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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE Consejos La mejor época para viajar va de noviembre a febrero para disfrutar el verano austral. Se puede ir en viajes organizados por grandes agencias, en trekkings de pocas personas, en solitario con autocares con literas, en todoterrenos alquilados... Con el euro es relativamente barato dormir y comer. Una buena opción son los comedores libres buffets sin límite donde priman las esplendidas carnes a la parrilla. Cruzar la frontera argentino- chilena supone cierto tiempo por el papeleo, pero merece la pena. No se necesitan visados. Si viaja en coche, tenga muy en cuenta que no abundan las gasolineras y las distancias son enormes. Y es precisamente en la vertiente chilena donde se encuentra uno de los parques nacionales más imponentes del mundo. El de las Torres del Paine, horadado por milenarios glaciares. El paso del tiempo y el abrasador abrazo del hielo han dejando a la vista sus caprichosos Cuernos, formados por diferentes colores según los sedimentos que los levantan. A sus pies, varios lagos extienden sus aguas turquesas para que estas insolentes cimas admiren su caprichosos perfiles. Despertarse al borde de la orilla del lago Pehoé con los Cuernos del Paine en- cendidos por el amanecer es seguir soñando. Y para continuar embelesado, nada mejor que ir a la laguna Grey. De obligado peregrinaje, su playa de cantos rodados recibe ya humildes los témpanos del glaciar Grey, que se vislumbra el fondo. Desde la orilla, lo mejor es meditar sobre la soberbia humana mientras los icebergs se resisten a desaparecer tras cientos y cientos de años de helada existencia. Antes de continuar la senda patagónica, una de las caminatas más exigentes: las Torres del Paine, ocho horas de subidas y bajadas para llegar al paisaje alpino desolado de las columnas graníticas. Tras dejar atrás el parque de las Torres del Paine, con sus confiados guanacos- -rumiante de la familia de las llamas- el viajero se reencuentra con la estepa. Inconmensurable, el trayecto se convierte en un viaje interior para el aventurero, que no puede abstraerse del horizonte hipnótico y dejarse embaucar por las historias de los exploradores que llegaron a estas latitudes sabiendo que no regresarían siendo los mismos que partieron de sus casas. Donde mejor se encarna ese pro- Bariloche, sus idílicos lagos y, al fondo, las montañas con nieves perpetuas fundo sentir es en algunas de las fincas en torno al Parque de Perito Moreno (Argentina) cuyas 115.000 hectáreas reciben una media de seis visitantes al día. Con el lago Belgrano como epicentro, el parque es representación fidedigna del paisaje lacustre y montañoso de la Patagonia, donde una tormenta puede dejar intransitables los caminos de tierra durante días y cuyos inviernos dejan aislados durante tres meses a los pocos ganaderos que habitan estas tierras del cóndor. El núcleo duro de la Patagonia es el formado por Chalten y Calafate. Los glaciares y las cumbres más visitadas. El Chalten es un poblado, creado en 1985, de unas decenas de casas que viven de los excursionistas que acuden a recorrer los senderos que les llevan al Cerro Torre y al Fitz Roy, dos cumbres míticas para escaladores. En medio de estas dos impresionantes agujas, el Chalten ofrece una amplia oferta de albergues para los turistas, que suelen hacer básicamente dos excursiones irrenunciables: a la Laguna Torre, para contemplar la afinadísima aguja del Cerro Torre, cuatro horas de caminata. La segunda a la base del Cerro Fitz Roy- -nombre del capitán del Beagle donde viajó Darwin, aunque en lengua aborigen Chalten es la montaña que humea -que exige un día de caminata para reconfortarse por el esfuerzo con el glaciar Piedras Blancas. Y camino ya de Tierra del Fuego, el fin del mundo, no se pierda tampoco El Calafate, a donde llegan miles de visitantes para disfrutar del glaciar Perito Moreno, uno de los pocos que aún no está en retroceso. Quizá lo que más impresiones de esta masa de hielo es su rugido permanente. El alarido de la soledad de estos parajes.