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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE Como los bombardeos no fueron intensivos el almacén, a la derecha, se usó tambien para guardar armas y municiones. El quirófano, donde se acurrucaba la vida y la muerte gran parte con los sueldos de los trabajadores- -que también colaboraron como mano de obra voluntaria- aportaciones de empresas, partidos y sindicatos, y el 1 de un impuesto especial que se instauró sobre todas las compras. La obra se terminó en la primavera de 1938. Luego, acabada la guerra en 1939, la ciudad subterránea dejó de tener utilidad y Langle camufló los accesos mediante la construcción de unos quioscos. El paso del tiempo se ocupó del resto. Setenta años después, y de la misma manera que Londres o Berlín rescataron ese patrimonio invisible que fue la salvación para miles de personas, el Ayuntamiento de Almería quiso que la arquitectura de los refugios volviera a vibrar y el arquitecto José Ángel Ferrer se hizo cargo del rescate de los espacios originales en las galerías olvidadas, recuperando 965 metros que hoy son visitables. El plan museístico municipal tenía muy claro su objetivo: que el viajero se sienta solidario con el sufrimiento humano, removido contra la injusticia de la guerra y sus consecuencias, y conmovido por el valor de la paz y de la vida. Y, como si de una máquina del tiempo se tratase, nos conducen a las entrañas de una ciudad en guerra fratricida a través de los testimonios logrados hoy de los niños de entonces, que un video desmenuza al principio del recorrido. Y por eso sabemos que a pesar de las horas de espera en el refugio, aquellos pequeños no jugaban, que los niños, junto a sus mayores, se acurrucaban esperando que se hiciera el silencio. Nunca nadie les dijo que estaba prohibido corretear, saltar, juguetear... Simplemente, en aquella especie de útero protector, se sobrevivía. Por eso también se desciende con respeto por la angosta y larga escalera, que bajada rápido y con miedo debería resultar peligrosa, y por eso los padres de los que hoy curiosean tan lejos de aquella experiencia, que han oído contar como una historia antigua de otro siglo- -lo que es- necesitan reunir valor para regresar y hacer acopio de fuerza para soportar tanta emoción. Para ellos ni siquiera es una cuenta pendiente. Miedo y tensión frente a calma y seguridad. Un túnel lleno de historias, de leyendas de solidaridad y de recuerdos entre la muerte y la vida que se iba y volvía en el quirófano del refugio. Para muchos es el lugar más impresionante, a la vista de las literas laterales en donde se acurrucaban las heridas abiertas y la enfermedad, o se oía el llanto de un recién nacido que acababa de llegar y, sin ver la luz del día, se resguardaba en otro vientre frío y seco, a pesar de la profundidad, pero acolchado de tristeza. El propio Verdegay Flores explica cómo José del Pino, testigo oral de la construcción de los refugios y trabajador aprendiz en las obras del quirófano, hubo de afanarse en limpiar de plasma el suelo de mármol blanco con que se soló esa dependencia, tras la amputación de una pierna al conserje del Banco de España, edificio que había sido bombardeado. Eran finales de agosto de 1938. Hoy, lejos del olor de la sangre, el museo de los refugios propone al visitante un final del camino optimista en el que impera la esperanza y la vida que se materializa en un elemento esencial del paisaje almeriense el mar, el mar de la vida que la ciudad ofrecía a aquellos refugiados y que hoy se extiende ante los ojos de los que abandonamos los refugios. Los refugios de Langle eran capaces de proteger a 34.144 personas Este viaje en el tiempo quiere hacernos sentir solidarios con el sufrimiento humano, removidos contra la injusticia de la guerra y conmovidos con el valor de la vida y la paz