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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE una fanta mirando al infinito. Y entonces la señora Sira palmea su regazo y se levanta. Y, asomada al quicio de la puerta, escruta el cielo que todavía está azul y apenas ve a la vecina del segundo. Aquella chica de pelo oscuro. Está asomada a la ventana y fuma sola. MILÚ deja las monedas sobre la barra, cerca del vaso vacío. Recoge del suelo la bolsa donde sólo lleva un álbum de fotos, un tupperware vacío, un casco que le ha prestado el capataz, y sale por la puerta, sin decir adiós. Milú es un hombre alto y guapo con piel del color del ébano. Mientras se abre camino entre la gente que desciende hacia la plaza del Dos de Mayo va pensando. Algún día tendrá que hablar, se dice. Y es que el viejo le pregunta cada vez con más insistencia qué ha sido de Kabir y ya la cosa se va haciendo insostenible. Han pasado casi dos años desde aquello. Todo podría ir tan bien... Pero el padre insiste e insiste: ¿Por qué no me llama Kabir nunca? ¿Le pasa algo? Y Milú siempre responde: Está en el monte, o está en el mar, o está muy ocupado preparando unos exámenes... Cosas así, que el pobre viejo va tragando mientras Milú cree que lo inevitable se abrirá camino poco a poco en su pecho. Menuda vida- -piensa Milú, mientras ca- mina por esta ciudad que no es la suya- Va a llegar un momento en que tendré que hablar. Y él lo escuchará, acodado sobre el mostrador del ultramarinos de al lado de la casa, en la barriada del norte de Dakar. Y quizás no diga nada porque ya lo sepa todo. Milú puede imaginarlo: con sus anteojos de latón, atados con esparadrapo, y el traje desparejado y algo corto. Igual que el día en que se fueron. Sólo que quizás algo mayor. Lleva todavía la camisa antigua, gastada de tanto lavarla, abotonada hasta el cuello, y los pies sarmentosos en sandalias. Había creído que el futuro sería de sus hijos: Milú el electricista, Kabir el estudiante de Económicas. Y ¿dónde había quedado aquello? Un sueño hecho añicos. Uno de esos vasos que se estrellan contra el suelo. Milú se dirigió decidido al locutorio, donde una boliviana gruesa calcetaba. -Buenas- -le dijo al verlo llegar, levantando los ojos lascivos de su labor de punto. Y Milú, rebuscando en el bolsillo calderilla, dejó la bolsa en el suelo y luego se dirigió hacia la cabina del fondo. Cerró la puerta de madera mala. El auricular estaba caliente todavía. Olía a tabaco y a colonia. Alguien había escrito sobre la repisa un número de teléfono con muchos prefijos; otro había dibujado una polla muy grande con ojos y con dientes; otro más, romántico éste, había garabateado un corazón con una inscripción dentro que decía: Te quiero, Lola El timbre retumbó metálico unos segundos y Milú carraspeó. -Padre- -dijo mientras una voz de viejo resonaba en la lejanía. -Aló, ¿quién llama? ¿Eres tú? ¿Kabir? QUÉ tarde tan luminosa de fin de invierno piensa Violeta mientras la señora del bar de enfrente friega, con parsimonia, su trozo de acera. Bebe licor de hierbas de una petaca que lleva siempre en el bolsillo del delantal. Siempre está un poco borracha, pero no se le nota mucho. La señora Sira ya ha olvidado la sopa de letras, ahora tiene preocupaciones con los suministros. Piensa que el nuevo mozo, Tarde de fin de invierno Aquella tarde de marzo olía como huele Madrid cuando el invierno empieza a disiparse. Olía como huele Madrid un domingo en que hace bueno Ni siquiera iba a votar esta vez, a pesar de la guerra y esas cosas. Y es que no le interesaba tener razón, ni el bien y el mal empaquetados en bandejas como fruta un chico nuevo ecuatoriano (claro, estos emigrantes, ya se sabe, no son honrados como nosotros... está sisando y ella no sabe qué hacer, si decírselo al marido o guardarlo para sí, que acaso se equivoque. Pero luego pasa un coche, y la señora Sira recuerda de pronto un prado verde muy verde, de un verdor casi vano por el que corría de niña, muy lejos, en Sigüeiro, y es como si viese de pronto el sinsentido profundo de su vida. Aquella tarde de marzo olía como huele Madrid cuando el invierno empieza a disiparse. Olía como huele Madrid un domingo en que hace bueno. A carbonilla, a orina, a árbol florecido. Violeta arrimó una de las sillas a la ventana y, cubriéndose con una manta, se puso a dormitar al amor de la tarde de domingo. Trataba de olvidar el incidente de la mañana en el Retiro. Todo estaba revuelto y crispado, una madeja de rabia negra y espera negra... Ayer mismo Aznar comparó al candidato de la oposición con Hitler, hoy Bassi tildaba a los peperos de fascistas. Violeta se estremece: ¿Y a mí qué me importa? Se rasca el cogote. Ni siquiera iba a votar esta vez, a pesar de la guerra y esas cosas. Y es que no le interesaba tener razón, ni el bien y el mal empaquetados en bandejas como fruta. Se rió un poco, pero había en su risa algo de tristeza.