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10 2 08 VIAJES Panamá Mucho más que un canal El panameño es un pueblo amable, sin resentimiento. El país vive un boom inmobiliario atizado por la ampliación del canal. Pero Panamá es mucho más TEXTO: ALFONSO ARMADA FOTOS: ERNESTO AGUDO ada más lejos del hielo que la humedad tropical de Panamá. Aunque fue la fiebre del oro californiano la que acabó de atizar la construcción de un canal transoceánico que primero soñara Carlos V más tarde empañó la fama de Ferdinand de Lesseps y finalmente consagró al ingeniero estadounidense George Goethals, también el hielo jugó su papel. Antes del ferrocarril que uniría Colón (en el Atlántico) y Ciudad de Panamá N Tahiris Aranda, y su hiha Keiti, en el pobre y bello Portobelo (en el Pacífico) que se cobró no menos de 6.000 vidas, y de la heroica autopista marítima entre dos océanos (que devoró otras 25.000, muchas por la fiebre amarilla y la malaria) de Boston partían cargueros con 700 toneladas de hielo estibadas en serrín. Mientras que en la travesía, doblando el furioso cabo de Hornos, sólo se derretían cien, 400 se volvían agua en el tránsito de tres kilómetros entre el muelle y el almacén de hielo de Ciudad de Panamá. A pesar del estrago, las 200 toneladas restantes hacían el viaje rentable: por la demanda y porque la libra (medio kilo de hielo) costaba la friolera de 50 centavos. Desde que Vasco Núñez de Balboa se convirtiera en el primer occidental que contempló el Pacífico (un barrizal: la marea estaba baja) la idea de abrir brecha a los navíos por la cinturilla de América desató sueños de codicia y genio. Lo relata de forma impecable el historiador estadounidense David McCullough en Un camino entre dos mares. La creación del Canal de Panamá acaso la mejor introducción a un país que no disfruta en el imaginario de los viajeros españoles del mismo rango que Guatemala, Costa Rica o Nicaragua, pese a que atesora muchos merecimientos. De la conversación con José Antonio Mock, propietario del tambucho Digno es el Señor, en la Zona Libre de Colón, o con Ariel, guía del Parque Nacional Soberanía, con licenciados o mendigos, tenderos o boxeadores se colige que el panameño no es un pueblo rencoroso, y se desempeña con dulzura sin empalago ni servilismo. El reproche no aflora a sus labios ni a cuenta de los españoles que les descubrieron ni de los gringos que, además de colonizarles les invadieron: la última vez en 1989, para deponer a Ma- nuel Antonio Noriega, ex agente de la CIA reconvertido en presidente y narcotráficante. Fueron los americanos quienes compraron el canal a los franceses, lo terminaron y explotaron durante el siglo XX. Quizá por eso buena parte de la población se desenvuelve con igual soltura en un español de antología y un inglés de Mark Twain. Un bilingüismo propicio para hacer negocios. Fundada en 1519- -seis años después de que Balboa se diera de bruces con el Pacífico- -por el que fuera gobernador de Castilla del Oro (la región del istmo) un tipo pendenciero llamado Pedro Arias de Ávila Pedrairas sería reducida a escombros siglo y medio más tarde por el bucanero británico sir Henry Morgan. El actual Casco Viejo muestra donde se volvió a levantar la Ciudad de Panamá. Hoy duelen los contrastes: frente a la catedral, hace casi tantas décadas como un siglo que el hotel Central es una fachada hueca; frente al primoroso Ministerio de la Vivienda se desmorona una finca entera; junto a casa del ministro de Turismo, el cantante Ruben Blades, la ruina suena. La misma vieja aduana se ríe de la realidad con una chimenea de la que brota un árbol. Claro que acaso lo explique todo que el Ministerio de Justicia y el Tea-