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17 2 08 VIAJES Desolada carretera que avanza hacia el Cerro Torre (izquierda) y el Fitz Roy, dos cumbres míticas para escaladores de todo el mundo Patagonia El espectáculo de la soledad Uno de los lugares menos poblados del mundo, con anonadantes decorados y horizontes hipnóticos. Se dice que es patria de hielos y viento, pero hay también una Patagonia selvática, empapada y espesa TEXTO Y FOTOS: FÉLIX IGLESIAS V iajar por Patagonia es sentirse como los pioneros que arribaron a esta parte olvidada de la Tierra. Todavía hay algún tendero que bajo el mostrador deja bien visible un revólver por si a alguien se le ocurriese la peregrina idea de irse sin pagar, como en el Viejo Oeste, de donde algunos de sus más conocidos forajidos llegaron acá para despedirse de su altanero pasado con este sinfín de horizontes patagónicos. Quizá ese tendero que sorbe mate las 24 horas del día sea descendiente de un pistolero del XIX y ahora lo más que dispara es café y una viandas para el viajero, al que llena el depósito del coche, tras avisarle de que el próximo repostaje se halla a cientos de kilómetros. La Patagonia es uno de los lugares menos poblados del mundo, donde la paciencia es la mejor acompañante para la infinita soledad de las travesías por paisajes sobrecogedores. En cualquier punto puede arrancar el viaje por estas tierras inabarcables. Aunque las entradas más comunes son Bariloche, Calafate y Ushuaia, los tres principales aeropuertos de la zona. Si se tiene tiempo, Bariloche sería una buena opción para ir desprendiéndose- -según se va al sur- -de las comodidades de la metrópoli. Con un paisaje límpido, horadado por idílicos lagos y montañas con nieves perpetuas, se ha convertido en destino del turismo de nieve de las clases más pudientes de Sudamérica. Bien es verdad que a Patagonia se la relaciona siempre con el hielo, el viento, los paisajes desérticos... pero hay también una Patagonia verde, selvática, empapada, espesa. La cordillera de los Andes parte de norte a sur esta zona, encajonando en el lado chileno las cargadas borrascas del Pacífico, que vacían sus entrañas sobre las laderas, tapizándolas de exuberantes bosques. Precisamente son los árboles una de las características del paisaje patagónico. Pero no siempre por su frondoso vigor. La llegada del hombre blanco con miles de cabezas de ganado provocó la quema indiscriminada- -se habla de incendios que duraron años- -de millones de árboles, que aún hoy dan testimonios pétreo de su vigoroso pasado. Impresiona ver miles de troncos todavía orgullosos en su verticalidad intentando que el sol caliente sus calcinadas ramas, configurando un estampa de dramática belleza.