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17 2 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Estado en que quedó el Casón tras el ciclón de 1886 que causó muy graves daños en fachada y tejado URENT EL PRADO RESUCITA EL OLVIDADO CASÓN El Casón del Buen Retiro, que recupera su esplendor tras años de obras interminables, guarda una historia accidentada, casi de folletín l madrileño Casón del Buen Retiro cerró sus puertas en el verano de 1997 para una reforma que, entonces, nadie adivinaba tan larga. Más de diez años después, el 21 de febrero próximo, abrirá de nuevo completamente reformado y convertido temporalmente en sede de una exposición dedicada al artista napolitano Luca Giordano (1634- 1705) el personaje más determinante en su larga y accidentada historia. Aunque no se trata de un artista popular, es sin duda uno de los pintores más fascinantes del barroco europeo de finales del siglo XVII y uno de los que con más firmeza influyó en la pintura de la centuria siguiente. Goya, sin ir más lejos, presenta a menudo elementos que recuerdan vivamente la pintura del napolitano, sobre todo en sus frescos. Al parecer, el Casón tomó este nombre pocos años después de su construcción, al final de la década de 1630, cuando era visto como un caserón o casón con escaso uso dentro del complejo del Palacio del Buen Retiro, construido por iniciativa del conde- duque de Olivares para, según decían las lenguas más maliciosas de la cor- E Andrés Úbeda de los Cobos Conservador jefe de pintura italiana y francesa del Museo del Prado te, alejar a Felipe IV de las labores de gobierno. Existen indicios que permiten sospechar que fue el salón de baile del palacio, aspecto que parece posible contemplando su arquitectura, perfectamente adecuada a ese uso. Luca Giordano llegó a Madrid en julio del año 1692 para servir al minúsculo Carlos II, con quien se extinguió la sangre de la casa de Austria. Y, paradójicamente, como ocurrió con frecuencia en los reinados protagonizados por un monarca débil, su imagen se tornó más hiperbólica y grandilocuente a medida que discurría el reinado y resultaba más clara su incapacidad para engendrar un descendiente que diera continuidad a la dinastía. Giordano vino a Madrid a decorar grandes conjuntos murales (comenzando por El Escorial) y a configurar la imagen del Monarca durante el tramo final de su vida. Aunque, bien mirado, ambas actividades pueden ser vistas como las dos caras de una misma moneda, ya que en sus frescos no perdió la oportunidad de celebrar las supuestas virtudes del Monarca, mentir sobre su fortaleza moral y física, o señalar la grandeza de la estirpe, cuyos máximos representantes, a decir verdad, no podían sentirse precisamente orgullosos del último de sus descendientes. Y el Casón no fue la excepción, porque el encargo que recibió el artista fue sustituir la antigua sala de baile por un salón de embajadores, en el que los representantes de las monarquías extranjeras se sintieran intimidados por la grandeza de la monarquía hispánica y su poder militar. Sin duda demasiado, contemplando la endeblez de Carlos II. Giordano pintó en la bóveda del salón de embajadores del Casón la Apoteosis de la Monarquía Española (c. 1697) La narración comienza en su lado este, por donde presumiblemente entraban los embajadores a los que iba destinado el mensaje. En la base de la bóveda y en su parte central, Hércules entrega el vellocino de oro a Felipe el Bueno, duque de Borgoña y fundador de la orden del Toisón de Oro, para que lo coloque en el collar de la orden. Su eje longitudinal pasa por la bóveda celeste y el Parnaso, hasta alcanzar, en el testero opuesto, la Monarquía Española, representada por una matrona situada sobre el glo- A los pies de la matrona