Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Un día (de la Victoria) en NY 14 de agosto de 1945. Japón se había rendido. Dos uniformados desconocidos se besan en Times Square, Nueva York, para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ésta es la foto menos buena pero es de dominio público porque su autor, Victor Jorgensen, era fotógrafo de la Marina, y por tanto, empleado federal. La fetén es la de Alfred Eisenstaedt, que fue publicada en la revista Life La imagen se captó al sur de la calle 45 mirando al norte desde el cruce de Broadway con la Séptima. En la de Eisenstead, tomada desde el centro de la calzada, se ven los pies y, al fondo, los letreros luminosos (o el vértice) de Times Square. Victor Jorgensen, cuya foto fue publicada al día siguiente en The New York Times capturó a la misma pareja desde otra perspectiva menos vistosa. Si sobre los fotógrafos no hay dudas, la identidad de los besadores está más disputada que el zapato perdido de Cenicienta. La cosa anda entre Edith Shain y Greta Friedman por las chicas (y en ese orden) y George Mendonça y Glenn McDuffie por los chicos (también en ese orden) Sean quienes sean, en lo que todos coinciden es en que el marinero y la enfermera no se conocían, en que el beso fue fruto de la alegría y el despiporre por el fin de la guerra (Mendonça iba con su novia y borracho) y en que hubo posado porque el chico vio al fotógrafo. Por lo menos a uno de los dos. Cuando las películas tenían final feliz. El marinero besa a la enfermera al fin de la II Guerra Mundial AP VICTOR JORGENSEN (Pasa a la página siguiente) Así, me besará cuando quiera Un beso no es sólo un beso (dígase en la canción de Casablanca lo que se quiera) y el de Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón es el ejemplo. Los filematólogos, una vez salidos de donde estuvieran escondidos, se han puesto a interpretar los intercambios de besos en el intercambiador. Los besos públicos como declaraciones públicas (a la vista del bombo dado al asunto, quizá habría que colocar una segunda placa: Aquí se besaron y abrazaron Esperanza y Alberto Los cinéfilos gamberros se acordarán de Fu Manchú y el beso de la muerte la peli en la que el chino pretendía dominar el mundo con un veneno en los labios de chicas que besarían a los gobernantes para rendirlos. Al empezar la inauguración, fue la presidenta la que se lanzó al cuello de Gallardón pero hubo un rehúse de éste y el intento quedó en dos sonoros muac muac Tras el descubrimiento de la placa, fue el alcalde el que se lanzó. Y a partir de ahí vendrían más besos, hasta ocho a lo largo del día. Para hartarse. No hace demasiado tiempo, Ahmadinejad besó la mano (con guante) de una anciana que había sido profesora suya. Los clérigos (todavía hay gente más integrista que el presidente de Irán) consideraron una indecencia el contacto con una mujer que no era de su familia. Ahmadinejad no se disculpó porque había clave: era un gesto de conciliación con los maestros, que se habían quejado de los bajos salarios. El gesto de conciliación de Gallardón y Aguirre, un osculum en el sentido romano, es tan forzado que resulta peor que su ausencia. El beso de Moncloa tiene más contenido colegial que político. Es como cuando de pequeñas nos peleábamos y la profesora, madre o monja nos obligaba a reconciliarnos: Y ahora daos un beso Eso era lo peor, incluso no habiendo fotógrafos delante. Aguirre y Gallardón se besan en la inauguración del intercambiador de Moncloa IGNACIO GIL