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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Miembros de la 3 División de Infantería del Ejército de EE. UU. se relajan, al inicio de la guerra, en uno de los palacios de Sadam Husein en la cara oeste del río Tigris AP Así viví la guerra en el terreno, esa realidad a la que nunca se asomaron los ingenieros de la democracia TEXTO: ALBERTO SOTILLO. INFOGRAFÍA: FERNANDO RUBIO Acuérdate: Irak no es país para forasteros Los que vivimos el conflicto no fuimos contagiados por un letal virus de antiamericanismo. Estábamos uando las tropas norteamericanas llegaron a los palacios de Sadam, apenas 18 días después de que comenzara la invasión de Irak, los periodistas que nos alojábamos en los hoteles Sheraton y Palestina podíamos observar las peripecias del combate desde el balcón, tan ricamente acomodados en mitad de la tormenta de fuego y metralla. Espectacular. Hasta te podías hacer la ilusión de que asistías a una apocalíptica representación de Las Valkirias en directo. Pero C las guerras no son un espectáculo. Ese mismo día, cuando ya habían acabado los combates, dos trallazos rompieron el silencio. Un carro de combate norteamericano había disparado contra el balcón de la habitación 1402 del hotel Palestina y se había llevado las vidas de José Couso, cámara de Telecinco, y de Taras Protsyuk, de Reuters TV Duran. te toda la mañana nos habían visto a todos, asomados cada uno a su balcón. A poco observadores que fuesen ya debían conocernos a cada uno por el careto. ¿Por eso nos pusimos tan pesados con lo de Couso? La muerte en la habitación de al lado, sin motivo ni justificación, es un poderoso recordatorio de que la guerra no es una espectacular representación de Las Valkirias. Los iraquíes lo saben muy bien. Llegaron las tropas, montaron el espectáculo del linchamiento en efigie de la estatua de Sadam. Y se atrincheraron tras improvisados parapetos en plazas y glorietas sin mover ni un músculo, mientras multitudes de desharrapados saqueaban los palacios de Sadam y se llevaban en motocarro aquellas suntuosas lámparas de araña que iban a dar un toque tan especial a sus chabolas. Empezaron por los palacios, pero muchedumbres cada vez más broncas arramblaron con todo lo demás. En el Museo de Antigüedades descubrimos un butrón por donde cualquier caco podía colarse al interior. Vimos llegar dos poderosos carros de combate Abrams. Pensamos: vienen a custodiar el museo. Incluso nos hicimos a un lado para dejarlos pasar. Pero los carros pasaron majestuosamente de largo. En el Museo de Arte Moderno unos chiquillos se divertían saltando contra los lienzos para destriparlos. A la estatua de un Sadam sedente que se erguía en el vestíbulo la habían coronado con un neumático, y a sus pies habían encendido una hoguera con objetos saqueados a modo de ofrenda de sacrificio. En aquel caos de pillajes, incendios, tiros y familias aterrorizadas que ni se atrevían a pisar la calle, las primeras medidas adoptadas por las nuevas autoridades de ocupación fueron la disolución del Ejército y la Policía, además de la purga generalizada de cargos públicos y funcionarios del antiguo régimen. Las tropas acordonaron el Ministerio del Pe (Pasa a la página siguiente)