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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE de odio o furor, lo que fuere, se arrojaban con sus facas a los pies de los caballos y los destripaban, derribando al jinete para rebanarle el cuello en el acto. La señora Clara del Rey se encontró con una vecina en la esquina de la calle del Carmen, que le dijo haber visto a su marido e hijos encaminarse al parque de artillería de Monteleón, con otras muchas gentes que habían ido allí a pedir armas para hacer frente a la francesada. Y allá se fue, por callejas, evitando las vías principales en donde los enemigos combatían el levantamiento del pueblo de Madrid. Se juntó con un grupo de hombres y mujeres que llevaban su misma dirección, algunos de los cuales habían ya luchado en la puerta de Toledo o en la plaza Mayor contra los escuadrones enemigos que, acampados extramuros, habían entrado en la capital causando centenares de muertos. Las mujeres, algunas de ellas manolas, le fueron contando que habían matado a tantos y cuantos coraceros enemigos, pero ella, creída de que su familia estaría en el lugar de más peligro, avivaba el paso y no escuchaba en razón de que llevaba en su sesera encontrar a su marido e hijos y morir con ellos, si menester fuere, por la libertad y contra la tiranía. Por aquellas dos palabras que mil veces habían salido de la boca de Manuel González Blanco, su buen esposo y ciento por ciento patriota. E iba apurada, asumiendo riesgos además, pues, al oír pasos, de los portales salían a veces vecinos armados y más de un ladrillo caía de las ventanas y hasta algún mueble, en razón de que tomaban al grupo por franceses. Cuando la señora Clara y compañía llegaron al cuartel de Monteleón, serían las 12 y tuvieron suerte pues los españoles, que se aprestaban a defenderlo sin hacer caso a la orden de la Junta de Gobierno ni a las amenazas enemigas para que entregaran las armas y se rindieran, y ya atrancaban la puerta. La buena mujer se llevó una alegría pues que allí estaban sus tres hombres, pero ellos no, al revés, hasta le recriminaron su presencia. No obstante, se abrazaron todos y también acudió al abrazo Manolita Malasaña que se encontraba allí con su padre. Tal vez hubiera sido bueno que unos a otros se contaran lo que habían oído, visto o sufrido, pero Clara siquiera llegó a saber quién era Daoíz y quién Velarde- -los dos militares de graduación que dirigían la defensa del cuartel- porque ya los enemigos pretendían forzar la puerta por donde había entrado y soldados y paisanos se disponían a disparar los cañones y atinaban, pues los franceses se retiraron dejando un montón de cadáveres sobre los adoqui- En el cuartel de Monteleón nes, tiempo que aprovecharon otros españoles para entrar en el lugar, algunos con fusiles. Clara del Rey, al ver que Manolita andaba entre los artilleros y les daba a beber de una bota o les alcanzaba el botafuego, hizo lo mismo cuando los enemigos volvieron al asalto. Y fue y tornó de los fusileros a los artilleros, y ya tenía el rostro tiznado de negro humo, cuando una bala de cañón estalló cerca de ella y un trozo de hierro le dio en la cabeza acabando con su vida, y ni amén pudo decir. Otro tanto que Manolita, pues que, a poco, fue alcanzada por una bala de fusil en la sien cuando llevaba cartuchos en el halda a su padre. Y era tanto el humo y tantas las órdenes, los gritos y los muertos que no se enteró nadie del fallecimiento de las dos mujeres. De la señora Clara, dueña honrada y de la joven bordadora Manolita, moza de grandes prendas, hasta tiempo después, Clara del Rey, al ver que Manolita Malasaña andaba entre los artilleros y les daba a beber de una bota o les alcanzaba el botafuego, hizo lo mismo frente al enemigo Y eran tantos los muertos que no se enteró nadie del fallecimiento de las dos mujeres. De Clara, dueña honrada, y de la bordadora Manolita, moza de grandes prendas hasta que cesó la lucha en el parque de Artillería de Monteleón porque los franceses entraron en él a bayoneta calada cuando los defensores no tenían ya con qué defenderse. Los españoles que pudieron salir por su pie lo hicieron, llevándose a los heridos, a Velarde y a Daoíz entre otros, y a sus muertos, a Clara y a Manolita entre otros y otras. Mientras, ya se pregonaba por todo Madrid que los habitantes debían entregar las armas blancas y se prohibía cualquier reunión vecinal. Esto último no se pudo cumplir pues los vencidos se juntaron en los entierros de los héroes de la jornada y de los que serían fusilados después en diferentes lugares de la villa por haber participado en la rebelión, Dios bendiga a todos, en fin. Y es que falta iba a hacer, porque el levantamiento del pueblo de Madrid fue el detonante de una larga y sangrienta contienda, de la llamada Guerra de la Independencia, en la que el pueblo español asumió la autoridad suprema de la nación que habían dejado vacante los Reyes Fernando VII y Carlos IV que estuvieron prisioneros en Francia, y se opuso al mayor ejército del mundo, al del emperador Napoleón Bonaparte, que había subyugado a media Europa, consiguiendo vencerle además, eso sí, a costa de muchos sacrificios y mucha sangre, demasiada sangre incluso.