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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Manuel Jiménez de Parga jura como ministro de Trabajo en 1977 cuerdo lo que se dijo, pero prefiero olvidar los disparates propios de unos momentos iniciales de euforia. Años después, ocupando Felipe la Presidencia del Gobierno, me recibió en el mismo despacho y en un momento de la conversación me preguntó: ¿Te acuerdas del día en que vine aquí para hablar con Suárez? Le mentí piadosamente, contestándole que lo había olvidado. ¿Para qué volver a los días menos relucientes del pasado? Los representantes del PSOE en aquella visita a la Moncloa en el verano de 1977- -y este punto concreto puede recordarse- -comunicaron a Suárez que su candidato para presidir el Congreso de los Diputados era Luis Gómez Llorente. Ellos no votarían a ningún otro que nosotros propusiéramos. Y así fue. A primera hora del día señalado tuvo lugar un breve Consejo de Ministros. Al terminar la reunión el presidente Suárez nos dijo: Os ruego, señores ministros, que os comportéis de la forma más amable posible con todos los parlamentarios, especialmente con los de la oposición. En ese momento no calculé el alcance de la recomendación presidencial. Años más tarde tuve la oportunidad de comprobar, en unos estudios de TVE, que don José María Gil Robles y don Santiago Carrillo no se habían saludado nunca en los cinco años de la Segunda República, a pesar de tratarse de políticos destacados en aquel régimen. Jamás se estrecharon las manos los de la derecha y los de la izquierda en el Parlamento republicano. Las excepciones a esta regla general fueron mínimas. ¿Cómo hemos de resignarnos a que algunos se atrevan a presentar la época republicana como modélica? Al concluir el acto inaugural de la legislatura todos los parlamentarios aplaudimos a los Reyes, salvo los del PSOE, que permanecieron impasibles en sus escaños. Los ministros acompañamos a los Reyes hasta la puerta de salida. Pude oír las palabras de Suárez: Señor, la próxima vez os aplaudirán todos. El Rey le contestó cariñosamente: No te preocupes, Adolfo. El acto ha quedado muy bien. Llegó el momento de decidir cómo debía elaborarse el texto constitucional. Un reducido grupo de ministros y parlamentarios de la UCD nos reunimos con el presidente. Se defendieron dos tesis. Para unos, lo urgente era disponer de un anteproyecto, elaborado por especialistas en la materia; un texto breve que fuese posible aprobar por referéndum popular en pocos meses, al modo de lo que consiguió De Gaulle en el verano de 1958. Para otros de los asistentes el ejemplo francés no servía, pues además de organizar el sistema de poderes públicos era necesario recordar a los españoles sus derechos y libertades esenciales, con un propósito incluso pedagógico. Se impuso esta segunda propuesta y, previa consulta con otros grupos parlamentarios, se estimó que era preferible formar una ponencia de siete diputados. No se tendría Constitución en tres meses como ocurrió con la de la V República francesa, pero el documento contendría una parte dogmática y otra orgánica, con las precisiones necesarias. Íñigo Cavero, como profesor de Derecho Constitucional, pidió formar parte de la ponencia, pero Suárez le comunicó que había aceptado la indicación de otros grupos en contra de la presencia de ministros en la misma. Nos reuníamos a veces con los ponentes de la UCD. Cambiamos ABC La Constitución en el horizonte Al concluir el acto inaugural de la legislatura todos los parlamentarios aplaudimos a los Reyes, salvo los del PSOE, que permanecieron impasibles Pude oír a Suárez: La próxima vez os aplaudirán todos. El Rey le contestó cariñosamente: No te preocupes, Adolfo. El acto ha quedado muy bien ideas con ellos sobre las soluciones a las cuestiones más delicadas y trascendentales. El general Gutiérrez Mellado, al concluir un debate sobre la palabra nación, me dijo que yo era el único al que él entendía. Fue un consuelo en aquellos días de intensas tensiones en el gabinete y en el partido. Ahora recuerdo con satisfacción que conseguí que figurara una mención expresa de la Iglesia Católica en el párrafo tercero del artículo 16. Miguel Herrero de Miñón, en sus Memorias de estío (Temas de Hoy, 1993) lamenta no haber asumido formalmente, a la hora de plantear los criterios de UCD en la ponencia mi doctrina sobre la monarquía. Según él nos informa los criterios predominantes en UCD eran otros y de signo contradictorio No se acogió lo que el profesor Jiménez de Parga, desde antiguo estudioso de la cuestión, mantuvo muy firmemente en las reuniones preliminares de la ponencia Al final, el enfrentamiento entre quienes queríamos una Corona, no sólo con capacidad integradora por su relieve simbólico, sino con efectivas competencias moderadoras y arbitrales, como las del soberano en Gran Bretaña, Bélgica o Noruega, y quienes pretendían reducir la figura del monarca al modelo meramente simbólico del emperador del Japón o del rey de Suecia