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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE Yo la culpo CARMEN QUIJANO Presidenta de la Asociación Contra los Abusos en la Infancia (ACASI) ABC res enfermedades mentales y toxicomanías. Pero éstas son familias más raras de encontrar La madre- -añade la investigadora- -generalmente tiene conductas muy paradójicas, no suele ser una figura activa en el abuso, pero es una madre ausente. Todas las labores de maternaje están a cargo del padre. Y como ella lo que necesita es que esa situación se mantenga a toda costa mira hacia otro lado. Sé que cuesta entenderlo porque es una dinámica absolutamente patológica. También pasa con algunas madres incestuosas que ellas fueron víctimas o testigos de incesto porque muchos de los incestos son transferencia generacional. Pero también le diré- -apostilla Vázquez- -que nunca he visto a una madre incestuosa enferma mental, aunque sí con una dependencia emocional muy fuerte respecto a la figura paterna, sin muchos apoyos ni recursos, madres con depresión, desbordadas por el cuidado de los hijos. Y aunque esta figura parezca una cosa absolutamente fuera del mundo aquí la vemos is primeros recuerdos son de cuando apenas contaba tres años. Íbamos a visitar a la tía de mi madre, tenía cáncer. La recuerdo sentada en su mecedora, recuerdo su cuello con aquellas cruces moradas, recuerdo que alguien cariñosamente me cogía de la mano y me llevaba a la salita. Me sentaba en su regazo, cara a él, me acariciaba las braguitas mientras se refregaba contra mí, lo recuerdo todo: las sensaciones, el asco, el miedo, recuerdo todo... menos su cara. Odiaba a mi madre, por llevarme de visita, la odiaba cuando se quedó viudo e íbamos a limpiarle la casa, y por mandarme a por lejía mientras él me esperaba en el rellano, y la odiaba cuando los días de mercado se iba a comprar y él venía mientras a casa. La odiaba cuando me reñía por no querer dar un beso a un mayor, No me fiaba de los mayores, sabía que las muestras de cariño tenían un alto precio a pagar, me convertí en una niña poco cariñosa, rebelde, estaba enfadada con todo, pero sobre todo con mi madre que no me salvaba. Esto nos llevo a tener unas relaciones difíciles, era mala, contestona, gamberra, Nunca se preguntó porqué yo era así, era más fácil tacharme de rara y rebelde. Jamás conté nada. Pasaron treinta años hasta que me dí cuenta de que un pesado saco cargado sobre mis espaldas no me dejaba avanzar como persona. El saco se llamaba secreto y estaba cargado de ansiedad, culpabilidad, inseguridad... Decidí pedir ayuda para transportarlo. Se lo conté a mi madre, que supiese porqué esa dulce niñita se trasformó en una adolescente problemática. Necesitaba que me dijese: lo siento, no me di cuenta de nada, Pero sólo encontré reproches. ¿Por qué no lo M contaste? ¿Por qué te dejaste? ¿Por qué abrías la puerta cuando estabas sola? ¿Por qué me reñía? Yo sólo hacía lo que me decía: Sólo abría la puerta a los de familia... y no a los desconocidos. No lo entendía me reprochaba no haber pedido ayuda en la infancia... Y ahora, que lo estaba haciendo ¿qué me encontraba? Sentí como me encogía y volvía a ser aquella niña asustada, me volví a sentir culpable. Entendí porqué mi niña no contó nada, ¿me hubiesen creído? No volvió a preguntarme nada, no volvimos a hablar de ello. No quité peso al saco, le añadí el de la doble victimización y de nuevo la culpabilidad. Yo quería morirme, entré en una profunda depresión, no podía soportar que no quisiese saber nada de esto. Conocer el tema profundamente me ha hecho entender muchas cosas. Entiendo que ella no quiera saber nada de esto. Creo que para una madre, reconocer que esto pasó es reconocer que como madre algo hizo mal. Se supone que los padres, y sobre todo la madre, deben proteger a los hijos. Por lo que si se convencen de que no pasó o no fue para tanto se sienten menos culpables. Aunque me cuesta entender que una madre no perciba los cambios de su hija, quiero creer que los achaca a otra cosa. Yo no la culpo de haberme fallado cuando ocurrieron los hechos, sé que era otra época y no había tanta información o había miedo. Sí que la culpo de no ayudarme ahora. Carmen a la edad de los abusos Nadie lo olvida, sólo se aprende a sobrevivir con ese pesado saco llamado secreto y que además algunos llenan con: baja auto estima, vergüenza, culpabilidad, drogadas, prostitución, problemas de identidad sexual, violencia... Tengo dos hijos. Jamás les he abrazado, no les he dado nunca un beso, convirtiéndose en niños violentos, agresivos, escolares conflictivos. De nuevo se repetían los patrones. Odiaban a su madre y no se sentían queridos. Me convencí de que yo no valía. Me dije: ¿dónde está escrito que todas las mujeres tienen que tener un instinto maternal? Hasta que descubrí que estaba proyectando mis miedos en mis hijos. ¿Qué mensaje aprendí de pequeña? Los mayores son malos y no hay que dejar que te toquen ni que te abracen: a los niños no nos gusta. Estaban pagando las secuelas que yo arrastraba. Por suerte, he roto la cadena y no les he traspasado a mis hijos el saco. Ellos saben lo que me pasó, saben el porqué de mi rechazo a mostrarles cariño y saben que les quiero igualmente. Hoy los niños son más listos, por eso mi hijo de doce años se me acerca y me dice dame un abrazo, mami Sabe que así no me cuesta, es algo que él me pide y no me siento como un monstruo robándole un beso. Nadie olvida Espero que este texto despierte a las madres: A las que no han hecho caso de esas pistas que les han parecido ver; a las que han visto algo raro y piensan que sólo fue una vez y no pasara más; a las que son plenamente sabedoras de lo que está pasando y creen que no es para tanto, que el niño lo olvidará. Si mamá se entera enfermará Más de un 80 de las agresiones sexuales a menores se cometen por un familiar o conocido de la víctima. Y una buena noticia entre tanto horror es, según Pilar Polo, psicóloga y coordinadora de formación de la Fundación Vicki Bernadet (www. fbernadet. org) para la prevención y atención de víctimas de abusos infantiles, que la mayoría de estos ataques no son incestuosos, sino que se producen en la familia extensa, por parte de abuelos, tíos, nuevas parejas de las madres, la familia nueva que viene al hilo de la nueva pareja, y la familia nuclear no incestuosa puede ser una familia que proteja. Porque es cierto que, cuando se dan dentro, casi siempre se produce una situación de amenazas a los niños víctimas y una de las más importantes es si se lo cuentas a tu madre ella va a enfermar, lo va a pasar muy mal, le van a ocurrir cosas terribles Hay muchos casos en los que los niños se han pasado la vida disimulando para crear un equilibrio, para que su madre no sufra, para que la familia no se rompa, para que la familia esté protegida, y esa es la parte perversa del abuso: hacer responsable al niño agredido del bienestar de la familia. Porque piense que cuando se revela el abuso, las amenazas se cumplen: mi madre cae enferma, la familia se rompe, lo pierdo todo... Los niños- -describe Pilar Polo- -intentan hacer llamadas de auxilio, pero muchas veces no son claras; intentan gritar porque no (Pasa a la página siguiente)