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13 4 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Heroínas de la Guerra de Independencia Agustina de Aragón Es la más célebre de aquellas mujeres del pueblo que se unieron a la resistencia contra el invasor. Aquel levantamiento que convirtió a las gentes sencillas, sin títulos ni dinastías, en hacedores de la Historia. En este nuevo capítulo de nuestras heroínas de la Independencia, Ángeles de Irisarri nos relata la vertiente a la vez épica e íntima de esa mujer de armas tomar uando, en el fragor del combate, una mujer corrió hacia la batería del Portillo, se encaramó sobre los cadáveres de los artilleros, se acercó a un cañón de grueso calibre y le arrancó el botafuego a un sargento moribundo y disparó, causando gran mortandad entre los franceses que ya atravesaban la puerta para conquistar Zaragoza y rendir a los defensores- -a aquellos locos que, bajo la bandera de la Virgen del Pilar, se estaban enfrentando al mayor ejército del mundo- dejó pasmados a cuantos contemplaron la escena. Entre otras razones, porque siquiera sabían su nombre pese a que en el barrio se conocían todos. Cierto que sintieron alivio porque, por el pronto, su acción había impedido la entrada de los enemigos en la ciudad, por aquella parte al menos. El caso es que, militares y paisanos, estallaron en vítores al constatar la retirada de la francesada, y ayudaron a descender del baluarte a la heroína. Tal título le dieron los vecinos y los pocos soldados que quedaban vivos en la fortificación que resistía un incesante castigo de bombas y granadas, sin que los sitiados pudieran tomar aliento. En vivas que dejaron atónitos a los soldados que llegaron a reforzar el bastión, hasta que conocieron la causa de semejante alborozo. Y fue que el comandante del puesto, apreciando la valentía de la moza o dueña, lo que fuere, aunque joven era, y el alcance de su proeza, se acercó a la batería, trepó sobre los muertos y arrancando los galones de la casaca del sargento, de cuyas manos la mujer había tomado el botafuego, se los entregó a la desconocida, con lo cual le otorgó tal grado militar y la convirtió en la primera suboficial del ejército español. Se supo enseguida el nombre de la brava mujer. Se dijo que se llamaba Agustina Zaragoza. Se comentó la casualidad de que se apellidara de tal modo y que viviera en la ciudad del mismo nombre. Se añadió que era catalana y que estaba casada con un cabo de artillería. Mientras, ella, un tanti- C co ofuscada por las efusiones del personal, recibía toda suerte de parabienes. Lo contaron las mujeres de la fuente del Portillo porque Agustina, desde que viniera a Zaragoza a vivir con su hermana- -casada con otro artillero destinado en la provincia de Lérida, al igual que el marido de la heroína- había cosido cartucheras y camisas para el ejército, con ellas, pues que con el buen tiempo habían sacado sillas a la calle y, mientras cosían, hablaban y hasta andaban con dimes y diretes. Y más se hubiera podido saber de Agustina de Aragón- -tal comenzaron a llamarla- si las gentes hubieran escuchado a aquellas comadres, pero aquel 2 de julio de 1808 fue imposible, pues que estaban con la heroína felicitándola, queriendo darle la mano, besarla y abrazarla y, en otro orden de cosas, llevándole agua o vino y o regalándole un pan de hogaza- -tan escaso que andaba- -o un cantarico de buen aceite y hasta flores le llevaban y, en otro orden de cosas, hasta le ofrecían unos buenos reales por un retal de la saya, amén de preguntarle quién le había impelido a hacer lo que había hecho. Y muchos ponían nombre al quién y mentaban a la Virgen del Pilar aduciendo que se estaba portando con ellos, es decir, con sus hijos, como una auténtica madre, mejor incluso que una de carne y hueso, pues que era infinitamente más poderosa y, quitándose la palabra de la boca, la acosaban con preguntas a la par que recordaban la batalla de las Eras del Sepulcro, librada dos semanas antes y en la que habían derrotado a Napoleón. Ángeles de Irisarri Escritora. Autora de La Artillera Se llamaba Agustina Zaragoza. Se decía que era catalana y que estaba casada con un cabo de artillería. Mientras ella, ofuscada, recibía toda suerte de parabienes Hubo quien se llevó las manos a la cabeza cuando Palafox le reconoció el grado de sargento y el sueldo de seis reales diarios. Murió a los 71 años con el grado de teniente Agustina de Aragón fue llevada a su casa en loor de multitud y, seguro que todavía no se había metido en cama a descansar de las fatigas del día que, ay, Jesús, ya había comenzado su leyenda. Porque, a ver, al día siguiente, pese a que continuaban los bombardeos con verdadero furor, ya corrían disparates por la plaza del Mercado: Que el artillero muerto, al que doña Agustina- -ya la llamaban doña- -arrebató el botafuego para prender la mecha del cañón, era su marido, un dicho Juan Roca, lo que era falso pues se trataba de otro hombre. Que estaba encinta, salida de cuentas y a punto de dar a luz, lo que era absurdo, a más de necio, pues no tenía abultado el vientre y una mujer en tal estado no puede correr como lo hizo la interesada ni que la persiguieran los malos espíritus. Y hubo quien se llevó las manos a la cabeza cuando Palafox le reconoció el grado de sargento y el sueldo de seis reales diarios; pues, lo que se comentó que si una mujer entraba en el ejército, adiós disciplina y adiós ejército. Así las cosas, Agustina de Aragón continuó en la puerta del Portillo disparando cañones o llevando vituallas a los soldados, ya arreciara o aflojara el bombardeo de los sitiadores, y las gentes, que nunca dejaron de admirarla, le dieron el sobrenombre de la Artillera. Y fue que, cuando había en Zaragoza cada día más desesperación- -pues no llegaban los refuerzos prometidos por Palafox y los muertos se contaban a cientos e incluso no había quien los enterrara, a más que la hambruna campaba por una ciudad medio derruida pues los enemigos habían conseguido penetrar y asentarse en vías muy principales- -fue, decíamos, que los franceses levantaron el asedio sin causa aparente, llamados quizá por otras urgencias, y que los sitiados, a más de respirar, llenar los estómagos con lo que enseguida llevaron los campesinos de los pueblos de alrededor, se alborozaron, dieron gracias a Nuestra Señora del Pilar y cada hijo de vecino al Santo de su devoción. Y lo celebraron con músicas y bailes