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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Diáspora tibetana El precio de la libertad TEXTO Y FOTO: P. M. DÍEZ ENVIADO ESPECIAL A DHARAMSALA Migmar Tsering, monje budista que huyó del Tíbet, perdió sus dos piernas y cuatro dedos de la mano derecha al quedarse congelado mientras cruzaba las montañas del Himalaya camino de la libertad. El religioso que escapó de los programas de reeducación patriótica explica a D 7 su odisea Migmar Tsering, un monje budista nacido hace 41 años en el Tíbet, alcanzar la libertad le costó tres años de su vida, ambas piernas y cuatro dedos de la mano derecha. Es el precio que pagó en 1993 para huir de esta región del Himalaya, que ha pertenecido al imperio chino cada vez que sus dinastías fueron lo bastante fuertes como para controlarla, pero que lucha por su independencia desde que fue invadida por Mao en 1950. Bajo este régimen autoritario, Migmar Tsering soportaba con impotencia y resignación la reeducación patriótica que el Partido Comunista impone en los monasterios. A través de la propaganda, dichas clases demonizan al Dalai Lama, la máxima figura política y espiritual del budismo. No teníamos libertad religiosa y no recibíamos la formación adecuada, ya que las autoridades insultaban a Su Santidad el Dalai Lama y lo acusaban de querer separar al Tíbet de China explica a ABC Migmar Tsering. Desde el levantamiento tibetano de 1989, que obligó al entonces secretario provincial del Partido Comunista y hoy presidente de China, Hu Jintao, a declarar la ley marcial, la reeducación patriótica se ha intensificado en los monasterios. A los monjes de Lhowa, al este del Tíbet y cerca de Lhasa, nos citaron para firmar una declaración en la que teníamos que renunciar al Dalai Lama, así que regresé a mi pueblo para no hacerlo recuerda Migmar Tsering. Para los tibetanos, uno de los pueblos más piadosos del mundo, la veneración por el Dalai Lama es tan fuerte que pedirles tal renuncia supone una aberración. Para medir tal veneración, basta mirar los libros sobre el Dalai que pueblan la biblioteca de Migmar Tsering y el altar con velas e incienso erigido en su honor con fotos del Océano de Sabiduría. En octubre de 1993, la Policía A vino a buscarme para que fuera al monasterio a firmar la declaración contra Su Santidad, así que me marché a Lhasa para huir del Tíbet desgrana el monje, quien, acompañado de otro amigo, viajó en autobús hasta Shigatse, la segunda ciudad de la región, y de ahí hasta donde se lo permitió su documento de identidad. Como no podíamos continuar más allá de Sakya, viajamos a pie de noche y nos escondíamos durante el día indica Migmar Tsering, que tardó dos semanas en alcanzar la frontera que el Himalaya dibuja entre el Tíbet, India y Bhután. Ahí se unieron a otros dos refugiados tibetanos e hicieron juntos el resto del camino. Como para los cientos de personas que huyen cada año en esta diáspora del alma, que escogen el invierno porque hace tanto frío que la vigilancia es menor, cruzar estas cumbres nevadas es la parte más dura de su odisea, en la que muchos se dejan la vida. La lluvia era torrencial y el terreno estaba tan enfangado que no podíamos ver el camino, así que estuvimos tres días perdidos relata el monje, quien sólo iba pertrechado con su fina túnica azafrán y perdió las dos mantas que llevaba para resguardarse durante una noche de ventisca. Cuando me desperté, tenía piernas y manos congeladas. Entonces pensé en volver al Tíbet pero, como temía la represión, seguí caminando hacia la India a pesar de que apenas podía moverme señala mostrando los dedos amputados de su mano derecha, donde sólo se salvó el índice. A los tres días, el grupo de fugados, cuyos otros tres miembros también sufrían de congelación, se encontraron con una tribu de pastores nómadas en Sikkim, ya en la India. Fueron ellos quienes les prestaron auxilio pero, al ver que sus heridas no mejoraban, los llevaron a la Policía a lomos de varios yaks porque los evadidos no podían caminar. Las botas y los calcetines se me habían adherido a la piel y me dolían mucho las piernas, que habían empezado a gangrenarse Los médicos tuvieron que amputarle ambas extremidades. Estaba tan asustado que me arrepentí de haber escapado se queja Mig- mar, quien, nada más salir del hospital, fue encarcelado seis meses por ser un inmigrante ilegal. Después, la Policía lo devolvió a la frontera pero, arrastrándose a duras penas con sus muñones vendados, volvió a entrar en la India y se dirigió a un campo de refugiados tibetanos. El 10 octubre de 1996, tres años después de salir de Lhasa, llegó a Dharamsala, el destino de todos los que escapan del Tíbet porque, desde que se exilió en 1959, aquí vive el Dalai Lama, quien recibe en audiencia a los refugiados. Cuando vi a Su Santidad y se interesó por mí porque iba en silla de ruedas, rompí a llorar y me desmayé de la emoción dice el monje con la cara iluminada por una gran sonrisa. Acariciándose los muñones, Migmar Tsering concluye asegurando que entonces me di cuenta de que había merecido la pena perder las dos piernas y los cuatro dedos porque ahora soy libre Migmar Tsering cree que valió la pena perder las dos piernas y cuatro dedos