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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Agustina dispara contra los franceses en todas las plazas, pues que, de día, sepultaban a los muertos y, por la noche, sacaban bandurrias a las calles y cantaban jotas, bailando desconocidos con desconocidas en virtud de que la guerra había acercado a hombres y mujeres, pues que éstas habían realizado labores de aprovisionamiento en los bastiones y baluartes. Y sucedió que los soldados de los regimientos que entraron en Zaragoza- -los refuerzos esperados que llegaron tarde- -también quisieron saludar y honrar a la señora Artillera y hasta bailar con ella. Y tal hicieron muchos en torno a la fuente del Portillo, entre ellos un apuesto capitán de nombre Luis de Talarbe que, según comadres lenguaraces, danzó cinco veces con la dueña y se la llevó a un rincón oscuro y la apretó, y, lo peor, que ella se dejó apretar, con lo cual la honra de Agustina se puso en entredicho. La honra, ay, que se perdía por la maledicencia o por cualquiera nimiedad y no había forma de recuperarla. Y eso, que las gentes, tras no explicarse que el marido de la Artillera no hubiera dado señales de vida ni que el ejército hubiera comunicado su muerte, le adjudicaron a la heroína amores adúlteros, dijeron que vivía en contubernio con el dicho Talarbe y aún añadieron que, creyéndose viuda, había matrimoniado con este segundo y que, de consecuente, era bígama. Pero, las voces contra ella se acallaron cuando el capitán fue destinado a otro lugar y cuando volvieron los franceses a sitiar Zaragoza con más hombres y con mejores armas, dispuestos a vengar la afrenta recibida y de la que estaba enterada Europa toda. Y más que terminaron las calumnias GÁLVEZ Y BAMBRILA. COLECCIÓN DE LUIS SORANDO cuando Agustina de Aragón, vestida con uniforme de sargento de artillería y con sus condecoraciones cosidas en la bocamanga, subió al baluarte de la Puerta del Carmen, lista para repetir su hazaña y anduvo por los puntos de mayor peligro como una heroína, como lo que era. La llegada de las tropas enemigas no sorprendió a nadie pues De día sepultaban a los muertos y, por la noche, sacaban bandurrias a las calles y cantaban jotas, bailando desconocidos con desconocidas. La guerra les acercaba Un apuesto capitán, de nombre Luis Talarbe, según comadres lenguaraces, danzó cinco veces con la dueña y se la llevó a un rincon y la apretó, y, lo peor, ella se dejó apretar los zaragozanos las llevaban esperando desde que se fueron, y habían fortificado la ciudad, dispuestos otra vez a vencer o morir. Pero, pese a las buenas defensas, a que había más tropas y a que los bombardeos fueron más de lo mismo, el segundo sitio que sufrió la ciudad no fue lo mismo, pues, aparte del frío helador de finales de diciembre a febrero, de que los enemigos iniciaron una guerra de trincheras para acercarse a las murallas y avanzaron por galerías subterráneas para minar y explosionar los edificios más significativos, se sufrió una epidemia de calentura pútrida que se llevó más vidas que las balas y las bombas y contagió a infinitas gentes, entre ellas al capitán general Palafox y a Agustina de Aragón. Cuando Zaragoza capituló ante las tropas francesas el 21 de febrero de 1809, la Artillera estaba tendida en la cama, muy afiebrada, con delirios, con el cuerpo plagado de manchas rojas y sin consciencia. Y, reconociéndola, los vencedores se la llevaron a sus campamentos sin un atisbo de piedad y luego, con otros muchos prisioneros, hacia su país, haciéndola caminar aún cuando no podía. Una estampa que llevó a un buen cristiano español a cederle una mula. Y, para colmo, unos bandoleros se la robaron durante el recorrido. Pero, lo quiso Dios, la heroína mejoró y consiguió escaparse de la cuerda de presos en tierras de Navarra y llegar a La Rioja donde le socorrieron las buenas gentes, y pasar a Soria, y de allí a Teruel y luego a Tarragona donde encontró a su marido, a Juan Roca, con el que vivió varios años, y tuvo con él a su segundo hijo. En virtud de que, terminada la guerra, se lo ordenó así el señor rey Fernando VII, cuya vida guarde Dios, en la audiencia que le concedió y en la que le reconoció el grado militar de subteniente. Muerto Juan casó con otro Juan, mientras en las muchas ciudades en las que relató su hazaña, se continuaba hablando de sus amoríos con Talarbe y aún se añadía que había ido, durante la contienda, con una galera llena de prostitutas, ella de madama, por aquella maledicencia que le perseguía. Y, muerto el segundo Juan, matrimonió con su tercer Juan, que era médico, del que tuvo una hija llamada Carlota. Agustina de Aragón falleció en Ceuta a la edad de 71 años, con el grado de teniente, asistida por su hija, que, para borrar las manchas que se propagaron sobre la vida de su progenitora, escribió y publicó una novela titulada: La ilustre heroína de Zaragoza, lo que no evitó que la leyenda de su madre continuara.