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23 3 08 EN PORTADA tras una de aquellas visitas, pasó a nuestro lado un carro de combate norteamericano con la bandera pirata enarbolada en la torre. Iba a poner orden a Faluya, donde varias decenas de sujetos estaban celebrando la última emboscada con bailes y saltos sobre los restos calcinados del vehículo que habían atacado. La más macabra celebraciones de Faluya fue la que concluyó con la exposición de los restos descuartizados de varios agentes de seguridad estadounidenses. Manos, piernas, hombros despiezados colgaban del pretil del puente en una estampa goyesca que daba a entender el siniestro curso que tomaba la guerra. La insurgencia había abierto las puertas del país a Al Qaida, que pronto convertiría a Irak en una universidad del terrorismo yihadista mundial. Un acto suicida, porque a partir de entonces nadie se libraría del infierno que traía Al Qaida. Ni las tropas ni los iraquíes. Marines norteamericanos salen de sus improvisados refugios tras una tormenta de arena cerca de Nasiriya AFP Irak Recuerdos de guerra (Viene de la página anterior) tróleo, pero en todos los demás edificios públicos dejaron que se saquearan hasta las tuberías de desagüe. Era la sistemática destrucción de un Estado desde la presunción de que al paseo militar de la invasión le seguiría una ocupación como la de Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Aquel caos debía de ser el equivalente de la bomba atómica, por lo visto. Y Paul Bremer, el doble de McArthur. Al puñado de militares españoles integrados en la Oficina de Reconstrucción y Ayuda Humanitaria (ORHA) no les convencía nada lo que estaban viendo. Y aunque tenía la instrucción de no salir del búnker de la Zona Verde el general Feliú vino a charlar con nosotros. A modo de recapitulación, comentó: A nosotros, los españoles, nos dicen: no os confundáis, esto no tiene nada que ver con vuestra transición. Nos dicen que esto es como la ocupación de Japón Su obsesión. Tras la disolución del Ejército, intentaron apaciguar a los oficiales en paro pagándoles un pequeño subsidio. Para recibirlo debían hacer colas de nueve o diez horas. Y en el inevitable barullo que se formaba, los militares norteamericanos la emprendían a porrazos y patadas con antiguos capitanes y comandantes, tiarrones que escapaban de allí jurando en arameo. A la vista de aquel espectáculo, en una Bagdad sin luz, sin agua, sin gas, sin trabajo, sin orden, sin seguridad, sin Ejército, sin Administración, sin traza alguna de Estado, al enviado especial de ABC le dio por pensar que los norteamericanos habían perdido la guerra. En los días de caos y saqueos, uno caminaba por Bagdad con la idea de que nunca acertaban aquellas balas fantasmales que cruzaban aquí y allá. A las afueras de la capital iraquí, camino de Jordania tras dar por acabada la guerra, oímos el silbido de una granada sobre nuestras cabezas. Igual iba dirigida contra el convoy en el que viajábamos, pero estalló sin pena ni gloria quinientos metros más allá. Con el tiempo, sin embargo, afinaron la puntería. Perfeccionaron las bombas- trampa. Y la insurgencia le perdió el miedo al Ejército norteamericano. Para entonces, una excursión a las ciudades de Faluya o Ramadi era una didáctica experiencia del estado en que se encontraba el país después de que Bush decretase la victoria. Cualquier chiquillo de la zona podía servirte de cicerone: Este socavón es de la bomba- trampa de ayer... ahí, a cien metros, el de anteayer... Vinieron unos soldados que nos dieron cuadernos y lapiceros con la bandera americana, como si fuéramos idiotas, luego les tendieron una emboscada... Y con la mayor seriedad del mundo, el crío concluía la visita guiada con su conclusión: Ésta es la tumba de América Al volver a Bagdad En el museo de Bagdad había un butrón por donde se podía colar cualquier caco. Vimos cómo dos carros de combate llegaban y, sin parar, pasaban majestuosamente de largo Entre tanto, en la Zona Verde, un ejército de planificadores de la democracia diseñaba en las nubes un fantástico futuro para Irak: planes para la privatización de la economía, para el horario de recogida de basuras, para la igualdad de sexos, para la eliminación de las estampas de Sadam de los libros de texto, para el brillante futuro turístico del país, para la celebración de ferias y fiestas... A eso de las ocho de la tarde, casi con puntualidad británica, cada día la insurgencia lanzaba al tuntún seis o siete granadas contra el gigantesco búnker. Pero aquel paraíso de la ingeniería política no se daba por aludido y seguía pariendo sus proyectos, como gigantesco y soviético Gosplan de la democracia. Llegaron los secuestros, las decapitaciones, las salvajadas de Al Zarqaui y la convicción de muchos chiíes de que aquel caos era la señal inconfundible de que pronto iba a llegar el Mahdi su Mesías del fin de los tiempos. Aunque el que llegó fue el clérigo Moqtada al Sadr, con sus dientes cariados y sus llamamientos a favor de un regreso al profundo medievo. El día del posado de las Azores todavía muchos iraquíes creían que no habría guerra. Prueba de la inmensa fe en los milagros del pueblo iraquí. Desde entonces, cada vez que les preguntan, se dicen optimistas y confiados en el futuro. Aunque tal vez hubiera algo más tras aquel escepticismo. Un día antes de la guerra, mi traductor comentó: No consigo imaginar a los americanos patrullando las calles de Bagdad Era su manera de intuir que Irak- -por muy decadente que fuera su dictador- -no es país para forasteros. Ingeniería política