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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE ción, falsificación de documentos y secuestros. Aparte de la sordidez de este universo clandestino, lo más sorprendente era hasta qué punto resultaba invisible. Se trataba de un asunto interno de los rusos que en ningún momento afectó al resto de la sociedad israelí. Excepto en un sentido: el negocio más voluminoso que llevaban estas bandas rusas en la calle era la prostitución, y sus clientes no eran exclusivamente rusos. Ni mucho menos. El uso de mujeres es crucial para transmitir seguridad a la víctima. La confianza es indispensable para que cualquier actividad delictiva funcione como la seda. Excepto, claro está, cuando el producto con el que se trafica es un ser humano. En este caso, el engaño debe presentarse como confianza. Para asegurar la trampa, la reclutadora a menudo acompaña a la joven víctima (normalmente de entre quince y treinta años) durante la primera parte del viaje. Después de que su reclutadora facilitase un pasaporte a Ludmilla, la envió en tren a Odessa y luego a Moscú en compañía de otras diez mujeres. Una vez en la capital rusa, la llevaron a un apartamento cerca del río Moscova. Allí fue donde empecé a sospechar mucho, porque se quedaron nuestros pasaportes y nos encerraron en el apartamento- -explica- Estábamos prisioneras A partir de entonces, siempre que Ludmilla salía lo hacía acompañada por al menos dos matones. Al cabo de una semana, la llevaron en coche junto a otras tres mujeres al aeropuerto de Domodedovo. En el control de pasaportes tuvo una última oportunidad. En un alarde de compasión extraño entre los funcionarios estatales rusos, el agente del control de pasaportes le incitó a reconsiderar el viaje. ¿De verdad sabe usted a dónde va? -le preguntó- ¿De verdad sabe qué está haciendo? ¿Está segura de que quiere hacerlo? Como tenía a uno de los gorilas echándole el aliento literalmente en la nuca, Ludmilla no tuvo más remedio que desestimar la amabilidad del agente. Fue como oír el portazo de la entrada de la cárcel a su espalda. Al llegar a El Cairo la recibieron algunos egipcios que la llevaron a un hotel, en el que pasó tres días esperando junto a otras diez chicas. Una mañana de madrugada la metieron en un todoterreno y condujeron varias horas. Nos pusieron en manos de unos beduinos que inmediatamente nos encerraron en una cueva. Aunque hay denuncias frecuentes de contrabandistas beduinos que violan a las mujeres con las que trafican (y que las retienen si no reciben el pago por sus servicios de contrabando) en el caso de Ludmilla las chicas pudieron elegir. Si ofrecían servicios sexuales a sus cap- tores temporales, las dejaban salir, comer bien y descansar. Tres chicas dijeron que sí, pero yo no explica Ludmilla. Justo antes de salir hacia la siguiente etapa del viaje, una de las muchachas intentó huir, aterrorizada. Los beduinos la atraparon y luego, delante de nosotras, le pegaron tiros en las rodillas Como bien saben quienes han sido víctima de este tipo de represalia en Irlanda del Norte, un balazo en la rodilla es uno de los castigos más dolorosos que pueden infligirse. Pero el destino de esta chica moldava fue aun peor: La dejaron morir tirada en el desierto En aquel momento, Ludmilla y sus compañeras estaban aterradas. Los beduinos las volvieron a meter en una camioneta en plena noche. Seguimos en el vehículo un rato y luego nos obligaron a arrastrarnos por debajo de una valla una tras otra. Había más beduinos esperándonos al otro lado, El negocio más voluminoso que llevaban estas bandas rusas en la calle era la prostitución, y sus clientes no eran exclusivamente rusos. Ni mucho menos Una de las muchachas intentó huir. Los beduinos la atraparon y luego, delante de nosotras, le pegaron tiros en las rodillas. La dejaron morir tirada en el desierto pero entonces nos detectó una patrulla de fronteras israelí, que se dirigió a toda velocidad hacia nosotros. Estaba desesperada por conseguir que los guardias nos viesen, pero los beduinos comenzaron a dispararnos a los pies y tuvimos que correr tanto como pudimos hacia otra furgoneta. Nos metieron en la parte trasera y echaron una lona encima de nosotras. Fue espeluznante. Tras crecer traficando con mercancías a través de la frontera entre Egipto e Israel, como los jóvenes que vi yo a camello, aquellos beduinos adultos se habían reconvertido al tráfico de prostitutas. Con frecuencia violan y maltratan brutalmente a las mujeres, en una deprimente degeneración de sus tradiciones. En un hotel de la capital del Negev, Ludmilla fue obligada a desfilar ante compradores potenciales. Hablaban en hebreo la mayor parte del tiempo, o sea, que no les entendíamos, pero luego nos daban órdenes en un ruso muy fluido. Al principio Ludmilla se negó a desnudarse. Uno de los rusos le lanzó una mirada sombría. La palabra negarse no existe aquí. ¿Entendido? Cuando llegó a Tel Aviv, Ludmilla había pasado por las manos de moldavos, ucranianos, rusos, egipcios, beduinos, judíos rusos e israelíes indígenas, la mitad de los cuales la habían amenazado con usar la violencia