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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Zapatero y el filósofo Fernando Savater durante una reunión celebrada en noviembre de 2003 ta. Cierta carta de un alto sicario de la banda fundaría la esperanza de que ETA estaba, esta vez sí, decidida a desaparecer a cambio de nada. Realmente, era un anuncio tan contrario a todo lo que todos sabíamos de ETA que lo sensato hubiera sido responder con escepticismo y exigir actos concretos y comprometedores del desarme anunciado. Lejos de eso, la banda mantuvo activas sus redes de extorsión y amenaza, robó armas, secuestró a personas y en diciembre puso en Barajas la bomba que asesinó a dos inmigrantes ecuatorianos. Como muchos nos temíamos y luego se documentó, algunos enviados del PSOE llevaban desde el año 2003 acordandouna salida política al terrorismo que pasaba por negociar con ETA un nuevo marco político- jurídico a la medida de los nacionalistas, por ejemplo un nuevo Estatuto de Autonomía que aceptara el derecho a decidir- -el eufemismo para la autodeterminación- -e incluyera a Navarra en el lote vasco. Para alimentar la ficción y dividir a sus enemigos, los terroristas declararon un alto el fuego indefinido en marzo de 2006, tras muchos meses sin atentados que parecían anunciar cierta disposición a negociar la retirada, aunque en realidad la tranquilidad se debió a su impotencia y mala suerte. Y como de costumbre, esta expectativa desencadenó no sólo algunos diagnósticos insensatos y patéticas aplicaciones escolares de la teoría de juegos a las transacciones en curso, sino que tuvo la virtud de dividir por la mitad a la sociedad y a la clase política entre enemigos y partidarios del proceso de paz Pero volvamos a la reunión de Zapatero con Savater. La idea de reunirse en un domicilio particular pretendía garantizar, naturalmente, la informalidad y el carácter privado del encuentro. Pero en una de esas jugarretas del estilo zapaterista, la prensa estaba sobre aviso y esperaba a Savater en la calle. Éste se limitó a decir que el presidente le había explicado sus planes, que excluían hacer concesiones políticas a ETA y se basaban en ciertas garantías de que la banda aceptaba rendirse a cambio de nada, o casi (es decir, a cambio de medidas de gracia para sus presos) Pero dado el tono interesado o malévolo con que algunos medios interpretaron la declaración de Savater, éste se prestó a escribir algunas líneas aclaratorias que llegaron a los medios de comunicación... desde un fax de Moncloa. El asunto iba tomando un cariz oficioso y oportunista de significado nada complicado: Zapatero pretendía apoyarse en el prestigio social de Savater, implacable enemigo de ETA, en beneficio de su inconfesable proceso negociador. La explicación del aludido sobre su asistencia a esa reunión, que compartimos la mayoría de Basta Ya pero indignó a la minoría contraria a toda colaboración con el nuevo Gobierno, era simple y transparente: Zapatero era el presidente del Gobierno legítimamente elegido por el Parlamento, y había que respetar sus iniciativas y prestarse a escuchar sus explicaciones. Entre otras razones, por si había que oponerse después. Algunos medios y tertulias de la derecha se dedicaron de inmediato a denunciar, en tono apocalíptico rebosante de satisfacción, la deserción de Savater y Basta Ya del frente contra ETA, reducido al PP, a la AVT, la organización mayoritaria pero no única de víctimas del terrorismo, y el Foro Ermua. La verdadera novedad estaba en que ahora el PSOE era el principal objetivo de la movilización. Los más extremistas no se DANIEL G. LÓPEZ La reunión de Savater con Zapatero se quería privada e informal. Pero en una jugarreta zapaterista, la prensa fue puesta sobre aviso y le esperaba en la calle Sufrimos una inundación de sectarismo rampante... El peor clima para grupos que, como el nuestro, aspiraban a una política transversal en torno a la Constitución recataban en acusar directamente al Gobierno de complicidad con ETA, acusación ligada a la teoría de que la banda vasca era la autora encubierta de los atentados del 11- M en Madrid, cuyo objetivo no habría sido otro que llevar a Zapatero a la Moncloa en detrimento de su legítimo ocupante, Mariano Rajoy. La furiosa confrontación mediática de los meses siguientes, centrada en la autoría del 11- M, la actitud prepotente del Gobierno de Aznar durante esos días, la deslealtad de la oposición socialista, etc. tensó casi hasta la ruptura la disputa partidaria. Como es natural, eran los respectivos campeones de la tergiversación quienes se hicieron con el protagonismo de ese penoso simulacro de debate político. Sufrimos una inundación de sectarismo rampante cuyos efectos siguen afectando a la democracia española. El peor clima posible para grupos y movimientos que, como el nuestro, aspiraban a sostener una política transversal en torno a la defensade la Constitución. El resultado de los salvajes atentados islamistas del 11 de marzo de 2004 en Madrid no sólo fueron los 194 asesinatos, sino que destruyeron definitivamente los puentes y complicidades entre los dos grandes partidos nacionales. Ambos cometieron errores considerables, pero de distinta profundidad.