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30 3 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Dos de mayo Mujeres contra el invasor Las vecinas de Madrid también se sumaron a la sublevación popular contra las tropas de Napoleón. Mujeres del pueblo, sencillas y humildes, pero de un inmenso valor para hacer frente al Ejército más poderoso del mundo. Entre ellas, Clara del Rey, dueña honrada o la joven bordadora Manuela Malasaña. Ambas perdieron la vida en aquella trágica jornada Éste es el primero de la serie de relatos sobre las heroínas de la Guerra de la Independencia que la escritora Ángeles de Irisarri escribirá para D 7. Por las páginas de este suplemento discurrirán los hechos, peripecias y ejemplos de Agustina de Aragón, María Agustín, Manuela Sancho, la condesa de Bureta, la madre Rafols y Casta Álvarez. Ellas escribieron algunas de las páginas más asombrosas de nuestra historia en una contienda cuya comprensión es esencial para el conocimiento cabal de la España de nuestros días esde antes de que abandonara Madrid el Rey Fernando VII, los vecinos echaban pestes contra los franceses. Los pasquines, que aparecían en todas las esquinas, hablaban de un ejército de ocupación y daban cifras: 100.000 soldados en España y 30.000 en la capital y, en referencia a que don Fernando había salido camino de Burgos para recibir al emperador Napoleón, sostenían que era una añagaza pues que los gabachos pretendían llevárselo a Francia, como ya habían hecho con su señor padre, para tener presos a los dos reyes, y se hacían lenguas de la inoperancia de la Junta que, presidida por el Infante Antonio Pascual, tío carnal del Señor Rey, gobernaba en su nombre, y hablaban también de invasión y de esclavitud, palabras que se propalaban en los corrillos y se musitaban en las tabernas, no las fueran a escuchar los franceses que también las frecuentaban y armaran una trifulca, otra. Los franceses que, vive Dios, habían venido altivos e insolentes y, a la menor se ponían farrucos e insultaban a los hombres y, ahítos de vino, hacían otro tanto con las mujeres y hasta las llamaban putas, pues que bien se habían aprendido la palabrota, y hasta pretendían llevárselas a un pajar o a un lugar oscuro. Eso sí, pagando, queriendo abonar el servicio con un cáliz o con un paño de altar que, rapiñado en alguna iglesia, sacaban del morral sin recatarse pues, como predicaban los curas en las parroquias, talmente parecía que se había producido en España una nueva invasión de los bárbaros. A más que, los madrileños se sentían vigilados. A ver que, mismamente en la romería de Santiago el Verde que venía celebrándose de antiguo el día 1 de mayo en los sotos del Manzanares, donde iban a merendar gentes de todo Madrid: mujeres con sus tarteras en la cabeza y llevando a los críos de la mano, hombres pasando la bota, y todos alegres, se había aguado la fiesta. No porque lloviera, sino por los muchos soldados franceses D que había por allá, como si guardaran la carrera. Algunos habían intentado confraternizar con los españoles y se habían acercado a los grupos con su mejor sonrisa, pero lo que murmuraban los maliciosos que lo que deseaban era un bocado o un trago, y ni una migaja les dieron en razón de que nadie había olvidado el encuentro que los vecinos habían mantenido con ellos en la plaza de la Cebada poco ha, y hasta habían hecho ostentación de navajas cuando cortaban el pan, pues, no en vano, en aquella ocasión habían salido victoriosos y algunos enemigos- -que ya empezaba a llamárseles enemigos -habían terminado en el hospital. Y fue que, ante las miradas hostiles, los franceses decidieron hacer cumplir el bando que había proclamado la Junta de Gobierno, prohibiendo los corrillos y las reuniones, con lo cual los romeros hubieron de desalojar y los que habían ido a merendar se fueron mascullando, pues que no hubo bailes ni luminarias, no obstante, todos con la esperanza de divertirse en las verbenas de San Isidro, tan próximas ya. Tal decía Clara del Rey a las jóvenes que la rodeaban: la Tal, la Cual, y a una dicha Manolita Malasaña que iba la más enfadada de todas, pues que era la primera vez que su padre la llevaba al baile y, mira, que tanto tiempo esperando los sones de panderos y dulzainas, y ay, pardiez, que volvía sin haber danzado un pasacalles. Al día siguiente, 2 de mayo de 1808, los madrileños se levantaron con el sol. Los hombres se fueron a sus quehaceres y abrieron sus talleres y tiendas, las mujeres Ángeles de Irisarri Escritora. Autora de La Artillera prepararon el desayuno de sus maridos e hijos, dieron un limpión a sus casas, cogieron el cesto y salieron a comprar vianda para poner a hervir el puchero. Para cuando la señora Clara llegó al mercado de la plaza de la Cebada, ya le habían comentado varias vecinas que, en el día anterior, el mariscal Murat, el lugarteniente de Napoleón en España, había sido abucheado al salir de misa, y estaba riendo con aquellas dueñas, pero, al escuchar que los franceses se habían llevado al infante Francisco y que la población, a los gritos de traición, muerte a los franceses y viva Fernando VII se había enfrentado a la guarnición gala del palacio Real con lo que tenía a mano: palos, cuchillos y navajas, y que se habían producido varios muertos por ambas partes, se echó a correr pues que temió por su marido y sus hijos. Se encaminó aprisa a la calle de Toledo, a la sastrería de su esposo y la encontró cerrada, continuó hacía la plaza Mayor, deteniéndose a preguntar a los que iban en dirección contraría si habían visto a Manuel González, su marido, y todos le decían que no y seguían su camino, pero fue, Dios lo quiso, que en la dicha plaza una conocida le informó que lo había visto en la puerta del Sol. Y allá se dirigió diciéndose que había elegido la ruta más peligrosa, pues hubo de esquivar una patrulla francesa escondiéndose en un portal y pidiendo refugio a los vecinos, que, mira, la emplearon en lo que estaban haciendo: arrojar pucheros de agua hirviendo a un piquete enemigo que puso pies en polvorosa. Y luego, despidiéndose de aquella gente, continuó andando, para encontrarse, ay, Señor, con una batalla campal en la puerta del Sol, con que los mamelucos- -de los que ajustadamente se decía que tenían rabo, como el Demonio- -cargaban contra la multitud a galope tendido con sus sables desnudos cortando cabezas, si bien, algunos eran muertos pues los madrileños en un alarde En busca de su marido Los franceses que, vive Dios, habían venido altivos e insolentes y, a la menor, se ponían farrucos e insultaban a los hombres y llamaban putas a las mujeres Las mujeres, algunas de ellas manolas, le fueron contando que habían matado a tantos y cuantos coraceros enemigos, mientras ella avivaba el paso...