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23 3 08 VIAJES Los visitantes disfrutan de las vistas desde el mirador de Roppongi Hills, uno de los rascacielos emblemáticos de Tokio. Abajo, un luchador de sumo pasea fuera del estadio Tokio Consumista y reverencial Para un occidental, llegar por primera vez a Tokio reúne todos los ingredientes de la aventura: una cultura diferente y, a menudo, incomprensible, donde la tradición se entrelaza con la modernidad TEXTO: FRANCISCO LÓPEZ- SEIVANE FOTOS: DE SAN BERNARDO unque Tokio vive per ma nentemente agitada por el frenesí de un consumo sin fronteras, la fuerza de la tradición se nota enseguida en el lenguaje corporal, en las tímidas sonrisas, en el delicado detalle cotidiano, en el refinamiento que desprenden objetos y lugares, en las inacabables reverencias que se dedican unos otros... Para un occidental, llegar por primera vez a Tokio reúne todos los ingredientes de la aventura. Supone adentrarse en una cultura desconocida, diferente y, a menudo, incomprensible, que a cada momento regala mues- A tras impagables de su compleja singularidad. Para entrar en materia, digamos que la inmensa metrópolis está divida en sectores o barrios especializados. Ginza, situada junto a los impresionantes jardines del Palacio Imperial, es el centro histórico. Allí, la Estación Central vomita todos los días millones de ciudadanos que se dirigen como hormigas a los grandes hoteles, a los grandes almacenes o a las grandes empresas multinacionales que pueblan el sector. Se trata de un lugar perfectamente evitable. Pero no muy lejos, en la desembocadura del río, hay que dejarse caer al ama- necer por el inmenso y excitante Mercado Central de Tsukiji, la mayor lonja de pescado del mundo, donde todo lo que se puede ver, oír y sentir resulta sencillamente indescriptible. Pero ¡cuidado! por allí circula una inmensa flota de extraños vehículos de carga que se desplazan a velocidades de vértigo sin que la masiva presencia de visitantes despistados parezca arredrarles lo más mínimo. Para que nadie se tome a chanza esta advertencia, baste añadir que las instalaciones de este mercado ostentan el récord mundial de atropellos. Los impávidos conductores, siempre de pie, como si pilotaran una cuadriga romana,