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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE suna, CiU, Esquerra- -los nacionalistas. En cuanto a los militantes del PP, lo niegan taxativamente identificándolo con el soberanismo y cerrando así una reflexión en torno de las fuentes intelectuales, en su versión conservadora o liberal, de la identidad nacional española. Al cabo, los discursos encallan en un viejo tópico: la reproducción de las dos Españas en tres versiones. Primero, desde el discurso nacionalista periférico, la España federal- -o confederal- -se opone a la España centralista e imperial con lo cual se pone en cuestión la mudanza de las mentalidades a lo largo del Estado de las autonomías y la madurez de la cultura política española. (La repetición de que España es una democracia inmadura- -sea porque no ha superado la Guerra Civil, desde el españolismo, sea porque no ha abrazado la diversidad inherente a un Estado multinacional, desde el nacionalismo periférico- -es un signo que no ayuda precisamente a la capacitación política de los españoles ni a su autopercepción democrática. Segundo, desde el discurso neoespañolista los partidos nacionalistas se enfrentan a una España no nacionalista y constitucionalista. Tercero, desde el discurso españolista la aviesa alianza entre socialistas y nacionalistas se las tendrá que ver con la España con mayúsculas del Partido Popular y de una mayoría que es de esperar se sacuda su creciente frustración identitaria. De las tres perspectivas, la más atractiva intelectualmente es la neoespañolista, porque intenta trascender el conformismo mental y político que lleva consigo el nacionalismo, empeñado en definirnos a todos como nacionalistas. (Una latencia constante que no cabe más que aceptar si no queremos quedarnos con una identidad muy ligera, que no sólo pierde siempre en la guerra de las palabras en la que sentirse catalán o vasco es bueno pero definirse como español es malo, sino en la brega política. Su apuesta por la ciudadanía como eje axial que hay que construir habla de intentar, a nivel tanto teórico como político, una reflexión necesaria en un mundo en el que la construcción de pequeñas naciones con Estado corre paralela a la globalización transnacional. También porque tiene muy en cuenta las identidades complejas en círculos concéntricos, que son las más numerosas en un Estado plurinacional. Pero la condición humana necesita, además de la ciudadanía, la pertenencia. Si ésta se refiere a la nación o no, es un asunto sobre el que es preciso seguir pensando. Hay quien cree que la disolución de la conciencia nacional española es lo mejor que puede suceder en una España en trance de cambiar su modelo territorial desde un federalismo cooperativo hacia un ¿federalismo asimétrico, a una confederación de estados? Así se abandona a ese resto de España que el nacionalismo periférico define como residual, negativo (contra las naciones sin Estado) e impotente a un vacío normativo. No es mi opinión. Ese resto de España que se siente español, más español que de su comunidad autónoma o tan español como de su región (que es el sentimiento de pertenencia dominante) es al menos la mitad del país. Por eso hay que desenmascarar la dicotomía de un nacionalismo bueno, democrático, proactivo y legítimo, el periférico; y un nacionalismo malo, autoritario reactivo y condenable, el español. Si el nacionalismo español franquista fue barrido por ultraconservador hace decenios, no vamos a aceptar ahora que el periférico sea progresista. Tampoco que unos tengan nación, in- Hay que desenmascarar la dicotomía de un nacionalismo bueno y legítimo, el periférico; y un nacionalismo malo, autoritario y condenable, el español Si el nacionalismo español franquista fue barrido por ultraconservador, no vamos a aceptar que el periférico sea progresista. Ni que unos tengan nación y otros no vestida de un valor añadido si no posee todavía Estado, y otros no. Ni abrazar la paradójica definición de la situación según la cual España es una suerte de construcción imaginaria hecha a lo largo de una historia falsa, frente a la realidad incontestable de las naciones sin Estado que hunden sus profundas raíces en la Historia. Entre otras cosas, porque el discurso del nacionalismo periférico- -sobre todo el soberanista- -anula la identidad española, el Otro nacional demonizado por asociarlo a un período vergonzoso de nuestra historia. Algo muy serio ocurre en España para que ésta tenga un vocabulario político desprotegido asociado a ser franquista facha españolazo centralista autoritario asociado con un campo semántico connotado negativamente. Es necesaria una política renacionalizadora que reconstruya un nacionalismo español integrador de las identidades duales que reconoce poseer la mayoría de los ciudadanos. Sólo el reconocimiento de pertenencia complejo, y también el español, puede llevar a aceptar la libertad y la diversidad nacional. También a recuperar la solidaridad y el compromiso con un futuro compartido, vinculado con un idioma, una historia y unos símbolos comunes. Es urgente un debate intelectual y político sobre la conciencia nacional española.