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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE su zozobra detrás de su dignidad palestina. Porque se acerca la hora del almuerzo, tiene tres extraños en el salón- -la periodista, el intérprete y un fotógrafo- -y sólo medio kilo de hígados de pollo congelado que cocinar. La compra ha costado cinco shekels... y aún quedan cuatro patatas. Por hoy, no hay más. Ulfat, que se casó con su primo Moshe hace cinco años, cuando el hombre enviudó, hace cálculos mentales a la vista de su numerosa familia: Rami, diecinueve años; Mahmud, dieciocho; Srah, dieciséis; Saara, catorce; Mohammed, cinco y medio. Son todos ellos hijos de su marido, y a éstos hay que añadir su niña Marah, de cuatro años, y el patriarca... en total, nueve bocas y un solo plato guisado con cebolla. La pequeña Farah no cuenta, ya que todavía no está en edad de masticar. Su sentido de la hospitalidad le obliga a buscar algo de comer para nosotros. La mujer no sabe dónde mirar. Hay que decirle que tenemos prisa, inventar que no podemos quedarnos, para que ella también disimule su apuro y se re- laje. Tenemos miedo, como todos- -susurra cuando se hace el silencio- No sabemos qué hacer: estos días, con los apagones, pudimos aguantar el frío juntándonos todos a dormir en una habitación, pero pasamos muchos días sin comer. Dos, la semana pasada. Rami y Mahmud no encuentran empleo. Los sacos (de ayuda humanitaria) se han terminado... y nuestro dinero también Antes vivíamos como reyes suspira el abuelo. Se refiere a la etapa en la que su hijo Moshe trabajaba en un taller de coches de Tel Aviv. Fue el momento en el que compraron los sillones y la lavadora que ya no lava. La Franja estaba entonces ocupada por Israel, pero Moshe tenía permiso para entrar y salir a diario, y ganar lo que parecía un buen sueldo de la época de la felicidad Teníamos de todo, vivíamos muchísimo mejor con los judíos aquí admite el padre con voz de hombre derrotado. Pero esa etapa de relativo desahogo se acabó en el año 2000, cuando una angina de Vivíamos como reyes pecho y la enfermedad de su primera mujer le obligaron a quedarse en Gaza, donde abrió un negocio propio, también de reparación de vehículos, que no pudo sostener. Ejerció después como taxista por cuenta ajena e hizo algunos cursos pagados por los servicios de limpieza de la Municipalidad, que ya se han acabado. Y con el fin de los cursos, se evaporó también la fortuna de 275 dólares (196 euros) que cobraba al mes. Se acabó, como todo lo demás. También el taxi: la crisis desatada en el territorio a partir de junio, tras el asalto al poder de Hamás y el consiguiente bloqueo impuesto por Israel, convirtió los paseos en coche en un lujo impagable para los habitantes de Gaza. No hay clientes, no hay gasolina, Se acabó el negocio del taxi. Ahora Moshe vaga las 24 horas del día entre media docena de amigos en el paro. Ni trabajo ni salud. Dos crisis cardiacas más y una dolencia en la rodilla le han relegado a la triste condición que comparten muchos palestinos en la Franja: la de minusválidos funcionales. Heridos, mutilados en mil batallas, hombres condenados a sufrir enfermedades que en Occidente se curarían con la asistencia y la medicación adecuada que aquí no hay forma de conseguir. En el hospital de Shifa escasea hasta la anestesia, y a veces no funciona ni la esterilización. Antes vivíamos como reyes repite cansino el viejo. Pero eso era antes, claro. Antes de que él mismo tuviera que ir a su mezquita de Dei Taqwa y empezar a recordar a sus conocidos la obligación piadosa del islam de practicar la ayuda al prójimo. Uno de los pilares fundamentales de su religión. Y de que empezara a llegar con cuentagotas a sus bolsillos la caridad que sostenía la supervivencia de toda la familia: hasta hace siete u ocho meses, unos 600 shekels al mes. Poco más de 100 euros. En estas fechas no recibe ni 400 shekels (71 euros) para mantener a diez personas. Es todo su presupuesto. La gente que nos ayudaba dándonos 50 shekels ahora sólo puede con 20... y cada vez somos más los necesitados. Esto ha ido a peor La felicidad tenía antes también la forma de los sacos que la madre echa de menos en la cocina. Los que les entrega cada seis meses la Agencia para los Refugiados de la ONU, cinco kilos de leche en polvo, 8 botellas de aceite, 6 kilos de azúcar, 6 de arroz y lo mismo de lentejas y de garbanzos, que desaparecen en menos de cuarenta días. Y eso, haciendo sólo una comida escasa por jornada. Ahora, en la alacena sólo queda para ir tirando: restos de los tres sacos de 30 kilos de harina que se asignan por familia para hacer pan. Pan con agua sucia, la que sale de vez en cuando por el grifo con la misma consistencia de la grasa, pestilente e infecta. En la casa de los El- Gohl no opinan de política ni para reprochar. Esto se ha venido abajo por los gobiernos... afirma el padre de familia, avergonzado porque no sabe cómo expresar sus pensamientos y la comida humea ya en una bandeja sobre la alfombra. Sí le digo que nunca sacaría a mi familia de Gaza ni por todo el oro del mundo, ni aunque Israel... Aquí no sabemos nada de política, sólo de religión- -corta raudo el abuelo, el oráculo- reimos, lloramos... Dios es sabio y resolverá el problema, lo que ha escrito Dios para nuestras vidas va a suceder Hasta la caridad escasea Tenemos miedo. Con los apagones de estos días pudimos aguantar el frío juntándonos todos a dormir en una habitación, pero pasamos muchos días sin comer Miembros de la familia El- Ghol en su casa. Burlar el hambre es su mayor preocupación MOHAMED ABU KUWAIK