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30 3 08 EL LIBRO PREPUBLICACIÓN Un español en la corte de Catalina José de Ribas fue un ilustrado y un hombre de acción que consagró su vida a la grandeza de la Rusia de Catalina II. Con exigente rigor histórico, Diego Merry del Val rescata del olvido a este personaje, fundador de la ciudad de Odessa tras conquistar la plaza a los turcos, en una narración que describe el universo de ambición, sexo, ilustración y conspiraciones de la corte rusa del XVIII as ciudades que iban atravesando en su camino, Novgorod, Tver, Klin, se le antojaron aldeas grandes, grupos de casas de madera agrupadas sin orden ni armonía en torno a sus kremlins e iglesias, que desde la distancia ofrecían una vista bucólica con sus cúpulas redondas, pero decepcionaban en la cercanía por su primitivismo y tosquedad. Las calles, en su mayoría sin pavimentar, se encontraban tan cubiertas de barro que se volvían casi impracticables en numerosos tramos. Desde luego, era muy cierta aquella frase que Ribas había oído repetir una y mil veces en San Petersburgo: Esto no es Rusia. Para ver el país de verdad, hay que viajar a Moscú Cuando la columna llegó por fin a las afueras de la antigua capital y los hombres se asomaron al paisaje imponente que se abría desde las colinas del Reclinatorio, el capitán español se extasió ante la visión de los cientos de cúpulas de iglesias que centelleaban al ser tocadas por el tenue sol de abril, como el mar rizado de su infancia en las mañanas despejadas de Nápoles. Las colinas tenían ese nombre porque los rusos que llegaban a la capital quedaban sobrecogidos al contemplar desde su altura aquella imagen celeste de la que llamaban su Tercera Roma y no había ninguno que no se santigua- ra y se inclinara varias veces, como hacían en los templos durante los eternos rituales ortodoxos. Al descender de la colina hacia la majestuosa ciudad de piedra blanca, el destacamento militar escuchó el saludo que la vieja capital dispensaba a sus visitantes, el ensordecedor repique procedente de sus mil seiscientos campanarios, que al aproximarse llegaba casi a tapar las voces con su estruendo. Era la forma en que los habitantes de aquella nueva Jerusalén intentaban atraer la atención divina y, al mismo tiempo, ahuyentar a los demonios de la mala fortuna, cuyo acoso se dejaba sentir con especial virulencia en los últimos tiempos. Al entrar en la ciudad, la decepción fue mayor incluso de la que L Título: El súbdito de la Zarina Autor: Diego Merry del Val Editorial: Roca Editorial Páginas: 398 Precio: 20 euros José de Ribas experimentara en las demás poblaciones rusas: hermosa desde la lejanía, Moscú era en realidad un caótico agregado de calles, fincas y poblachos, superpuestos sin orden ni concierto en torno a las murallas del Kremlin. La antigua capital era tan retorcida, desordenada y laberíntica como San Petersburgo era rectilínea y bien planificada. Si en esta última había obras, Moscú era en sí misma una obra en construcción permanente, ya que los incendios arrasaban cada dos por tres barrios enteros de casas de madera. Incluso en las anchas avenidas principales se apilaban montañas de troncos y ladrillos con los que continuamente se reparcheaban los efectos del lento desmoronamiento que sufría la ciudad, víctima de la incuria y el abandono que se había adueñado de ella desde el traslado de la corte por Pedro el Grande a su ciudad del Neva. Todo alrededor reflejaba la decadencia, el inmovilismo, la pereza ancestral de la vieja Rusia de la que el zar reformista había huido como de la peste. La suciedad medieval que reinaba dueña y señora de las calles moscovitas sobrecogió a Ribas. De los muladares al aire libre, en torno a los cuales retozaban a sus anchas ratas y perros vagabundos, brotaba un hedor nauseabundo que lo impregnaba todo y que el español no recordaba ni de sus expediciones a los rincones más lúgubres de Londres. Los sumideros desbordados, sobre todo en aquella época de lluvias, convertían las calles en verdaderos loda- Diego Merry del Val Escritor. Fue corresponsal de ABC en Moscú Urbe y muladar Moscú era la ciudad del misticismo y de la superstición... Al pasar por la Plaza Roja, Ribas tuvo que abrirse paso entre mendigos, domadores de osos y popes sin iglesia Le chocó ver a más de una dama cubierta de alhajas emerger de un patio lleno de escombros, para subirse a un carruaje tirado por ocho jamelgos famélicos zales en los que el tránsito de hombres y carruajes se volvía un pesado y lento chapoteo. Las amplias y boscosas zonas donde se ubicaban las haciendas de los nobles, en espacios tan abiertos que no daban ni la impresión de encontrarse en mitad de una ciudad, no presentaban un aspecto mucho mejor. Dentro de aquellas extensas propiedades, que tenían tanto de granja como de mansión señorial, los animales se repartían el espacio con los humanos en alegre promiscuidad y el olor de cochiqueras, establos y perreras se dejaba sentir desde la lejanía. A Ribas le chocó ver a más de una dama cubierta de alhajas y ricas telas emerger de un patio lleno de escombros, para subirse a un carruaje tirado por ocho jamelgos famélicos y con jaeces roídos por la podredumbre. En brutal contraste con San Petersburgo, Moscú era además la ciudad del misticismo y, por supuesto, también de la superstición, uno de los principales rasgos que la habían vuelto odiosa a ojos de la racional y descreída Catalina. Al pasar con su destacamento por la plaza Roja y los aledaños de la catedral de San Basilio, de abigarradas cúpulas, Ribas tuvo que espolear a su caballo y dar algún fustazo para abrirse paso entre la densa multitud de curiosos, mercachifles callejeros, domadores de osos bailarines y mendigos y le llamó la atención la presencia de los popes sin iglesia que ofrecían misas a quien estuviera dispuesto a pagarlas. También observó con detenimiento el trabajo de los copistas que vendían sus vidas de santos minuciosamente ilustradas y comentó a uno de los oficiales que viajaban a su lado que hasta en Italia sería difícil encontrar un lugar con más gente dedicada al culto. Para muchos de ellos, según le explicaron, San Petersburgo era la nueva Babilonia y la alemana usurpadora la última transfiguración de la Bestia, igual que Pedro el Grande había sido el Anticristo, aunque se guardaran de decirlo en voz alta por miedo a acabar probando el látigo en la plataforma de piedra a esca-