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13 4 08 EN PORTADA Dharamsala En la corte del Dalai TEXTO Y FOTOS: PABLO DÍEZ ENVIADO ESPECIAL A DHARAMSALA isueños monjes budistas envueltos en sus túnicas de color azafrán, famélicos santones medio desnudos y embardunados en incienso, andrajosos mendigos cubiertos de mugre arrastrando por el suelo sus piernas dobladas por la polio, espirituales mochileros neohippies con melenas a lo rasta y calcetines sobre las sandalias y, sobre todo, un laberinto de restaurantes, cibercafés puestos ambulantes y tiendas de souvenirs para los turistas donde se venden desde thangkas (los típicos y coloristas cuadros budistas) hasta ropa de montaña falsificada. Bienvenidos a Dharamsala, una pequeña ciudad del norte de la India donde, a la sombra del sobrecogedor Himalaya, vive el Dalai Lama desde la fallida rebelión contra las tropas chinas en 1959. Nueve años antes, el Ejército Popular de Liberación había conquistado esta región que, a lo largo de los siglos, había pertenecido al imperio chino cada vez que sus dinastías eran lo suficientemente poderosas como para controlarla. Pero la caída de la estirpe Qing en 1911 y la posterior decadencia del país llevaron a la independencia del Tíbet hasta que, en 1951, Mao lo anexionó a China. Según la propaganda del régimen comunista, el Ejército liberó a sus habitantes de un atrasado sistema feudal dominado por la teocracia de los monjes, que dirigía un entonces adolescente Dalai Lama que poseía todos los recursos y tierras disponibles. Para los tibetanos, sin embar- R go, la visión es muy distinta, ya que entonces comenzó una brutal ocupación que dura más de medio siglo, se ha cobrado 1,2 millones de muertos y ha supuesto la destrucción de su vasto patrimonio artístico y cultural, pues sólo quedan en pie un puñado de sus 6.259 templos y monasterios. Además, han huido unos 200.000 tibetanos, de los cuales la mitad se han instalado en la India. Todos ellos han seguido el ejemplo del venerado Dalai Lama, quien se refugió en Mussoorie y en abril de 1960 trasladó el Gobierno tibetano en el exilio a Dharamsala. A unos cuatro kilómetros de esta ciudad de 20.000 habitantes se levanta la estación de montaña de McLeod Ganj, un antiguo cuartel de los británicos durante la dominación colonial en 1850 bautizado en honor del entonces gobernador del Punjab, David McLeod. En este idílico paraje natural, que dista unas dos horas de Nueva Delhi en un pequeño avión de helices a cuyos mandos se sientan pilotos iberoamericanos, los tibetanos han construido su pequeño país en miniatura. Aquí se halla la residencia oficial de Su Santidad el Dalai Lama, jefe de este supuesto Estado tibetano que ningún otro país reconoce, en el complejo de Tsuglagkhang, donde también se encuentran el monasterio de Namgyal y el templo de Kalachakra, que simboliza la rueda de la vida. Unos kilómetros más abajo, si- La mayoría de los exiliados son monjes que huyeron de los cursos de reeducación patriótica pero también hay peregrinos que quieren ver al Dalai Lama antes de morir Un monje pasa bajo las fotos de víctimas de la represión china en Tibet