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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE Dos mujeres pasan junto a unos carteles publicitarios en el metro de Tokio do convertido en el más popular Onsen de la ciudad, una especie de moderno balneario frecuentado por propios y extraños para recrearse en la singular tradición nipona de los baños. En contraste con la modernidad de Odaiba, el barrio de Asakusa, en las márgenes del río, sorprende por el sabor de sus callejuelas, de sus numerosos restaurantes populares y, sobre todo, por la presencia imponente del viejo Templo de Cannon, en cuyas proximidades se celebran ocasionales y coloridos festivales religiosos. Es éste un importante centro budista al que acude cada día una muchedumbre abigarrada de turistas, peregrinos y devotos. He de confesar que al acercarme al templo, arrastrado por aquella masa de visitantes que avanzaba lentamente entre inacabables ringleras de tiendas, me pregunté de qué naturaleza era el impulso que me hacía seguir avanzando. No supe discernir entonces si se trataba de ese insensato empeño, tan propio de los turistas, de querer conocerlo todo o si mi presencia allí se debía exclusivamente a la imposibilidad de escapar de la claustrofóbica riada humana que me arrastraba sin remedio. Sin embargo, cuando finalmente logré zambullirme en la paz de la pagoda, tras la preceptivas abluciones de humo sagrado, me dije con satisfacción que el esfuerzo había valido la pena. Harajuku es una zona tranquila y agradable para pasear, particularmente los jardines que rodean al templo, construido en 1920 en memoria del gran Emperador Menji, quien sacó al Japón de su prolongado y anacrónico aislamiento internacional. Aunque destruido por los bombardeos de la Segunda Guerra mundial, ha sido reconstruido primorosamente con auténticos cedros nipones. Los días laborables es un lugar apacible, pero quien se acerque por allí un fin de semana Cuaderno de viaje COMO LLEGAR. Japan Airlines (www. jaleurope. com Tel. 901 174 777) vuela diariamente a Tokio, Osaka o Nagoya, vía Londres, París, Frankfurt... desde 699 euros. El billete en su reputada clase Seasons asciende a 2.990 euros ida y vuelta, permitiendo volar a una ciudad nipona y regresar desde otra. Para moverse por Japón lo mejor es adquirir antes de partir un Japan Rail Pass que permite viajar, con algunas limitaciones, en casi toda su magnífica red de ferrocarriles. Más información sobre Japón y el Rail Pass en la página web de la JNTO, Oficina de Turismo de Japón (www. jnto. go. jp) DONDE ALOJARSE. Tokio es un lugar muy frecuentado, por lo que conviene reservar hotel con gran antelación. El Hotel Metropolitan (www. itbc. jp hotel) ofrece una excelente relación calidad- precio. Situado en Ikebukuro, en la zona oeste, queda un poco alejado del centro, pero lo compensa con un gran servicio y frecuentes ofertas (consulte su página web) Si desea vivir una experiencia japonesa sin fisuras debe alojarse en un riokán. En el Kimi Riokán (www. kimi- ryokan. jp) también en Ikebukuro, encontrará precios muy atractivos (rondando los 50 euros) y habitaciones limpias y atractivas. Por lo general, los riokán suelen incluir la cena (japonesa) servida en la propia habitación, y no siempre el desayuno (japonés) Los baños son comunes, separados por sexos, una especie de spa en los sótanos, aunque algunas habitaciones también cuentan con retrete y un pequeño cuarto de baño. Catai Tours (www. catai. es Tel. 91 409 11 25) tiene un amplio programa de viajes a Japón, incluyendo Tokio y Kioto, a partir de 2.530 euros (7 días) QUÉ COMER. La comida japonesa es mucho más barata- -otra contradicción- -en Japón que en España. Si algo sobreabunda en las ciudades niponas son los restaurantes de todos los estilos, pero hasta los puestos callejeros tienen un gran estándar de calidad y limpieza. Naturalmente, el arroz, el pescado y las verduras son las estrellas de esta cocina, pero con gran variedad de combinaciones. Cuidado, sin embargo, con los restaurantes glamourosos. Ahí la factura puede ser de escándalo. Marea de devoción culebrean a toda pastilla por los angostos pasillos, completamente ajenos a la masiva presencia de mirones y viandantes. A Odaiba, el moderno distrito de ocio ganado al mar que hace pensar de inmediato en el Puerto Olímpico de Barcelona, se llega en un tren sin conductor, totalmente automatizado. Un inmenso paseo entarimado y ajardinado permite contemplar, como si se estuviera en la cubierta de un lujoso trasatlántico, la boca de la bahía y el majestuoso Puente del Arco Iris que la cruza. Muy cerca, brotó, durante los trabajos de acondicionamiento, un manantial de aguas termales que ha si- se encontrará, sobre el amplio puente que da acceso al parque, con una sorprendente asamblea de adolescentes disfrazadas de gótico que expresan su rebeldía y gusto por la individualidad a espaldas de sus padres. Las chicas se pasan las horas agrupadas en cuadrillas sin otro objeto que decorar el paisaje hasta que llega el momento de cambiarse de ropa en los servicios del metro para regresar a casa como si volvieran del cine. Muy cerca se encuentra la famosa Takeshita dori, una calle donde los jóvenes adoran comprar la última moda, camisetas con inscripciones y medias de rabiosos colores. A mí me recordó mucho al Carnaby Street de los años hippies. Y si su visita a Tokio es con vuelta a su lugar de origen, tendrá la ventaja adicional de disfrutar de la magia de un viaje a Japón puede empezar mucho antes de aterrizar en tierras niponas. Quien tenga la fortuna de viajar, por ejemplo, en la clase Seasons de la Japan Airlines se verá inmerso anticipadamente en un mundo que recuerda la quietud, el silencio y la armonía de un templo zen. El servicio reverencial, la limpieza extrema, la delicadeza en el trato, que lleva a las azafatas a ponerse de rodillas para hablar con los pasajeros, y el confort de asientos que se transforman en camas con sólo apretar un botón, hacen que el viajero sienta que ya nunca abandonará ese mundo ordenado, insólito, ancestral y misterioso que ha visitado. Por no mencionar el menú que se sirve a bordo, una sorprendente selección de delicados platos adornados con ramitas aromáticas que induce a cuestionarse si el gran invento de Ferrán Adriá no habrá sido precisamente la cocina japonesa.