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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE sos metros de la catedral, donde antiguamente se practicaban las ejecuciones. La antigua capital era presa en aquellos días de una febril agitación y no había conversación en mercados y tabernas que no se refiriera a la rebelión de Pugachov, cuyos cosacos se habían apoderado de una extensa zona que ocupaba la Bashkiria y buena parte de la región de los Urales y amenazaba con avanzar hacia el oeste en dirección a Kazán y la propia Moscú en un torrente incontenible. Se contaban historias horripilantes acerca de los saqueos de pueblos y latifundios, de nobles asesinados junto con todas sus familias y de mujeres gestantes violadas en grupo y después abiertas en canal para extraerles el fruto de su vientre. Lo que había comenzado como la insurrección de una partida de cosacos resentidos con los intentos del Estado ruso de meterlos en cintura estaba cobrando el carácter de una guerra general de campesinos contra sus señores, que amenazaba con incendiar el imperio y sumergirlo en la anarquía. Algunos destacamentos de soldados se estaban preparando en Moscú para dar caza al escurridizo Pugachov, dueño ya de un inmenso territorio en el que reinaba con poderes de autócrata. Al paso con su destacamento, La rebelión de los cosacos Ribas vio a un grupo de prisioneros cosacos procedentes de la corte rebelde y presenció su interrogatorio. Todos estaban convencidos de que servían a Su Majestad Pedro III que según ellos no había muerto en Ropsha, como quisieron hacer creer a la gente, sino que logró escapar milagrosamente a Egipto y a su regreso había prometido devolver a los cosacos sus antiguas libertades. Algunos habían estado en presencia del emperador habían visto la espada que supuestamente le regaló su abuelo Pedro el Grande y también los estigmas en el pecho que demostraban su pertenencia a la raza de los zares y que en realidad no eran otra cosa que las marcas de la escrófula. El supuesto Pedro III se había construido una corte paralela, calcada de la de Catalina, en la que para aumentar el absurdo de la situación sus secuaces se hacían llamar como los golpistas, conde Panin o conde Orlov y que parecía vivir en un estado de alucinación permanente, favorecido por una copiosa ingesta diaria de alcohol. Desde su base en la ciudad de Berda, el emperador emitía sus decretos, redactados en una jerga que recordaba vagamente al lenguaje oficial y rematados con cualquier sello que sirviera para la ocasión, incluido el de una destilería de vodka, mientras vivía en un banquete perpetuo en compañía de sus comandantes y de las mujeres e hijas de terratenientes y funcionarios que habían sido distribuidas entre ellos como parte del botín. El capitán español pudo comprobar que el mensaje del falso Pedro III había arraigado con fuerza en Moscú, incluso entre muchos nobles. Aunque la gran mayoría de los partidarios de Pugachov en la vieja capital no se creían ni por un minuto la superchería, veían en la rebelión un catalizador del descontento, útil para desestabilizar el régimen de la alemana que pretendía trastocar su modo de vida con las nefastas influencias europeas. Aquéllos eran días de miedo en la ciudad, sacudida a cada paso por tumultos y tiroteos nocturnos cuyo eco llegaba a San Petersburgo y aumentaba el nerviosismo de los cortesanos, que sólo la firmeza de Catalina conseguía mantener bajo control. Cuando El falso Pedro Se contaban historias horripilantes de la rebelión de Pugachov, de saqueos de pueblos y latifundios, de nobles asesinados y de mujeres gestantes violadas en grupo Lo que había comenzado como la insurrección de una partida de cosacos resentidos cobró el carácter de una guerra general de campesinos contra sus señores llegó el destacamento de Ribas, los moscovitas estaban aún en estado de alerta por el conato de sublevación que había tenido lugar hacía escasos días, cuando nutridos grupos de personas se echaron a la calle al grito de vivan Pedro III y Pugachov y que los soldados tardaron varias horas en poder sofocar. Qué pequeña e indefensa le pareció entonces al capitán español la otrora imponente San Petersburgo, una islita con atisbos de civilización en mitad de un océano atrasado, inculto, semibárbaro, casi un decorado artificial colocado por la fuerza para intentar disimular aquella áspera realidad que podría barrerlo del mapa en cuanto algo la despertara de su sopor de siglos. Tras aprovisionarse para el resto del viaje, el destacamento de Ribas tomó camino al sur, hacia Kiev, la cuna medieval del Estado ruso, que encantó al español con su lánguida y decadente magnificencia, y desde allí navegó por el Dnieper hacia las llanuras del sur de Ucrania. Unas cuantas jornadas más por tierra y la columna se internaría en los principados rumanos vasallos del sultán y ahora ocupados por los rusos. Hacía tres años que los soldados languidecían en aquellas tierras asoladas por la peste y por la guerra, con la mirada puesta en la barrera líquida del Danubio tras la que se parapetaba el inasequible y escurridizo enemigo...