace falta llegar tan pronto, estar en una hora en Valladolid, como han conseguido hacer. No miro con buenos ojos a quien hace falta eso. Sospecho y lamento que el resto, las posibilidades de la ventanilla y las conversaciones dentro del tren queden cada vez más anuladas. Así el tren imita torpemente a los medios inferiores en ese esfuerzo: el autobús o el avión, por no hablar del coche, el querido del Régimen, el representante de la persona obediente a los ideales del propio Régimen. P. ¿Vive como desea? R. -Vivir una vida con Futuro, condenada al Futuro, no puede ser deseable para mí ni para nadie que quede vivo. Por lo demás, en lo que me toca, estoy más bien agradecido de que la condena no sea tan perfecta que no me deje, de vez en cuando, ratos de descuido, asomos de lo que podría ser vivir, y con ello también dejarme sentir la mentira de los sustitutos. P. ¿Es usted el que es? R. -Participo de la necesidad de cualquier persona, y cualquier cosa, de tener la ilusión de que uno es el que es; lo cual costituye mi Realidad y a la vez es imposible. La alegría está en que mi persona real y con mi Nombre Propio, como falsa que es, está siempre mal hecha: yo de veras no soy nadie, y por ahí puede acaso que, a pesar de mí, se me escape cantar o decir algo verdadero.