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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE tintero y el cuaderno... -Estaban los hombres en la puerta vigilando que no asomara algún enemigo y un tropel de mujeres en torno a la fuente con sus pucheros y sus botijos, llevándoles tal y cuál de noche y de día... Y allí estábamos tu tía Quimeta, una dicha María Agustín, una guapa moza... ¿La heroína de la batalla de las Eras del Sepulcro? ¿La primera gran batalla? -Esa misma. Se quedó manca... A veces, traía vino una dicha María Lostal que salvó todo el oro y la plata del convento del Carmen y no se enteró nadie, no sé si la llegaron a condecorar con los escudos... Pero la mejor, la más brava, fue Casta Álvarez que ató a un palo de escoba una bayoneta francesa y repartió el rancho de la madre Rafols... ¿La Casta, la del muchacho? ¿La madre Rafols, la del hospital? -El chico de Casta estudió en el Seminario y a lo menos será canónigo, era muy listo... -A ver, ¿los gremios le dieron dineros a la religiosa para que en los fogones del hospital se cocinara el rancho para la tropa... -Eso, pero Casta nos daba a las mujeres también. E iba animando a todos contra la francesada... Fíjate, Carlota, cómo cambian las cosas en tan solo unos años, asistimos a una cruel guerra contra los gabachos que invadieron nuestro país y quitaron al rey y, poco tiem- po después, los mismos, los 100.000 Hijos de San Luis, vinieron a ayudar al mismo rey... -Eso fue... -Quiero decirte que cuando cumplas cincuenta años ya no reconocerás nada de lo que había cuando tenías veinte, porque habrán pasado casi dos generaciones... -Me dice usted todo tan desordenado, que no sé... -Lo que más tengo, Carlota, desorden en la cabeza... Otro día te diré de la condesa de Bureta... Ya me vuelve la fatiga. -De esta señora me dijo usted, prefiero que me hable de aquella Manuela Sancho, la de la puerta Quemada... -Fue artillera como yo... No sé qué habrá sido de ella, pero seguro que, como yo, hubiera preferido morir de un tiro que ahogándose en una cama... -No se puede elegir, madre. -La Artillera muriendo en una cama, es un despropósito, hija... Menos mal que no debo dinero a nadie... Te voy a dejar mis condecoraciones y todo lo que tengo en la casa para ti porque me atiendes como buena hija... Recuerda que tengo unos dineros en una bolsa entre la lana de este colchón... -Sí, madre, lo sé, ya rubricó su última voluntad... -Oye, Carlota, mira que si escribiendo mi historia llegas a ser tan famosa como esa señora, la Fernán Caballero, y ganas dinero... Yo te hubiera dejado más capital, pe- ro se lo gastó tu padre en su política, pagando puestos y secretarías... ¿Seguimos? -Uno de los mejores momentos de mi carrera militar fue cuando me recibió el rey don Fernando en el palacio Real de Madrid y me ascendió, ratificó mis condecoraciones e hizo que la Caja Militar me abonara los haberes atrasados... -Si le parece bien, madre, esto lo dejamos para su momento. Cuénteme hoy lo que escribió usted a la Junta Suprema Central, en 1809, cuando estaba en Sevilla, ¿por qué decía en su pliego que estuvo en el convento de San Agustín enferma de muerte, con su hijo Juanico? ¿No había muerto o qué? ¿No estuvo en su casa, cuidada por María Agustín? -Ah, cuando se escribe a la Administración solicitando alguna cosa, se exagera, hija. Se dice que no tiene corazón y es menester movérselo... Te digo que, con tanto orden que quieres llevar, es imposi- Pero la mejor, la más brava, fue Casta Álvarez que ató a un palo de escoba una bayoneta francesa y repartió el rancho de la madre Rafols... Yo, que soy partidaria de la reina Isabel, casada con un carlista... Ya ves, qué cosas tiene la vida... Menos mal que voy a vivir poco ya... ble escribir mi vida... Mi primer hijo había muerto antes de que yo pisara Zaragoza, de sarampión, precisamente me fui con Quimeta para olvidar el mal trago... -Entonces, no lo entiendo, dijo usted una cosa en un documento oficial y fue otra... -Mira, Carlota, dejamos este tema y mañana seguimos con lo que hice en la batalla de Vitoria... -Bueno. Y al mes: -Madre, hace un día precioso, ¿quiere que subamos al terrado a ver cómo zarpan los barcos hacia la Península? -No, pero si hace un día precioso es un buen día para morir... -Ay, madre, no me haga llorar. -No, quiero morir, descansar... estos ahogos... Llama al cura, quiero los Sacramentos... Y dame una cinta que tengo de la Virgen del Pilar en la cómoda, anúdamela en la muñeca. -Madre, la pintó el maestro Goya disparando el cañón... No se puede usted morir... -Ve, Carlota, ve en busca del cura... Sabe que me moriré queriéndote... ¿Desea que les diga a mi padre y a mi hermanastro que se pongan en viaje? -No, diles que tuve un recuerdo para ellos, aunque espero morirme con el nombre de la Virgen del Pilar en la boca...