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20 4 08 EL LIBRO PREPUBLICACIÓN Blues de lo prohibido Madrid ha sido siempre uno de los principales personajes de nuestra narrativa. La geografía de sus calles y la colección de sus gentes la han conformado como una de las más fuertes personalidades de la literatura. Esta tradición es puesta al día por Blanca Riestra en Madrid blues, un relato que, en su hipnótica cadencia, es deudor del Tom Traubert blues del gran Tom Waits IEMPRE he pensado que Madrid está hueco, recorrido por alcantarillas donde navegan las ratas, por túneles donde mendigos juegan al mus. Mientras yo escribo esto, la ciudad, como bestia caprichosa, se despereza. Las ciudades son un poco así, cuerpos vivos que duelen, que se expanden como galaxias. Estamos a principios de marzo. La Gran Vía resplandece bajo el sol simulando un esplendor que todos creen, incluso yo. Y es que en estos momentos algo se gesta, un demonio interior se insinúa, pero casi nadie sabe de sus ademanes callados. ¿Cuánta gente era consciente aquel domingo siete de marzo de lo que se avecinaba? Probablemente sólo un puñado de personas, ¿quince hombres? ¿dos mujeres? VIOLETA estará mirando por la ventana de la oficina. A través de los cristales sucios se ve Callao, magnífico bajo el sol de fin de invierno. Ella sólo deja que el sopor de la siesta se disipe. A su alrededor oye ruido de teclados, la máquina del café barrunta, coletea alguna discusión intempestiva y se escucha, en fin, el ir y venir de los otros, que hoy parecen sumidos en una profunda soñolencia de domingo. Ojea el periódico. Ha muerto en Haití el enviado especial de Antena 3, y, en Madrid, la hija mayor de Adolfo Suárez. Qué más. Las encuestas dicen que el PSOE acorta las distancias. Han detenido a Manolito, el hijo del patriarca del clan de los Charlines. S do se oye el chasquido de su mano deformando un clip. No se da cuenta de que el tiempo, como dinamita, late. Hoy es siete de marzo de 2004 en Madrid, en estos momentos la ciudad más luminosa y más oscura del mundo. El ascensor alfombrado la deposita en la calle como de milagro. En el portal, lleno de espejos, no puede escapar al reflejo de su figura, no exactamente falta de gracia. Ve su rostro que empieza a afinarse como una gota y aquellos zapatos caros escarlatas que ama y odia al mismo tiempo como a sí misma. Germán dice que los zapatos son los nuevos cilicios del mundo moderno, una especie de instrumento de adoración y de tortura. Te los pones para no poder escapar. Y es que así empiezan las historias. Un teléfono suena y alguien contesta. O alguien abre una puerta y sale hacia su destino. O también: alguien nos llama a gritos desde la calle y acudimos. Sobre esto iba reflexionando cuando entró en la calle Luna y después en la del Pez, eludiendo a los chulos y a las putas, a los estudiantes, a las maris, hasta llegar a la plaza de San Ildefonso. Allí vive desde hace un par de meses, más sola que la una, en un piso antiguo no muy grande, un tercero sin ascensor, con techos altos, portal cutre y dos balcones al corazón de Malasaña. Es lo único que ha podido permitirse. Y, en cierto modo, a Violeta le gusta la blancura del piso encalado, su desnudez. Pero no le gusta el bullicio nocturno, los vómitos en la ca- Los nuevos cilicios Blanca Riestra Escritora Título: Madrid blues Autor: Blanca Riestra Editorial: Alianza Editorial Páginas: 240 Precio: 16 Euros lle y los cascos de cerveza por la mañana los domingos. Malasaña es un barrio raro, piensa. Sube lentamente las escaleras y, tras sortear a un gato negro, llega hasta el rellano. En un afán decorativo, su amiga Celeste, que pretende ganarse la vida como arquitecto de interiores (Violeta se ríe) ha instalado frente a su puerta un velador con una fuente de manzanas. La mitad de las manzanas ya ha desaparecido, en una dinámica que parece lógica, casi reconfortante. La otra mitad empieza a perder su lozanía, como el mundo. AL otro lado de la calle, el marido de la señora Sira estará adentro amañando el frigorífico. Se oye desde lejos su silbido desacompasado. La señora Sira abre el periódico y pasa de largo el accidente de tráfico en la carretera de La Coruña, la huelga de los científicos en Francia, el semblante de la mujer del candidato socialista, y pasa, en fin, de largo una extensa carta del presidente en funciones que empieza así: No soy candidato en estas elecciones. Lo prometí y lo he cumplido. Dentro de pocas semanas me iré de este despacho. No voy a sentirme liberado porque nadie llega obligado a la Presidencia del Gobierno. Pero sí me voy a marchar a gusto con mi país y honradamente satisfecho de dejarlo- -creo- -algo mejor de como lo encontré... A la señora Sira aquello ni le va ni le viene, pasa de largo los dimes y diretes, levanta la cabeza y busca el autodefinido. Aunque, como siempre, cuando llega a la contraportada, se encuentra que ya el crucigrama está hecho. Otea en torno a sí buscando algún culpable, pero nadie le devuelve la mirada. Sólo entonces se da cuenta de que la fregona gotea ante sus pies, que ha dejado entornada la puerta de la calle. Más. En la barra un par de vecinos apuran unas cañas. Por ejemplo, el de la tienda de al lado ha pedido un pacharán. En el fondo, Milú, el negro, siempre solo, bebe Ni le va ni le viene Contra el atardecer Violeta se estira. Y, ahora, envueltos en un ansia que hasta ella misma no comprende, sus ojos vagan por los últimos pisos del edificio de la Telefónica, contra el atardecer. Más abajo, la calle bulle, atestada de peatones vestidos de color, vendedores de lotería, oficinistas, adolescentes, amas de casa. Su pie derecho- -descalzo y con las uñas pintadas de oscuro- -juguetea debajo de la mesa con su tobillo izquierdo. De vez en cuan- Así empiezan las historias. Un teléfono suena y alguien contesta. O alguien abre una puerta y sale hacia su destino. O alguien nos llama a gritos desde la calle Mientras yo escribo esto, la ciudad, como bestia caprichosa, se despereza. Las ciudades son un poco así, cuerpos vivos que duelen, que se expanden como galaxias